Trump y el racismo
Protesta contra el racismo de Trump en EEUU. Foto tomada de Common Cause
En todas partes del mundo hay racismo, pero tú, adonde vas a ir, hay mucho más, le dije a un nieto mulato que iba a marcharse a Florida, el Estado del Sol, reclamado por su padre. Algo parecido tuve con una sobrina, quien notó que en Atlanta no veía negros. Claro, le dije, exagerando algo, si ya los mataron a todos.
No tan lejos de la verdad, cuando la historia aún reciente recoge que de los más de 8 000 negros ahorcados y quemados en Estados Unidos, más de 4 000 eran del llamado Estado del Melocotón.
Ese ambiente de depuración de las razas, para evitar que se mezcle y eche a perder la sangre de los blancos, se ha mantenido todo el tiempo en el mal llamado país de la democracia, y hecho emerger con furia inusitada desde que Donald Trump volvió a asumir la Presidencia de Estados Unidos.
En medio de su histérica campaña de mentiras racistas sobre los inmigrantes, Trump prometió “el mayor programa de deportaciones de la historia de EE.UU”. La tensión en el aire en la frontera y en decenas de ciudades se puede cortar con tijeras.
Ya al día siguiente de su nueva asunción, Trump mandó a reforzar con tropas de decenas de miles la frontera con México. El despliegue se daría a la vista de las cientos de personas esperando por un refugio.
Barrios enteros parecían completamente desiertos en algunas grandes ciudades. En Little Village, Chicago, nadie salió de su casa, miles no fueron a trabajar. El paisaje habitual de vendedores ambulantes fue reemplazado por el silencio en las calles. El barrio está casi exclusivamente habitado por inmigrantes en situación irregular.
“Cuando durante el fin de semana surgieron informes de que las deportaciones masivas podrían comenzar el martes en el área de Chicago, Martin Ramos informó a su jefe que se tomaría un tiempo libre del trabajo, hizo acopio de alimentos y decidió que sus hijos no irían a la práctica de fútbol esta semana”, cuenta el Chicago Tribune. Ramos, que “emigró de Guadalajara, México, sin los permisos de trabajo necesarios, pasó el primer día completo de la segunda presidencia de Donald Trump encerrado con su familia y tratando de evitar que los agentes de ICE lo detuvieran. Sabe que un arresto destruiría todo por lo que él y su esposa trabajaron y obligaría a sus dos hijos a un futuro incierto.”
El miedo es muy real. “Tenemos que hacer todo lo posible para mantener a nuestros hijos a salvo”, dijo Ramos al Tribune. “¿Qué harán si nos deportan?”
Ya se sabe hasta qué punto puede realmente Trump poner en práctica su plan de deportaciones masivas, que es delirante. Las dificultades son muchas y de muy diversos tipos: sociales, económicas e institucionales. Sería en todos los casos una tragedia social, un desbarajuste institucional y una catástrofe económica.
Para tener una idea de la dimensión del problema, de las once millones de personas que se estima están en EE.UU. en situación migratoria irregular, más de cuatro millones son mexicanas, unos dos millones son centroamericanas, más de 800 000 de Sudamérica y unas 400 000 del Caribe. De todos ellos, más de la mitad llevan viviendo en EE.UU. más de diez años.
La segregación de hecho, aunque no sea ya legal, es una de las bases sociales de la dominación política en Estados Unidos y sus gobiernos. La política trumpista, entonces, toma la tradición racista yanqui para su giro político hacia una nueva ubicación de Estados Unidos en el mundo:
“La ideología nacional-imperialista de los republicanos de Reagan era expansiva. Esperaba, con optimismo, que la apertura de los mercados de la era neoliberal viniera acompañada de una natural hegemonía cultural de sus valores e instituciones. En ese régimen mundial, los Estados Unidos estarían siempre a la cabeza. Ahora, con una situación defensiva para el imperialismo yanqui, esa misma ideología nacional-imperialista se convirtió en otra cosa, en algo defensivo. La ‘apertura’ económica y cultural ya no es vista como vehículo de su propia supremacía, sino de la de otros.”
Que este punto de la agenda haya sido uno de los centrales de la campaña es en sí mismo un triunfo de Trump, que además sacó ventaja en todas las franjas como alguien más decidido y competente que su rival al respecto: una encuesta del Pew Research Centre halla que para un 61% de los votantes la inmigración fue uno de los temas prioritarios de la elección. La penosa respuesta de Kamala Harris fue girar bruscamente a la derecha en el tema, menos con la intención de competir en un terreno que le es desfavorable que como política de contención de daños.
No es que los demócratas hayan tenido antecedentes de timidez en la materia: es sabido que Barack Obama fue calificado por las ONGs defensoras de inmigrantes como “deportador en jefe”, sobre todo en su segundo mandato, con cifras de deportaciones que incluso superaban a las de Trump.
En este marco, los republicanos no encuentran límite en su giro a la derecha. El vice J. D. Vance solía mencionar que hay “25 millones de extranjeros ilegales” (illegal aliens, palabra mucho más fuerte y hostil que foreigner, aunque significa lo mismo), y que el “esquema de deportación masiva” que defiende debería empezar por la redonda y nada módica cifra de un millón de expulsiones.
Los atildados think tanks de derecha estudian con todo detalle el “impacto negativo en el crecimiento económico” de que no se le baje más impuestos a las empresas. Sin embargo, no parecen mostrar un celo análogo en intentar medir la catástrofe en términos de empleo y actividad económica (ni hablemos del impacto social y político) que significaría reducir de un plumazo la población de EEUU de 334 millones de habitantes a 324 millones. O incluso a 310 millones, en caso de que el delirio racista y xenófobo de Trump y Vance se lleve hasta el final.
Hay más: Vance no descarta reinstalar la política de separación familiar de la presidencia Trump; es decir, separar a los niños de sus madres y padres como disuasivo del cruce de fronteras. Esta enormidad no ha terminado: según el Departamento de Seguridad Interior (sigla inglesa DHS), en marzo pasado todavía quedaban 1.400 menores que esperaban poder reunirse con sus familias. Y Trump todavía aspira a liquidar el programa DACA, que protege de la deportación a los inmigrantes en EEUU que llegaron al país siendo niños. Si bien en el pasado esos intentos fueron frenados en los tribunales, mucha agua republicana y trumpista ha pasado bajo los puentes en el Poder Judicial, que hoy está abarrotado de designaciones hechas durante la gestión de Trump.
Si hay un límite a esta chifladura, no está en la voluntad política de los republicanos, sino en que sería casi imposible que el Congreso aprobara el financiamiento de semejante movida. De todos modos, el programa escrito del Partido Republicano, y Trump en sus discursos antes y después de asumir, prometió explícitamente implementar “el mayor programa de deportaciones de la historia de EEUU”.
Justamente, la “deportación masiva de inmigrantes ilegales” fue una de las políticas emblemáticas de la campaña y el discurso de Trump, pero aquí todo son interrogantes básicos que hoy nadie puede responder. Para enumerarlos por orden de importancia: cuántos inmigrantes serán deportados, a partir de cuándo, por qué razones exactamente, con qué medios y de qué manera, y, dependiendo de todo lo anterior, con qué consecuencias políticas.
Por lo pronto, ya hay alcaldes y gobernadores demócratas que dejaron claro que resistirán por todos los medios legales cualquier intento de deportación, que no prestarán la menor asistencia a las autoridades y que recurrirán a la justicia para obstaculizar la medida, para no hablar de la obvia aunque hoy impredecible dimensión de la ola de resistencia o desobediencia civil que generaría.
En resumen, la principal protección que pueden esperar los inmigrantes en EE.UU. vendrá de su propia movilización y hasta de la disfuncionalidad misma de las instituciones yanquis, que pueden transformar cualquier medida polémica en un cenagal intransitable.
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