PENSANDO Y PENSANDO: Los raros

Pareciera pintado ayer... Laocoonte, 1610-1614, de El Greco. Óleo sobre lienzo. 137 cm × 172 cm. Galería Nacional de Arte, Washington.
Ha habido siempre artistas "raros", que han sorprendido por lo arriesgado de su propuesta. Gente que pareció de otra época... aunque esa percepción es francamente contemporánea. En sus tiempos, muchos de estos creadores sencillamente no encajaron. Algunos fueron incluso sepultados por el peso de la convención, la censura, el prejuicio. Los más talentosos, quizás, resistieron el paso de los siglos. Digo "quizás" porque probablemente alguno con mucho vuelo y contundencia haya quedado completamente olvidado; de cuando en cuando nos sorprenden con algún hallazgo de la "arqueología cultural".
¿Cuántas coincidencias, peripecias, mediaciones hacen falta para "salvar" el legado de un raro? Estoy pensando ahora mismo en El Greco.
Nacido como Doménikos Theotokópoulos en Creta (1541–Toledo, 1614), El Greco se formó inicialmente en la tradición bizantina, antes de trasladarse a Venecia y luego a Roma, donde entró en contacto con los grandes maestros del Renacimiento. Finalmente se estableció en Toledo, ciudad en la que desarrolló la mayor parte de su obra y donde su estilo alcanzó una singularidad inconfundible. Su itinerario vital, atravesado por distintas tradiciones culturales, ya anunciaba una sensibilidad poco común.
A sus contemporáneos les resultaba desconcertante. En una época que aún valoraba el equilibrio clásico, la proporción y la mímesis de la naturaleza, sus figuras alargadas, sus composiciones tensas y su tratamiento casi irreal del espacio parecían errores más que decisiones estéticas.
No pocos consideraron su pintura excesiva, extravagante, incluso incorrecta. Aquello que hoy leemos como libertad expresiva fue visto entonces como desviación de la norma.
Sin embargo, en esa “desviación” radica buena parte de su grandeza. El uso del color —intenso, a veces antinatural—, la luz que parece emanar de los propios cuerpos y no de una fuente externa, y la forma, estirada hasta rozar lo espiritual, dotan a su obra de una fuerza que trasciende su tiempo.
Esos valores fascinaron siglos después a artistas que buscaban romper con la representación convencional, desde Pablo Picasso hasta Amedeo Modigliani, quienes encontraron en El Greco un antecedente inesperado.
Uno mira hoy las pinturas de El Greco y las desliga de alguna manera de su época. Parecen pintadas ayer mismo, o hace dos siglos, en pleno imperio de las vanguardias... obra de una sensibilidad poderosa, subyugante.
Es la muestra de la invariabilidad de ciertos caudales, que atraviesan épocas, que las fundan.
Hay en la historia de la cultura una suerte de hilo secreto que conecta a estos creadores que, sin proponérselo necesariamente, terminan dialogando con el porvenir. Son, en cierto modo, adelantados involuntarios, portadores de una intuición que solo más tarde se vuelve legible.
No solo El Greco, no solo en la pintura. Ahí está Franz Kafka, cuya obra anticipa las angustias del hombre moderno; Igor Stravinsky, que quebró los cimientos de la música académica; Vaslav Nijinsky, que tensó el cuerpo hasta límites insospechados en la danza; o Orson Welles, que reinventó el lenguaje cinematográfico.
En Cuba, casos como Wifredo Lam, José Lezama Lima o Ramiro Guerra confirman que esa condición de “raro” también ha sido motor de algunas de las propuestas más radicales y perdurables.
Y hablamos de los hombres, la de las mujeres ha sido otra historia mucho más marcada por opresiones disímiles. Pudiera ser tema para otra columna.
Quizás por eso conviene mirar con más atención aquello que desentona, lo que no encaja de inmediato, lo que incomoda. En esa zona de fricción puede gestarse lo verdaderamente nuevo. La historia del arte está llena de ejemplos de obras rechazadas en su momento que devinieron referentes imprescindibles.
También habría que pensar en los mecanismos de legitimación: quién decide qué perdura, qué se estudia, qué se exhibe... Porque no basta con el talento; hace falta una red de mediaciones —críticos, instituciones, coleccionistas, historiadores— que permitan que esa obra sobreviva y circule. De lo contrario, incluso el más audaz de los “raros” puede perderse en el silencio.
Lo raro, por supuesto, no es necesariamente bueno. Ni en arte ni en ninguna otra arista de la creación. Pero convendría ampliar el espectro, dejarnos sorprender por la extraña calidad de algún trazo, por la intensidad de una voz que no se parece a ninguna otra, por esa incomodidad inicial que, a veces, es apenas el anuncio de algo destinado a perdurar.

Esas afinidades: Picasso "interpreta" a El Greco.
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