Intrigas entre Batista y Trujillo: ¿amigos o no?
Fotomontaje: Fulgencio Batista y Rafael Leónidas Trujillo
Muchas veces se ha repetido que entre Fulgencio Batista y Rafael Leónidas Trujillo existían relaciones de cooperación, basadas en intereses comunes y en la cercanía geográfica del Caribe. Sin embargo, lo cierto es que, más allá de las apariencias, no siempre fueron tan amigos. Las intrigas, las desconfianzas y los cálculos políticos marcaron una relación que osciló entre el apoyo táctico y la rivalidad velada. En el trasfondo de esa historia se cruzan las ambiciones personales de dos caudillos, las presiones de Estados Unidos y el destino de pueblos que padecieron regímenes autoritarios.
Batista fue el sargento taquígrafo que irrumpió en la escena política cubana en la segunda mitad de 1933, cuando se posicionó como cabecilla del movimiento militar emergido tras la caída de Gerardo Machado. Poco a poco estableció alianzas con los sectores determinantes de la sociedad cubana y con los intereses foráneos, principalmente los norteamericanos. Se convirtió en figura clave de los destinos del país. Ya fuera desde las sombras, como presidente democráticamente electo o como usurpador, su influencia se hizo sentir en la trama del poder hasta el triunfo revolucionario de 1959.
Por su parte, Trujillo también llegó a su cenit en la década de 1930. Ejerció el control de República Dominicana, de manera directa o través de presidentes títeres, hasta 1961, cuando murió ajusticiado en una emboscada. Sus 31 años de gobierno son conocidos como la Era de Trujillo. Considerado como uno de los tiranos más sangrientos que ha padecido América Latina, numerosas fuentes lo responsabilizan por unas 50 000 muertes durante su largo periodo de poder. El régimen trujillista no limitó sus crímenes al territorio dominicano, sino que extendió sus operaciones letales al extranjero, ejemplo de lo cual fue el intento de magnicidio contra el presidente venezolano Rómulo Betancourt.
Durante una época, Trujillo se hizo llamar Benefactor de la Patria. Luego fue conocido entre sus seguidores como Generalísimo. Así, a lo largo de su vida pública, ostentó varios títulos y cargos. El intelectual cubano Raúl Roa lo calificó como un “megalómano delirante”, cuyo afán desmedido estaba restringido por las limitaciones insulares. Los autores de un volumen de Ediciones Unión, titulado Batista, últimos días en el poder, sostienen:
“A la megalomanía de Trujillo le quedaba demasiado chiquita la República Dominicana, siempre soñó con la gran aventura de conquistar la isla grande. Por eso, ya en septiembre de 1933, cuando Washington se inquietó por los acontecimientos de La Habana, puso a disposición del Pentágono sus tropas para una eventual invasión militar a Cuba”.
La siguiente década trajo un acontecimiento en sentido contrario: la conocida expedición de Cayo Confites, que en 1947 partió de la Mayor de las Antillas con el propósito de derrocar al régimen trujillista. En ella se enrolaron cubanos de las más disímiles tendencias y exiliados dominicanos. El proyecto contaba con el apoyo de gobiernos del área, incluido el de la Mayor de las Antillas. Si bien en ese momento el presidente era Ramón Grau San Martín y no Batista, la aventura de Cayo Confites forma parte de la fluctuante historia de intrigas entre los políticos de ambos países.
Aunque durante los meses finales de la insurrección contra Batista las deterioradas relaciones de este con Trujillo habían mejorado por intermediación de Estados Unidos e incluían el trasiego de armas desde República Dominicana hasta los cuarteles del régimen cubano, el principio de la guerra no fue igual de amistoso. En los inicios, Batista acusaba a los revolucionarios de tener nexos con Trujillo. Según el libro Batista, últimos días en el poder, “el desembarco del Granma coincidió con una campaña de alerta acerca de una eventual invasión trujillista, y la vinculación del ex presidente cubano, Carlos Prío, con el dictador dominicano estuvo mucho tiempo en los titulares de primera plana”. De hecho, Trujillo llegó a desembarcar armas a los seguidores de Prío en el oriente cubano, en un operativo que denominaron “Pañuelos y Tomates”.
Más allá de los hechos verificables, no quedan claras las razones personales de la antipatía entre Batista y Trujillo. Los documentos y testimonios disponibles permiten reconstruir la trama política, pero las motivaciones íntimas, los resentimientos y las desconfianzas mutuas que marcaron a ambos caudillos permanecen en la penumbra de la historia. Algunas claves para comprender esta singular relación tal vez puedan hallarse, no obstante, en la confesión que en 1956 Trujillo le realizara a un dirigente estudiantil de Santiago de Cuba, Temístocles Fuentes, vinculado por entonces a Prío, y que han sido reseñadas en Batista, últimos días en el poder:
— Batista es la negación de la negación: quiere ser blanco y es mulato, quiere demostrar que es un demócrata, y es un dictador, quiere posar de guapo y es un pendejo (…). Yo sí soy mulato, soy un dictador y soy un cojonudo.
Comentarios
Recomiendo el libro:"La telaraña cubana de Trujillo",de Eliades Acosta Matos,de dos tomos.También su espacio en youtube:"Pensar la Historia con Eliades Acosta"
Muy interesante revelación entre 2 tiranos.