Geopolítica: Escenarios posibles en la guerra de Irán
Ataque en Teherán este domingo. Foto BBC
La agresión armada de la triada occidental (Estados Unidos, Reino Unido e Israel) evidencia una realidad: la agenda del globalismo liberal posee como esencia la anulación de las identidades alternas al poder centralizado de las élites. Existen muchas especulaciones en torno a por qué se toma esa decisión ahora y no antes. Se habla de una supuesta debilidad de Irán que lo estaría colocando en una postura sin precedentes, una ventana de oportunidades para Tel Aviv. Más que eso, Occidente y sobre todo los Estados Unidos, se mueven por ciclos de elecciones. El equilibrio en ese sentido le está enviando una señal a Trump de que quizás el resto de su mandato carezca del poder de las cámaras y deba enfrentar un juicio para destitución. La no revelación de todos los detalles sobre el archivo Epstein y el uso que pudiera estar haciendo un sector del globalismo sionista para llevar al presidente a la guerra mediante chantaje no deben descartarse. Sin embargo, lo cierto es que esta es una guerra del petróleo, una confrontación que busca sostener el precio de la gasolina en sus límites tolerables y usarlo como pivote de elecciones. El capital extractivo en su máxima expresión, pero, ¿a qué costo?
La desestabilización de países del Medio Oriente mediante la guerra ha quebrado instituciones en el pasado, llevando a la aparición de grupos irregulares que han comprometido aun más el tema de la paz. Recordemos el caso de ISIS. Eso lo saben los analistas del Pentágono y, por supuesto, están claros de que la muerte del Ayatola Alí Jomenei traerá una oleada de inseguridad y violencia política. Justo lo que la élite dijo tantas veces que evitaría desde el desastre de Irak. La extracción de recursos, el uso de estos para abaratar los costos de vida de naciones que ya no son centros industriales y que por ende no poseen la capacidad de sostener sus estándares; han hecho que se vuelva sobre la política de la pólvora. En el Medio Oriente existe una situación similar en casi todos los países con temas sensibles que rozan en la cultura de la región: los derechos de las mujeres y de la comunidad LGBT, la tolerancia hacia otras creencias; pero Occidente ha hecho un uso propagandístico solo de lo que pasa en Irán. El resto de las monarquías absolutas permanecen intocables, debido a que son altas exportadoras de petróleo y países llenos de bases norteamericanas. El relato de la democracia y su uso discrecional son elementos de la geopolítica que han desprestigiado la propia idea de la democracia liberal y que ponen en tela de juicio el derecho internacional.
Lo que debemos ver con esta intervención es una especie de intento de reacomodo de la geopolítica en el Medio Oriente llevado a cabo por Israel y que tuvo en Gaza su primer capítulo. Irán es el gran adversario que ha venido in crescendo en los últimos años con tecnología de misiles de largo y mediano alcance, el desarrollo de enjambres de drones, el control de la ruta del petróleo y la financiación de grupos afines armados que operan como ejércitos proxys irregulares en las fronteras de puntos estratégicos. Tel Aviv necesitaba un suceso para desencadenar una ofensiva en todos los terrenos y usar el poder de fuego de Occidente para ello. Se aprovechó la cobertura de que, además, las potencias aliadas de Irán están en otros teatros de operaciones y pudieran no acudir en su ayuda. La prueba de eso es que, en paralelo a la agresión contra Irán, otro país en la órbita de Occidente si bien de esencia oriental, Paquistán, agredió al régimen afgano talibán. Días previos, los medios occidentales prepararon la matriz del derecho de las mujeres; posicionaron el debate en las redes y volvieron a apuntar. No es casual que todo esto esté sucediendo a inicios de marzo, de hecho, el uso político y mercadotécnico de los derechos humanos es uno de los elementos cruciales de la política posmoderna. Si Irán cae, el asunto se presentará como una liberación de género en buena medida, un alivio de las mujeres y una labor humanitaria por parte de las potencias agresoras.
En todo este drama hay otra gran caída: la del derecho internacional. Los organismos de las Naciones Unidas se evidencian impotentes para arreglar los asuntos, peor aún, se quedan en la inacción y en la retórica. En la reunión de emergencia del Consejo de Seguridad, se sabía de los vetos de las potencias occidentales ante la crítica de Rusia y China y por tanto de la imposibilidad de que mediante la paz y los pactos el conflicto se terminase. Esto lleva al mundo al borde de un precipicio muy peligroso. Arreglar las cuestiones a partir de la fuerza reactiva protocolos de uso de las armas nucleares y nos pone a un paso del apocalipsis. Y eso debía ser lo que nos importe en este momento, el sostén de la paz como posibilidad de la vida en el planeta. La guerra solo puede crear más guerra.
Hay algo además que esta confrontación con el Oriente nos trae a todos los occidentales: no entendemos su identidad. Lo que a nosotros nos puede parecer una victoria de Estados Unidos y sus aliados, para ellos es una oportunidad de martirologio y una apertura hacia la purificación espiritual. La llegada de un fundamentalismo religioso como parte de una reacción cultural hacia Occidente ha sido parte de este siglo. La agresión a Irán lo pone todo peor y además reposiciona la crisis hacia el hemisferio. La religión es un activo importante en la geopolítica del Medio Oriente y la guerra entre las dos principales visiones del islam atraviesa también este asunto. Algo que a Occidente no le interesa literalmente. Eso explica que haya naciones teocráticas en plano siglo XXI, en las cuales la política no atraviesa por el mecanismo parlamentario típico de la democracia liberal. Arreglar eso desde la violencia no trae soluciones, sino que enreda la posibilidad de un entramado racional, plausible y decente que garantice derechos a las personas y preserve la vida y la estabilidad, así como la gobernanza del Medio Oriente.
¿Qué podemos esperar? La situación de inseguridad de Occidente posterior a la invasión de Irak por parte de Estados Unidos ha regresado, pero ahora en un mundo con mayor porosidad informativa, con guerra híbridas y de cuarta generación en las cuales se pierden las fronteras entre lo que es y lo que no, entre lo sólido y lo líquido. Ahora no se sabe dónde está el enemigo y los aparatos de inteligencia juegan un papel esencial. Sin dudas, se está ante un escenario en el cual el reacomodo de las fuerzas nos habla de una realidad diferente, donde las potencias emergentes tarde o temprano tendrán que hacer uso de la fuerza mayor con consecuencias impredecibles. Ello quiere decir que tanto Rusia como China serán en algún momento tocadas por la locura extractiva y el juego de piezas de ajedrez por parte de Occidente y estará en su sustancia existencial el responder. De hecho, la demolición del derecho internacional apunta hacia ese escenario. En este ecosistema del nuevo siglo, los países pequeños y dependientes, con sus economías atravesadas por problemas estructurales y relaciones de poder desiguales son los grandes perdedores. Mientras que el derecho anterior les garantizaba al menos una oportunidad teórica de ser escuchados, el nuevo orden internacional los niega como actores válidos. El retorno de la fuerza hace que la ley se respete solo cuando se transforma en un relato de poder favorable a alguna de las tesis de Occidente.
La llamada Junta de Paz de Trump es, en esencial ese nuevo orden internacional post liberal o ultraliberal (como se le mire desde uno u otro punto de vista) en el cual se estaría decidiendo lo que es competencia del pactismo de la ONU. Se trata de una realineación de las alianzas a la vieja manera de las guerras mundiales. Lo peligroso de romper el derecho internacional es que da carta blanca para hacer literalmente cualquier cosa a quien sea, dejando de lado la civilización como principio y dando paso a la barbarie y el uso de la fuerza como expresión de la ley. Ese es el gran daño de esta acción belicista. No verlo es un acto suicida, cualesquiera que sean las posiciones ideológicas.
Más que eso, el retorno del derecho internacional no es algo que se pueda lograr fácilmente luego de actos como estos. Hay hechos que una vez cometidos quedan en el ADN de las relaciones internacionales y se reacomodan como parte de lo normal. Ahora cada vez que una negociación no esté alineada con Occidente, darán una patada a la mesa y actuarán por la fuerza. Ese modus operandi es un daño perenne para el propio mecanismo de la diplomacia, haciendo poco creíble todo intento de arreglar las diferencias por la vía de la paz.
Nadie sabe cómo va a terminar la guerra en Irán, lo cierto es que, para vencer un país como ese tienen que entrar y ocuparlo. Eso supone un costo mayor. Hasta ahora en el teatro operativo solo se han hecho acciones de bombardeo, golpes quirúrgicos, ataques en ciudades con el fin de generar desmovilización y violencia psicológica. Los choques se dan a nivel de drones, naves tripuladas, misiles, uso de la inteligencia y de la manipulación de redes y matrices. Una invasión, un desembarco, a la manera de Irak, pueden ser el capítulo que termine de emular esta situación con la vivida en tiempos de Bush hijo. Cualquier especulación puede resultar peregrina, hay que ceñirse a los hechos.
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