Mateo: un himno a la vida en medio de la adversidad
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La historia de Mateo no es una estadística más en la lucha contra la reducción de la mortalidad infantil en Villa Clara, sino el sonido primero de un llanto desde el municipio de Remedios, la caricia temblorosa de unos padres primerizos y la luz tenue de una sala de cuidados intensivos donde la vida, tan frágil como un hilo, se sostuvo durante 15 días por la voluntad inquebrantable y la profesionalidad de un equipo médico.
Este recién nacido, que llegó al mundo con una atresia esofágica, se convirtió, sin saberlo, en un símbolo de resistencia frente a una de las batallas más desiguales: la de preservar la salud infantil en Cuba a pesar de las carencias materiales también resultantes del cerco económico que el gobierno de los Estados Unidos cada día intenta recrudecer más contra Cuba.
El doctor Yandry Alfonso Chang, director de Asistencia Médica y Medicamentos en el territorio, reflexiona sobre este caso con una mezcla de orgullo profesional y preocupación ciudadana.
"Cada niño que salvamos, como Mateo, es una victoria del principio humano que guía nuestra medicina", afirmó desde su perfil de Facebook, "pero detrás de cada incubadora, de cada equipo de ventilación, hay otra lucha silenciosa contra un bloqueo que busca, deliberadamente, asfixiarnos y privarnos de lo esencial".
El relato de los médicos del Hospital Pediátrico Provincial José Luis Miranda es el de un triunfo cotidiano contra pronósticos adversos.
Frente a Mateo se unieron anestesiólogos, cirujanos, neonatólogos y enfermeras en una coreografía perfecta de conocimiento y dedicación; lo que en cualquier otro lugar hubiera significado una factura inalcanzable para una familia humilde, aquí fue un derecho ejercido: cirugía neonatal compleja, ventilación mecánica, nutrición parenteral y vigilancia las 24 horas, sin costo alguno.
Sin embargo, ese "sin costo" encierra una verdad amarga: es el resultado de un esfuerzo titánico del Estado cubano por sostener lo gratuito mientras navega contra una marea de prohibiciones.
El recrudecimiento de la política de bloqueo, materializado en nuevas órdenes ejecutivas de la administración estadounidense, actúa como un virus que infecta cada eslabón de la cadena de la salud en la isla.
"Cuando hablamos del bloqueo, no hablamos de una abstracción política", subraya Alfonso Chang, "hablamos de que el 90 por ciento de nuestras transacciones para comprar medicamentos o repuestos son rechazadas por el sistema bancario internacional por miedo a las multas de Estados Unidos".
Según el especialista, se trata de que una empresa fabricante de un alimento especial o de una válvula cardíaca para un recién nacido puede negarse a vender a Cuba, no por falta de capacidad de pago, sino por el temor a represalias extraterritoriales; el impacto del bloqueo es tangible y multifacético.
En materia de medicamentos, se restringe y encarece hasta lo extremo la adquisición de fármacos esenciales, reactivos de laboratorio y material desechable; mientras que en la esfera tecnológica, la renovación y el mantenimiento de equipos de alta tecnología como ventiladores neonatales, monitores multiparamétricos o equipos de imagenología se ven severamente obstaculizados.
Asimismo, en lo infraestructural, proyectos vitales de reparación y modernización de hospitales, como el emprendido en el Hospital Gineco-Obstétrico Mariana Grajales, encuentran enormes dificultades para acceder a materiales de construcción, piezas de repuesto y tecnología hospitalaria moderna.
"Mateo pudo ser dado de alta gracias a la pericia de nuestros profesionales y a la resiliencia de nuestro sistema", concluye el funcionario, "pero cada Mateo que viene detrás merece las mismas oportunidades, y para eso necesitamos que cesen las medidas que buscan provocar hambre y desesperación, como reconoció un memorándum del propio gobierno de Estados Unidos hace décadas".
La historia de este bebé, que hoy duerme en casa entre los brazos de sus padres, es un himno a la vida; pero también es un recordatorio urgente de que la mayor amenaza para la salud de los niños cubanos no está en una sala de hospital, sino en los despachos donde se diseña, tan solo a 90 millas, una política genocida que no distingue entre gobiernos y recién nacidos.












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