El árbol, esa catedral de hojas

El árbol, esa catedral de hojas
Fecha de publicación: 
29 Julio 2021
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“Cada árbol es una catedral de hojas y cada hoja una catedral de estancias”, decía Lezama Lima y es de las más hermosas definiciones que conozco del árbol.

Por eso, aunque el calendario de efemérides y celebraciones no indique hoy ningún motivo específico para hablar de árboles, vale evocar esos verdes seres vivos a los que tanto debemos y no siempre compensamos.

 


El flamboyán

Sobre todo en esta etapa sin muchas alegrías ni luces habría que comentar sobre ellos, contemplarlos e incluso dibujarlos, porque, sin dudas, nos ayudarán a hacerlo todo más llevadero.

Como curiosidad, de todas formas es interesante apuntar que Cuba implementó la tradición del Día del Árbol el 10 de octubre de 1904, cuando un grupo de patriotas, personalidades, vecinos e instituciones públicas en el barrio habanero de El Vedado decidieron adoptar esa fecha en homenaje al alzamiento independentista protagonizado por Carlos Manuel de Céspedes en La Demajagua, en 1868.

 


La ceiba

Pero, insisto, no hace falta una fecha específica para hablar de los árboles, basta con asomarse a una puerta o ventana en esta Isla para, por suerte, saberlos ahí, ayudándonos a vivir.
Y no es una frase que busca coquetear con lo poético, lo rotundo… o lo fresita; en verdad, ellos son imprescindibles.
 

Sin permiso, no se pue’tumbá’

Ya lo dice la canción: “En mi Cuba nace una mata que sin permiso no se puede tumbar (…) esa mata es siguaraya”.

 


La siguaraya

 Sin duda, los árboles, como el resto de la flora y fauna de esta Isla, van asociados a su historia y tradiciones.

Desde fines religiosos a medicinales nos enlazan a esos seres parlantes y a veces hasta sinfónicos, porque quién duda que el agitar de las hojas en determinadas especies de árbol no  nos regala a veces una relajante sinfonía con el aire como director de orquesta.

Sin embargo, a pesar de sus innumerables bondades, no siempre les consideramos como se debe, y de ello hablan las podas indiscriminadas, más de una vez denunciadas y criticadas.

Quizás una manera de evitarlas –al margen de lo que la ley exige- y también de amar cada vez más a los árboles, sea conociéndolos mejor.

Nunca he podido olvidar, cuando estaba en primer grado, hace más de cinco décadas, que la seño hizo circular por el aula una cartulina donde aparecían fijados rombos de diferentes tipos de madera con sus nombres y la fotografía del árbol del que procedían.

Como buena maestra al fin, nos propuso oler cada trocito de madera, tocarlo para saber de su textura, describirlo oralmente… y luego, nos habló de la caoba, del cedro, la majagua…

Por aquella maestra supe que el papel salía de la madera, y me quedé mirando embobecida la libreta tratando de imaginar sus vegetales orígenes en un bosque magnífico.

 


El caguairán

Serían muy reveladores los resultados si se les pregunta hoy a los niños y adolescentes cubanos por el nombre de las principales especies maderables o frutales de Cuba. 

Y es que ellas hacen también hacen nuestra historia, conocerlas y cuidarlas abona el sentido de pertenencia a esta tierra nuestra. Basta leer el Diario de campaña “De Cabo Haitiano a Dos Ríos” para percibir una vez más cuánto Martí llevaba en su alma también aquella Cuba donde:

 “Arriba el curujeyal da al cielo azul o a la palma nueva, o el dagame, que da la flor más fina, amada de la abeja, o la guásima, o la jatía. Todo es festón y hojeo, y por entre los claros, a la derecha, se ve el verde del limpio, a la otra margen, abrigado y espeso. Veo allí el ateje, de copa alta y menuda, de parásitas y curujeyes; el cajueirán, “el palo más fuerte de Cuba, “el grueso júcaro, el almácigo, de piel de seda, la jagua de hoja ancha, la preñada güira el jigüe duro, de negro corazón para bastones. Y cáscaras de curtir, el jubabán, de fronda leve, cuyas hojas capa a capa, “vuelven raso el tabaco”, la caoba, de corteza brusca, la quiebrahacha, de tronco estriado, y abierto en ramos recios, cerca de las raíces, (el caimitillo y el cupey y la pica pica ) y la yamagua, que estanca la sangre…”

 


La palma real

 

Sí, hace bien hablar de árboles, esas catedrales de hojas, aunque no sople el mejor viento.

 

 

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