Una jaba en el flamboyán

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Una jaba en el flamboyán
Fecha de publicación: 
5 Abril 2018
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Cuando una jaba lleva adentro la libreta de la bodega, las llaves de la casa y el monedero, se convierte en un objeto valioso, muy valioso.

Por eso, casi entró en pánico el vecino cuando la esposa le lanzó, desde el octavo piso, una jaba igualita a la descrita arriba —habían llegado las papas— y la desobediente, en vez de bajar planeando suave, se dejó arrastrar por una corriente de aire y quedó enganchada en la copa del flamboyán.

Estupor, sorpresa, ansiedad, angustia... como las penas del bolero, se fueron agolpando entre pecho y espalda del cátcher y la lanzadora, asomada al balconcito de su apartamento como desconcertada Julieta.

Pero basta con que haya alguien que por más de un par de minutos permanezca con la cabeza vuelta hacia arriba, como buscando en el cielo, para que al momentico se le sumen dos, tres, hasta hacer un bulto de gente igual buscando en el firmamento.

Y eso mismo le pasó a Andrés —que no se llama así en la vida real—. Primero se le fueron uniendo vecinos curiosos, que se convirtieron en vecinos solidarios al conocer el motivo de su extraña postura, un motivo de peso.

“Qué va, no se puede dejar ahí”, comentaba una; “y no puede esperarse a mañana, porque si llueve...” era la sentencia pesimista de otro de los advenedizos. “Llama, llama a los bomberos, porque está muy alto”, propuso un tercero, y la de al lado le replicó: “Mi’jo, que es una jaba, no un niño”. “Como se ve que no son su libreta ni sus llaves, señora”, le respondió ácido el interpelado. El enfrentamiento no llegó a más porque la voz del muchachón de la otra cuadra avisó:

“Apártese to’l mundo, que voyyy”.

Y sí que venía, con una piedra grandísima —un cambolo, para mejor entendimiento— que, luego de tomar puntería, lanzó contra la jaba para tumbarla. Pero fue bola baja, apenas rozó unas ramitas del árbol antes de estrellarse junto a un banco del parquecito.

Al primer lanzamiento le siguieron muchos otros, y al primer lanzador igual se le fueron agregando otros, deseosos de ayudar, y, de paso, de mostrar la potencia de su brazo beisbolero. Pero aunque les iban corrigiendo el tiro: “párate más pa’cá”, “coge una piedra menos pesada, mi’jo”, “dale, que tú puedes”, los empeños fueron inútiles.

En ese ining del campeonato, ya se podía ver a una buena parte de los vecinos de los pisos altos del edificio asomados a ventanas y balcones mientras que otros habían decidido bajar para acompañar al “doliente” con sus recomendaciones y aportes personales.

De esa forma, llegó un aficionado a la pesca trayendo un carrete con nylon de pescar que tenía una piedra amarrada al extremo para enlazar la rama donde estaba la jaba; llegó un entrenador de baloncesto –que trató de encestar y fue igual por gusto.

También desembarcó triunfante, cual Quijote del XXI, alguien que traía una larguísima vara portada como lanza, para ensartar la dichosa jabita.

El de la vara desplazó a los lanzadores y se colocó bajo el árbol, pero al levantarla comprendió que le faltaban como ocho metros para alcanzar “ese oscuro objeto del deseo”, como quizás hubiese nombrado Luis Buñuel a la bolsa inalcanzable.

Se aproximó entonces una señora trayendo una cabilla. Con dedicación y esmero, varios amarraron la vara como una extensión de la cabilla. Pero no permanecía erguida, se doblaba, se enredaba con las ramas bajas, con las vainas del pobre flamboyán. La impotencia empezó a infiltrarse entre el grupo, que entonces sumaba casi una veintena.

Pero la desesperanza duró poco porque el pescador volvió a las andadas –quizás motivado por la telenovela cubana de turno- . Primero estudió cuidadosamente el panorama: la dirección del viento, la altitud de la jaba, la disposición de las ramas, el contrapeso que debía atarse al extremo de la pita...

Y cuando, como William Vivanco lo tuvo to’ pensa’o, se alistó para efectuar su lanzamiento. Aquel sí que abrazó diestramente la rama en donde la jaba se había enroscado, viento y pedradas mediante.

Quedaba solo halar de cada uno de los extremos de la cuerda para partir la rama y recuperar la jaba.

Era tan sencillo, tan facilito... No se supo quién tiró demasiado rápido de uno de los cabos, lo cierto es que el ladrillo amarrado como contrapeso subió y quedó trabado junto a la jaba, convirtiéndose en peligrosa amenaza que podía caer sobre las cabezas con gorras, sombreros, descubiertas, peludas, peladas y calvas que se agitaban debajo con la mirada puesta en la bolsa.

El tiempo caminaba rápido y cada vez eran menos los ayudantes y solidarios. Había que bañarse, que comer... A esas alturas, el más exhausto de aquel combate resultaba, penosamente, el enorme flamboyán, lastimado en una parte de su ramaje, con un charco de hojitas junto al tronco. Pero se repondría. Era grande, fuerte, y sobre todo sabio; por eso seguro comprendía que entre la bolsa o la rama, la prioridad -al menos en esa coyuntura- era para la primera.

Al final, cuando ya la tarde se hacía noche, permaneció el núcleo duro de los perseverantes e incondicionales, y entre ellos pudieron, finalmente, resolverlo.

Porque en una de las oportunidades en que me asomé por la ventana, ya no estaba la jaba retando desde la altura de la rama, Pájara pinta de tela, provocadora. Finalmente, habían logrado enlazarla con la pita de pescar y tiraron de ella.

Todavía quedaba como un rumor de aplausos. Al menos, así me pareció escuchar. Y si no sonaron de verdad los aplausos, pues ahora yo bato palmas con tremendo entusiasmo por cada uno de esos vecinos solidarios, por esos cubanos que, en su pedacito de existir, protagonizaron una escena imposible de imaginar en otra geografía de este globo terráqueo.

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