Estados Unidos: Donde nunca hubo moral

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Estados Unidos: Donde nunca hubo moral
Fecha de publicación: 
14 Mayo 2024
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Hay muchos ejemplos de esa inmoralidad, como cuando en dos ocasiones, el propio mandatario norteamericano ha reconocido que las armas y municiones enviadas a Israel están siendo utilizadas en el genocidio que realiza en Gaza, admisión que ocurre horas después de haber enviado millonarios cargamentos bélicos a su principal punta de lanza en el Medio Oriente.

Brooks, Hilliker, Allard, Petras, Chomsky y otros destacados intelectuales, analistas y periodistas de diversas tendencias han coincidido en destacar la inmoralidad de la inmensa mayoría de la gobernanza norteamericana, a lo cual añadiría modestamente, pero con seguridad, que ello recaería en todos los que de una u otra forma han ocupado desde la Presidencia o formado parte del establishment que gobierna realmente a Estados Unidos.

Sus antecedentes se remontan a la llegada, siempre santificada, de los primeros “pilgrims” o peregrinos.

De esto hay una fecha para celebrarla, el cuarto jueves de cada noviembre, el  Día de la Acción de Gracias (The Saintsgiving Day), donde toda la familia se reúne para degustar el tradicional “guanajo” o pavo en honor a unos advenedizos emigrantes que llegaron a tierras norteamericanas para asentarse en ella y colonizarlas, en detrimento de sus habitantes autóctonos, a quienes engañaron, o expulsaron, o asesinaron, o esclavizaron.

Así ha sido la historia en esa parte del mundo, en el que descollaron las tierras arrebatadas a México y la colonización de un oeste donde fue exterminada la mayor parte de su población aborigen por gente ávida de tierras a cualquier costo y el ejército triunfador en una guerra civil para supuestamente terminar con la esclavitud de hombres y sus familias traídos por la fuerza desde África.

MORAL ENGAVETADA

Joel Hilliker, un estricto seguidor de la Biblia, se queja de que en su país, Estados Unidos, la moral se ha engavetado en estos tiempos.

Pero es que siempre, desde que fue nación, esa gaveta ya contenía todo el aspecto de las vidas que el ente gobernante impuso a los gobernados en los diferentes aspectos de la existencia: familias, educación, organizaciones benéficas, religiones, leyes, sistema de justicia y policial, gobiernos, políticas sociales, planeamiento estratégico, políticas exteriores e, incluso cuándo, dónde y cómo librar una guerra, siempre de agresión a naciones indefensas y pequeñas y nunca en territorio estadounidense.

Dentro de Estados Unidos tenemos un gran ejemplo del caos moral:

Después de un tiroteo en junio del 2015 en una iglesia en Charleston, Carolina del Sur, por un supremacista blanco, comenzó un movimiento para eliminar los monumentos públicos y los conmemorativos de los Estados Confederados de EE.UU.

Dos meses después, este movimiento estalló después de participar en protestas obsesionadas con una estatua de Robert E. Lee en Charlottesville, Virginia. De repente, los monumentos conmemorativos en todo el país fueron ahora al nacionalismo blanco, al racismo rancio y a todo lo inmoral sobre el pasado esclavista de Estados Unidos.

La marea de desdén moral golpeó a Jefferson Davis, Stone Wall Jackson, Roger Tanay y otros confederados. Pero no se detuvo allí. Incluso se tragó a George Washington, Thomas Jefferson y Abraham Lincoln como culpables de esclavitud y racismo.

Una moral nacida desde la Biblia aplicada al quehacer estadounidense, que ahora tiene aspectos diferentes, antibíblicos, de lo que se quejan algunos que viven en el pasado, cuando tanto en esa época como ahora tiene ribetes completamente inmorales.

Porque, ¿cómo puede ser moral un gobierno que se aprovecha de su poderío militar y económico para sojuzgar, maltratar o doblegar a pueblos con menos recursos y más pequeños?

A Cuba, por supuesto, no ha podido doblegarla, a pesar de un criminal bloqueo de más de seis décadas que no le permite desarrollarse libremente, con el fin de ahogarla y subvertir a sus pobladores, mientras protege y alienta a una mafia contrarrevolucionaria y revanchista enquistada en Miami.

Pero hay muchos ejemplos de esa inmoralidad, como cuando en dos ocasiones, el propio mandatario norteamericano ha reconocido que las armas y municiones enviadas a Israel están siendo utilizadas en el genocidio que realiza en Gaza, admisión que ocurre horas después de haber enviado millonarios cargamentos bélicos a su principal punta de lanza en el Medio Oriente.

Genocidio que el ente israelí ya había ayudado a realizar décadas atrás en Guatemala, obedeciendo órdenes de Washington, y que merece un comentario aparte.

Allí, asesores israelíes entrenaron a un ejército que causó más de medio millón de víctimas, en su mayoría civiles y dentro de estos indígenas, toda una guerra de exterminio de 20 años, cuyas secuelas aún perduran y por la que nadie ha sido castigado. 

¿CUÁNDO FUE GRANDE?

“Hacer que Estados Unidos sea grande otra vez” es el lema de Donald Trump, que esgrimió en su primera campaña presidencial y hoy repite, aunque esté envuelto en un ceremillar de causas judiciales. 

¿Cuándo, entonces, Estados Unidos fue “grande” la última vez? Esta pregunta le fue hecha al candidato al Senado de Alabama, Roy Moore, en una reunión de campaña, antes de ser derrotado. Él señaló el tiempo antes de la Guerra Civil, y dijo: “Creo que era grande (aunque tuviéramos esclavitud) cuando las familias estaban unidas y se cuidaban mutuamente (…). Nuestras familias eran fuertes; nuestro país tenía una dirección”.

Moore ya era ampliamente considerado un delincuente sexual y luego fue considerado un racista que anhelaba reintroducir la esclavitud. Y aunque no merecía el cargo, muchos de los miembros actuales del Congreso tienen comportamientos abiertamente tan malos o peor que esos y, aun así, disfrutan de alabanza en vez de condena por los nuevos moralistas.

CONSIDERACIONES

No hay nada más parecido a un fascista que un racista nostálgico. De ahí la línea directa que conecta del Ku Klux Klan a la derecha anticubana de Miami, del monroísmo al trumpismo, de Oakland en llamas a la Guerra de Vietnam, marcando el carácter intrínsecamente reaccionario del sueño americano, y la peligrosa fantasía de reeditarlo sobre mayores tasas de explotación hacia los negros, los migrantes, los latinos y las mujeres, o sobre nuevas y descabelladas tentativas militares como la que despliega silenciosamente el Comando Sur por estas horas frente a las costas venezolanas.

Inmoral gobernanza que, con o sin Trump (no hace falta) llama a hacer a Estados Unidos grande de nuevo, dejando a un lado a las clases medias blancas, endeudadas y empobrecidas, ayer firmemente integradas a la locomotora norteamericana, y hoy lanzadas a la pobreza en una nación cada vez más desigual e injusta.

Se crea así un violento caldo en donde se cultivan los peores monstruos, porque estas masas se han demostrado históricamente más proclives a buscar chivos expiatorios internos y externos que a canalizar sus rencores hacia la propia maquinaria estatal y a las sacrosantas leyes del valor, responsables únicas de su empobrecimiento relativo. 

El cine aporta valiosos testimonios: desde la Flint que el documentalista Michael Moore retrató en Roger & Me, narrando el declive industrial de una pequeña localidad de Michigan desamparada y quebrada por el cierre de las plantas de la General Motors, hasta el relato de la masacre de Columbine que hace Elephant, de Gus Van Sant, y la no siempre bien conducida pregunta sobre el por qué de las incesantes matanzas perpetradas por jóvenes blancos armados. 

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