Contracrítica: Para no olvidarnos nunca más de los globalistas
¿Hemos olvidado —en este breve periodo de nacionalismos y retorno de la derecha tradicional— los mecanismos de control de los globalistas que por décadas nos estuvieron determinando? ¿Ha terminado el debate en torno a cómo las elites liberales de Occidente controlan el pensamiento, la cultura y la creación mediante cancelaciones, terror, vigilancia? El Gran Hermano de Orwell es algo que no cesa, sino que basa su poder en la permanencia a la sombra. Las elecciones en Occidente han hablado del hartazgo de la masa de esa visión seudo liberal de los derechos humanos que ha cosificado el entendimiento y que llevó a posicionamientos tóxicos en materia de identidades. El wokismo es ahijado de esos combates culturales. Sin embargo, no podemos perder de vista que esos dispositivos de poder nunca fueron emanados de movimientos sociales, ni de una actitud genuina hacia la emancipación.
Pero el péndulo electoral puede girar y colocarnos en un sitio aun peor en el cual la propia derecha sirva de rebote para que la Ventana de Overton nos entregue totalmente al control de los laboratorios políticos. La polarización en los países occidentales en torno a temas como el género, la identidad sexual, las migraciones, las minorías sexuales y étnicas es ahora mismo lo más importante. De hecho, la batalla electoral se construye en torno a esas luchas de identidades y no sobre proyectos de transformación social, políticas públicas o gobernanza. Las elecciones son armas de retaliación a través de las cuales cuando alguien pierde estará expuesto a todo tipo de humillaciones, persecución, incluso conculcación de sus derechos. Lo hemos visto tanto con el maguismo en el poder, como con los liberales de las nuevas tendencias identitarias: no hay límites a la hora de asesinar la reputación del rival.
El Gran Hermano es una construcción que se apoya en las fisuras del sistema y que actúa gracias a la tecnocracia de la cúpula de grandes transnacionales tecnológicas. Es ese Big Data lo que hoy determina en las relaciones entre países y en el movimiento corporativo. No en balde, polos emergentes como China y la India hacen esfuerzos por construir su propia gobernanza digital a partir de reglas del juego que no estén en la línea de los globalistas. Es decir, que sin el poder directo de las empresas, el diseño de este mundo global de corte liberal no seria posible. Mucho menos sus mecanismos de control y castigo que existen para disciplinar a quienes se salen del tiesto en materia de pensamiento. Así funciona el poder.
El globalismo también es un producto cultural. Se ve en el cine de Hollywood a través de la filtración de concepciones como la falsa inclusión, la diversidad como espejismo y la idea de la utopía burguesa del mundo perfecto. Casi todas las películas de los años 80 y 90 hechas en los Estados Unidos tenían una escena al menos en la cual se mostraba un desayuno en familia. Otros íconos eran: el carro del año, el hombre de negocios, el trabajador ejemplar, el soldado heroico. En cada arquetipo el dispositivo de poder había cifrado una relectura del mundo desde sus intereses. En la actualidad la cultura de la cancelación es una especie de red que predibuja las relaciones sociales a partir del manejo de la moralidad. Se revisan las obras y las vidas del pasado, se censura y se le pasa factura a manera de revancha a aquellos que no convienen. El Gran Hermano ha hallado en la moralidad y su uso discrecional un poder ilimitado. Así, la élite puede tener escándalos como los ya vistos y aún así seguir gobernando. Sin embargo, a los ciudadanos comunes se les encorseta con los papeles más esclavizantes.
Quizás una serie que muestra con elocuencia lo que digo es la producción española Bellas Artes, una especie de recorrido por los lugares comunes de la cultura de la cancelación en un tono irónico. Un profesor jubilado de artes visuales se presenta a una plaza en un museo y la gana contra todo pronóstico. Tiene los ingredientes imperdonables para la cultura de la cancelación: hombre, viejo, heterosexual, intelectual. El prototipo hubiera sido alguien que ofreciera obediencia, lugar común, predictibilidad. En la serie, se van dando situaciones mediante las cuales queda cuestionado el dogma del momento.
Sin embargo, terminamos con un regusto amargo, ya que sabemos que, con independencia de lo que pase en un material de ficción, en el mundo real estamos sujetos a los dispositivos del poder si queremos sobrevivir. Fue Foucault quien se refirió al poder como discurso. O sea, no se trata solo de lo que se expresa mediante comandos, sino de lo que constituye sustancialmente nuestro mundo, lo que lo determina en el plano de la esencia. El poder no solo es una fundamentación tangible en cuanto a lo fenoménico, sino una variable sine qua non a la hora de analizar el mundo desde la filosofía política y la ciencia política.
En tiempos en los cuales se extiende la incertidumbre electoral y no sabemos cuál proyecto se vaya a instaurar en los próximos meses en la dirección del Occidente liberal, conocer la esencia del Gran Hermano globalista y sus variaciones nos permite estar al tanto de sus implicaciones a nivel micro y macro. Es una forma de vivir culturalmente enterados de lo que somos y lo que no deseamos ser.
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