Nuestra vida en las redes sociales: ¿somos lo que parecemos?
No somos únicamente lo que parecemos en nuestras publicaciones; somos las historias no contadas.
En la era digital, las redes sociales se han convertido en el escenario principal donde millones de personas proyectan sus vidas. Plataformas como Facebook, Instagram, TikTok y YouTube son vitrinas virtuales donde compartimos momentos, opiniones y aspiraciones, pero también donde cuidadosamente curamos una versión de nosotros mismos.
Y esto no es, necesariamente, negativo; sin embargo, mientras más inmersos permanecemos en el universo virtual, crece el riesgo de que, lejos de estar mejor comunicados, terminemos aislados y desconectados de la realidad, incluso de nuestras propias verdades, pues esta curaduría no es solo estética. Los usuarios eligen qué aspectos de su vida destacar: viajes exóticos, logros profesionales, momentos familiares felices o posturas activistas.
Sin embargo, muchas veces son puro maquillaje para esconder las inseguridades, los fracasos, los días grises... Como resultado, creamos un personaje o, cuando menos, una realidad fragmentada donde la autenticidad se sacrifica en favor de la aprobación social, medida en likes, comentarios y seguidores.
Las redes sociales han democratizado la autoexpresión; cualquiera, con un teléfono inteligente, puede convertirse en creador de contenido. Sin embargo, esta libertad viene muchas veces acompañada de una presión implícita: la necesidad de proyectar una imagen atractiva y coherente.
Varias investigaciones en el campo de la psicología afirman que las redes nos dan la ilusión de estar acompañados, sin embargo, muchos usuarios reportan sentimientos de soledad al compararse con las vidas aparentemente perfectas de otros, pueden ser influencers, celebridades o incluso amigos.
Por otro lado, no seamos ingenuos: detrás de lo que vemos y compartimos en las redes sociales están los algoritmos. Diseñados para maximizar el tiempo de uso y la interacción, estos sistemas priorizan contenido emocionalmente cargado o visualmente impactante, lo que incentiva a los usuarios a postear desde fórmulas que generan reacciones inmediatas, por ejemplo, una foto con cualquier frase motivacional “camina” más rápido que el link de un artículo excelente o una reflexión introspectiva.
Las redes sociales nos ofrecen una plataforma para construir narrativas, y esa es una buena oportunidad, mientras seamos conscientes de que estas narrativas son solo una faceta de quienes somos. Un influencer que publica fotos de una vida lujosa puede estar enfrentando deudas, y un amigo que comparte momentos felices puede estar lidiando con ansiedad. No somos únicamente lo que parecemos en nuestras publicaciones; somos las historias no contadas, las luchas silenciosas y los momentos que no capturamos en una pantalla. En última instancia, el valor de las redes sociales no radica en los likes o los seguidores, sino en cómo las usamos para reflejarnos y compartir, construir conexiones significativas sin perder de vista cuál es el escenario real de nuestras vidas.
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