El siglo de Eliseo Diego (+ POEMAS)

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El siglo de Eliseo Diego (+ POEMAS)
Fecha de publicación: 
2 Julio 2020
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Cien años se cumplen del nacimiento de un poeta excepcional, una voz perfectamente reconocible en el gran concierto de la lírica cubana. Poeta grande en un país de grandes poetas.

Cuando Eliseo Diego (La Habana, 1920-Ciudad de México, 1994) habla del tiempo y de la memoria, cuando evoca paisajes de delicada luminosidad, cuando dialoga sosegado con sus contemporáneos... no se prodiga en atronadores torrentes.

Su poesía es un río subterráneo, de profundas resonancias: no se regodea en la peripecia inútil: es una celebración de las esencias.

El retrato intimista que el poeta ofrece cala en sus lectores porque es, al mismo tiempo, ensoñación y espejo. 

Temas que han obsesionado a los artistas desde tiempos remotos (el amor, la soledad, la muerte), se distancian del lugar común en los poemas de Eliseo Diego. No busca el poeta la mera eufonía de la frase, pretende alumbrar, con la palabra, zonas de penumbra en las que se esconden sentidos.

Eliseo Diego despierta a los niños que fuimos, vislumbra un mundo extraviado o quizás apenas soñado, y lo hace con la pericia del orfebre: sus arabescos son sólidos y translúcidos, como tallados en cristal.

De los grandes poetas hay que hablar en presente. La buena poesía es atemporal. Junto a otros grandes, Eliseo Diego iluminó un siglo de la lírica cubana. Sin sobresaltos, sin rupturas escandalosas, como si apenas susurrara. El eco de ese susurro nos alcanza y nos trascenderá.

Poemas de Eliseo Diego

El oscuro esplendor

Juega el niño con unas pocas piedras inocentes
en el cantero gastado y roto
como paño de vieja.

Yo pregunto:
qué irremediable catástrofe separa
sus manos de mi frente de arena,
su boca de mis ojos impasibles.

Y suplico
al menudo señor que sabe conmover
la tranquila tristeza de las flores, la sagrada
costumbre de los árboles dormidos.

Sin quererlo
el niño distraídamente solitario empuja
la domada furia de las cosas, olvidando
el oscuro esplendor que me ciega y él desdeña.

Mujer cosiendo

Afuera está el escándalo
del sol,
y la garganta
de la cal desollada que responde
bramando de terror:

la zarabanda
maníaca de la luz
-la quema grande.

Y adentro, fresca, la penumbra
como un baño de paz
-agua del bosque
de la eterna delicia-
la penumbra

en que tu aguja salta
-leve
pececillo de lumbre
y a la tela
vuelve otra vez
iluminándonos

La casa abandonada

Hacia el final de la escalera
te has dado vuelta: en el vacío de abajo
el viento solitario hace
las veces de trajín, y la penumbra
está sucia de olvido. Pero arriba,
en el piso de arriba, el cúmulo
de inútil sueño aguarda. ¿Vas
a entrar en él, a sumergirte? Con la mano
puesta en el balaustre, acariciándolo
te quedas. Poco a poco,
no vas así a bajar la vista: escucha el torvo
zumbido de la mosca que se afana
contra el ciego cristal: hay alguien
en el primer peldaño. Espera.
Mira:
tú estás en el primer peldaño. Lívido
te estás mirando a ti con toda el alma
como si fuese para siempre.
Y ya
no estás arriba, ni
tampoco abajo.
Zumba
sola por fin la torva prisionera.

Nostalgia de por la tarde

a Bella

El que tenía costumbre de poner las manos
sobre la mesa blanca junto al pan y el agua,
traje rugoso de fervor y alpaca,
y aquella su esperanza filial en los domingos,

ya no conmueve nunca el suave pensamiento de la fronda
con el doblado consejo de su paso.
Y el taciturno banco entre los álamos dormido
y aquel campito hirsuto a quien las lluvias respetaban.

Qué tedio los sepulta como la muerte a los ojos
que no los cruza nunca la bendición de unas palomas,
que tengo que soñarlos, mi amiga, tan despacio
como quien sueña un grave color que nunca viera,
como quien sueña un sueño y eso es todo.

Porque quién vio jamás
pasar al viejecillo
de cándido sombrero bajo el puente
ni al orador sagrado en la colina.

Yo vi al lagarto de liviana sombra
distraerse de pronto entre su sangre,
quedar inmóvil, sí, tumbado,
pesando e incapaz de confundirse ya nunca con la tierra.

(El que tenía costumbre de cruzar las manos
sobre la mesa blanca para mejor mirarnos,
su mueca de morir cuándo la he visto,
su mueca parda.)

He visto al pez de indestructible púrpura,
en la mañana arde como criatura perpetua de la llama,
olvida los trabajos mugrientos de su sangre,
yace perfecto y la madera sagrada lo levanta.

Pero quién vio jamás
el ruedo misterioso de tu falda
mientras cortas las rosas en la tarde
ni el roce y la tristeza de la lluvia
como un ajeno llanto por mi cara.

Porque quién vio jamás las cosas que yo amo.

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