Una reina con el reloj roto

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Una reina con el reloj roto
Fecha de publicación: 
27 Marzo 2017
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Una vecina fue a arreglar su olla multipropósito, bautizada por los cubanos como reina, a un taller estatal que brinda ese y otros servicios similares.

A la reina no le andaba el reloj. Después de caminar más de un kilómetro bajo el sol y cargada, se encontró con que no había electricidad, así que debió regresar con su olla rota.

Era un sábado y retornó al siguiente lunes, cuando fue atendida por un técnico «que estuvo batido» con el electrodoméstico por un buen rato.

¡Había piezas, todas las piezas que necesitaba, incluyendo junta nueva! Luego de abonar un módico precio en moneda nacional —atendiendo a como van hoy los precios—, sonrió y partió oronda imaginando ya cómo compondría su potaje de chícharos en la olla recién reparada.

Mas la felicidad le duró poco. Al conectar el artefacto, comprobó que el reloj no avanzaba ni un minuto, aunque lo había visto caminar en el taller.

Al día siguiente, retornó, ya sin gota de sonrisa y por tercera vez, al mismo taller, donde pidió que le atendiera otro técnico, porque, evidentemente, el primero «no había dado pie con bola».

Después de ver al operario hurgando en las entrañas de la olla, revolviendo cables, ajustando tornillos y botones, escuchó el veredicto: «parece que es la pesa, porque esta olla no tiene nada».

Exhibiendo el nuevo taponcito, la cazuela volvió a ser probada por unos minutos y el reloj avanzó sin lío.

Insistió la señora sin sonrisa al técnico para que se tomara su tiempo, que ella prefería esperar lo que fuera necesario, pero llevarse el aparato funcionando, porque tenía que caminar mucho, porque el asunto pesaba bastante, y esa era la tercera vez.

Ya está al quilo, le aseguró el empleado, y la mujer, persuadida de que «por fin», salió del local.

Por gusto.

Luego de unos minutos de conectada la olla, el reloj dejó de funcionar. Como si el tiempo se hubiera detenido a modo de esas novelas de ciencia-ficción, o como si hubiese saltado a una dimensión otra, por aquello de la teoría de las cuerdas, el aparatico ignoraba el transcurrir de los minutos.

Pero no eran motivos precisamente literarios ni de ciencia avanzada por los que el relojito de la reina no caminaba.

Luego de un par de interjecciones impublicables, porque ya había echado los chícharos con toda la sustancia, incluido un pedacito de bacon, y ahora tendría que esperar horas para que ablandaran en un caldero tradicional, la señora sin sonrisa tomó una decisión.

No volvería por cuarta vez a aquel taller. Iría, «aunque me cueste la vida», al tallercito particular recién abierto a pocas cuadras de su vivienda.

Allí le trataron como si la reina fuera ella y no la olla, le brindaron asiento, le pusieron un ventilador de frente, y le cobraron hasta la vida —como había supuesto—, pero se llevó el cacharro en perfecto estado y ¡con un año de garantía!

Tenía roto un dispositivo, pequeñito, pero imprescindible. Y los dos técnicos anteriores que habían revisado la olla no lo habían descubierto o, simplemente, no se habían tomado el trabajo de averiguarlo.

No les faltaban piezas o herramientas, tampoco condiciones de trabajo, al menos las mínimas. ¿Qué les faltaba a aquellos trabajadores para hacer bien las cosas?

¿Sentido de pertenencia, ese amor propio que uno abona al saber que cumplió a conciencia con lo que le toca? ¿Les faltaría, quizás y también, ese respeto, ¿amor?, que cada quien ha de sentir por el prójimo, sobre todo cuando, como es el caso, se trataba de una señora mayor, sudorosa y atribulada, cargando con su pesada olla varias cuadras?

¿Faltaban allí exigencia, controles?

Percibirían exactamente el mismo salario si la olla funcionaba o no, si ella quedaba o no satisfecha, y si los recomendaba o no a potenciales nuevos clientes. Pero, señor mío, todo no puede estar en el dinero, aunque sea importante, importantísimo, razonó la mujer sin sonrisa y ahora con una casi mueca.

Cuando llamó a su hermana, también jubilada, para hacerle el cuento, del otro lado de la línea telefónica escuchó una reflexión que la dejó pensando: «Pero, mi'ja, ¿tú te crees que ellos viven del salario que les pagan?; ¿tú crees que de verdad les importa que tu cacharro quede bien? Cuidado y las piezas que tienen en el taller particular no sean las mismas que se llevan del estatal. Esa es su búsqueda. Además, posiblemente igual arreglen cosas por la izquierda, y en esas seguro que sí se esmeran».

La afirmación era inquietante y llevaba implícitas acusaciones imposibles de probar. Era también demasiado generalizadora; con certeza no todos los trabajadores se comportaban así, porque, de hacerlo, talleres como el mencionado ya no existirían por haber quedado sin clientes.

Sin embargo, en ese y otros semejantes seguían desembarcando ollas, ventiladores, batidoras, y el resto de los electrodomésticos inventados para hacer la vida un poco más fácil.

A ella no le tocaba llegar a conclusiones, para eso estaban los administradores, directores, inspectores, y todos los directivos que se ubicaban por encima, que igual recibían un salario por hacer bien las cosas, y para que a las personas no se les trastocara la sonrisa en mueca.

Quizás todo había sido una suma de malas casualidades, solo eso.

Pero lo cierto es que allí estaba su olla reina, ablandando rápida el potaje, a la par que el relojito le caminaba de modo perfecto, indetenible.

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