domingo, 18 noviembre 2018, 04:49
Martes, 04 Octubre 2016 06:26

DE CUBA, SU GENTE: Ondina

Escrito por  Diana Castaños/Especial para CubaSí
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Cuando estudiaba Periodismo, valoré durante un tiempo la posibilidad de cambiarme de carrera para Psicología. ¿Por qué?

Bueno, pensé —algo de lógica llevaba— que para dedicarme a escribir —meta y camino de mi vida—, era vital conocer la esencia del ser humano, y que una carrera como Psicología me podía ayudar mucho con esa empresa.


Ni corta ni perezosa, fui a ver a una profesora de Psicología que me daba clases en la facultad, y le pedí que me dejara estar presente cuando atendiera a sus pacientes en la clínica en la que ella trabajaba. Si los pacientes están de acuerdo, por mí no hay ningún problema, me dijo.


Comencé entonces a asistir a las consultas que daba mi profesora en el COAP (Centro de Orientación y Ayuda Psicológica). A la mayoría de sus pacientes no les importaba que yo estuviera presente en la habitación cuando contaban sus molestias.


Nunca he hablado a nadie de lo que escuché en ese tiempo. Pero esta mañana me levanté temprano —¡4 a.m.!— y me fui en bicicleta a la Playita de 16, en Miramar, porque tenía unas ganas tremendas de ver allí la salida del sol. Y, para que vean las casualidades de la vida, me encontré en ese sitio a una de las últimas pacientes que vi en el COAP durante los seis meses que acompañé a mi profesora en sus consultas.


Ella refulgía. Estaba desnuda, bañándose sola bajo la luz de la luna. Parecía algo increíble y un lugar común… excepto que no lo era. Estuvimos conversando hasta que amaneció. Le pedí permiso para contarles a ustedes su historia:

Cuando yo conocí a Ondina, que es como esta muchacha se llama, estaba llorando por sus muchos moretones en la piel. Su esposo, cliché mediante, era alcohólico y la golpeaba muy a menudo por las más fútiles nimiedades, que si no había echado suficiente sal en el arroz, que si las camisas no estaban bien planchadas. Ella se autoculpaba mucho y sufría. Creía que se merecía todo lo que le pasaba. Yo, que nunca hablaba en las consultas en las que estaba presente, pedí en ese momento permiso a mi profesora para hacerlo.


Sé que mi profesora y Ondina esperaron entonces que yo diera mi opinión sobre lo que a ella le pasaba. Pero yo no hablé de los golpes o del esposo. Al menos no directamente. En su lugar, me presenté —en par de líneas— ante Ondina. Que si era una estudiante de Periodismo que estaba pensando en cambiarse de carrera por tal y más cual razón. Que si, contrario a lo que pudiera esperarse, no tenía consejos o diatribas para dar, sino una historia, que humildemente le ofrecía. Entonces le conté:


—“Una vez pusieron a diez monos hambrientos en una habitación, una escalera en el medio y un racimo de plátanos en la cúspide de esa escalera…”


(Si creen que esta historia no viene a tema, pueden dejar de leer ahora mismo).


“… Cada vez que un mono intentaba subir la escalera, le echaban agua y apaleaban a los nueve monos restantes. Esto lo hicieron una y otra vez. Siempre que un mono hambriento subía la escalera, a los demás les arrojaban agua a presión y los golpeaban… y así, hasta que, con el tiempo, ya ningún mono dejó que otro se subiera en la escalera. Cuando veían que alguno se dignaba a subir, lo arrastraban hacia abajo. Entonces, y solo entonces, dejaron de echar agua y apalear”.


“A veces cambiaban algunos monos de la habitación. Por ejemplo, quitaban cinco y los sustituían por otros cinco, que nunca habían sido apaleados ni rociados con agua. Y por supuesto, cuando los monos nuevos intentaban coger el racimo de plátanos, los viejos, que recordaban, no los dejaban subir la escalera. Los halaban hacia el suelo”.


“Pero (y aquí viene lo interesante) un día, entre tanto mono entrando y tanto mono saliendo, no quedó ninguno de los 10 monos iniciales, a los que se había apaleado. Pero igual nadie se subía a la escalera. Los monos nuevos no sabían por qué, pero hacían a los que entraban lo que les habían hecho a ellos: halaban hacia abajo a los que intentaban subir a coger el racimo. No tenían recuerdo de los golpes, pero reaccionaban como siempre habían hecho sus predecesores. No atinaban a cambiar sus vidas. No lo intentaban siquiera. El racimo de plátanos colgaba encima de sus cabezas y estaban hambrientos, pero nadie subía la escalera”.


“Si los monos pudieran hablar. Si se hubiera podido preguntarles a los nuevos que nunca habían sido golpeados, pero que no se atrevían a ir por el racimo del plátanos, por qué no subían la escalera, ¿qué hubieran dicho? Lo más probable es que respondieran: No sabemos; siempre se ha hecho de esa manera”.


Y ya. Eso fue todo lo que dije ese día en esa consulta. La única vez que hablé con un paciente de mi profesora. La última vez que fui al COAP.


Cuando terminé la historia, mi profesora le pidió a Ondina que pensara quién en su vida era el agua, quién era la escalera, y quién el mono que la subía. Ella no respondió; se quedó callada con un silencio azul… Y yo me despedí y me fui.


Nunca más vi a Ondina… hasta esta mañana. Me saludó como a una vieja amiga y me preguntó si finalmente había dejado el Periodismo por la Psicología.


—No —la actualicé de mi vida—, me gradué de Periodismo. Descubrí aquel día en esa consulta que no importa la carrera que estudies, sino la persona que eres.


—Ah —me enfatizó entonces Ondina—, ¡escribir es tu racimo de plátanos! —se quedó pensando y agregó—: ¡Y tu escalera!


Sonreí. Es extraña la huella que dejamos las personas las unas en las otras.


No le pregunté a Ondina por su esposo, los moretones, la sal en el arroz. Estaba llena de vida, desnuda bajo la luz de la luna, esperando, como yo, al nuevo día, llena de ansias de vivir y entusiasmo. Todo lo demás sobraba.


Le pedí, eso sí, permiso para contarles a ustedes esta historia. Después que me lo dio, dejamos de hablar y fuimos a bañarnos al mar.

Visto 2389 veces Modificado por última vez en Martes, 04 Octubre 2016 11:47

El día en que no escribo al menos par de páginas, todo mi cuerpo se pone tenso, como en espera, y me es imposible dormir, por muy tarde que sea. He intentado de todo para, en esos casos, relajarme, pero es en vano.

Mi familia se ha pasado la vida esforzándose porque yo sea lo más normal posible. A estas alturas, ya debían haber perdido un poco de fuerza en su empeño y haber asumido que soy la oveja verde de la camada familiar.

Cuba está cambiando. El otro día entré, por pura curiosidad, a un hotel que queda en las afueras de La Habana, casi llegando a la Novia del Mediodía. Resultó ser un hotel privado.

Ella me ha pedido que si cuento esta historia, no ponga su verdadero nombre; quiere que la llame Virtud.

Qué puede pasar cuando un adolescente blanquísimo como la espuma y plagado de lunares…

Comentarios  

 
#10 Ima de Gbcoa 08-12-2017 09:15
Muy interesante la historia, todos debemos en algún momento de nuestras vidas buscar el racimo de plátano y la escalera, pero principalmente debemos encontrarnos a nosotros mismos...... Sean felices y no se dejen maltratar por nadie, tú eres lo más importante. Gracias como siempre por tus reflexiones
 
 
#9 Butterfly 12-01-2017 10:59
Muy buena la historia Diana. Estoy segura que muchas mujeres se estarán mirando en ese espejo y tratando de averiguar si su esposo es un mono o un ser humano jajajaja. Estoy en contra totalmente de los golpes, pienso que cuando una relación no funciona es mejor tirar la toalla. Por otra parte me parece que hoy día no sólo los hombres son violentos. Conozco parejas donde el hombre es el que sufre de violencia. Todos los seres humanos debemos tratar a los demás como nos gustaría ser tratados, con eso ya podríamos subir la escalera y disfrutar de los plátanos.
 
 
#8 francisco 06-01-2017 08:53
Diana en muchos articulos se arremete contra la violencia de los hombres hacia las mujeres o se insinua el desnudo y deja abierto el tema para comentarios como los que da Nesbys,no estoy acostumbrado a este periodismo,me inclino a ese social al que si hay violencia la mujer tiene lugares aqui donde acudir la casa de familia,el psicologo,ect.E s bueno que se escriba en contra de la violencia, pero que no sirva de base para insinuaciones,s olo se estaba bañando bien temprano antes del amanecer ;lo ha hecho porque se siente libre y ayuda a su ego personal cosas así,son bien recibidas.
 
 
#7 Inye 06-10-2016 07:39
Je, creo que mi racimo de plátanos se lo comió alguien, y mi escalera se rompió en tres, jeje, estoy en candela jejjeje.
 
 
#6 Nesbys 05-10-2016 14:08
Me gustó mucho la historia. Sobre todo porque es real. Hasta he fantaseado mucho con imaginar qué sucedió después...
 
 
#5 Azul 05-10-2016 08:44
La culpa, esa maldita que no la tiene nadie, te hace ciega y sorda en ocaciones vitales. Digamos no a autoculparnos !!! Qué vivan los paseos a las 4:00 am !!!
 
 
#4 Azul 05-10-2016 06:12
Qué bueno que Ondina pudo a tiempo replantearse su vida, hay muchas Ondinas en nuestras calles, que necesitan saber de monos.
 
 
#3 yblanco 05-10-2016 05:38
Muy interesante, me ha puesto el reto de encontrar mi escalera, mi racimo de platano, mil gracias
 
 
#2 yorley 04-10-2016 11:47
muy bonito este articulo ojala que muchos que los leamos aprendamos de este escrito y de los monos jajaja.
 
 
#1 r@f@el 04-10-2016 08:41
solo sé que seres humanos somos.
 

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