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PENSANDO Y PENSANDO: Después de Babel

La inteligencia artificial, la traducción automática y las plataformas digitales comienzan a hacer posible aquello que personas de idiomas distintos puedan conversar casi sin barreras.
Imagen
Torre de Babel

Construcción de la Torre de Babel (fragmento). Óleo sobre madera; 87 x 115.5 cm. Círculo de Jacob Grimmer. Colección del Museo Nacional de Bellas Artes, Cuba.

Fuente:
CubaSí

La inteligencia artificial, la traducción automática y las plataformas digitales comienzan a hacer posible aquello que personas de idiomas distintos puedan conversar casi sin barreras. 

Lo que para el dogma de la Iglesia católica fue durante siglos una ejemplar advertencia, numerosos escritores e intelectuales contemporáneos terminaron asumiéndolo, paradójicamente, como una inesperada bendición. La diversidad de lenguas que el Creador impuso en la mítica Torre de Babel, entendida por el relato bíblico como consecuencia de la soberbia humana, ha llegado a ser vista por muchos como una de las mayores riquezas de nuestra civilización. 

Allí donde el Génesis habla de dispersión, buena parte del pensamiento contemporáneo ha preferido descubrir pluralidad. 

No tiene por qué haber contradicción entre ambas lecturas. El relato conserva intacta su fuerza moral: la soberbia rompe la comunidad y ninguna obra humana puede sostenerse cuando el orgullo pretende ocupar el lugar de la humildad. 

Sin embargo, el paso de los siglos permitió advertir otro efecto de aquella dispersión. Las diferentes lenguas no solo separaron a los hombres; también dieron origen a distintas maneras de comprender el mundo, de nombrar la belleza, de explicar el misterio, de crear arte y de construir pensamiento. 

La lingüística, la antropología y la historia ofrecen explicaciones perfectamente racionales para el nacimiento de los idiomas. El aislamiento geográfico, las migraciones, los contactos entre pueblos y la evolución de las sociedades bastan para comprender ese extraordinario mosaico cultural que hoy habita el planeta. 

Pero las explicaciones científicas no disminuyen la belleza del símbolo. Babel continúa siendo una de esas historias capaces de condensar, en apenas unas líneas, una verdad profunda sobre la condición humana. 

Escritores como Jorge Luis Borges regresaron una y otra vez a esa imagen. Su Biblioteca de Babel convierte la antigua torre en un universo infinito donde el conocimiento se multiplica hasta el vértigo. Babel deja de representar únicamente la incomunicación para convertirse también en metáfora de la infinita diversidad del pensamiento. 

El lingüista George Steiner entendió que vivimos "después de Babel": no a pesar de la diversidad de las lenguas, sino gracias a ella. Traducir, interpretar y comprender al otro constituyen, en su visión, algunos de los actos más profundamente humanos. 

Hubo incluso quienes intentaron ofrecer un camino práctico hacia ese entendimiento. El esperanto nació con la hermosa aspiración de convertirse en una segunda lengua común para todos los pueblos, sin sustituir jamás las lenguas nacionales. L. L. Zamenhof, su creador, no soñaba con uniformar la humanidad, sino con facilitar el encuentro entre culturas. 

El proyecto no fracasó por sus virtudes lingüísticas, extraordinarias todavía hoy, sino porque las lenguas nunca se expanden únicamente por su simplicidad. Detrás de cada idioma dominante suelen encontrarse la historia, el poder político, la economía y la influencia cultural. 

Nuestra época plantea un escenario sugerente y desafiante. La inteligencia artificial, la traducción automática y las plataformas digitales comienzan a hacer posible aquello que ni el mito de Babel ni el esperanto lograron resolver completamente: que personas de idiomas distintos puedan conversar casi sin barreras. 

La tecnología parece tender puentes allí donde durante siglos hubo fronteras lingüísticas. Sin embargo, ningún algoritmo puede sustituir el deseo genuino de comprender al otro. Traducir palabras es relativamente sencillo; traducir culturas continúa siendo uno de los grandes retos de la humanidad. 

Por eso la imagen de la mítica torre sigue siendo tan poderosa. Más allá de las herramientas que inventemos, continúa siendo hermoso el viejo empeño renacentista de acercarse a otras lenguas, leer otras literaturas, dialogar con otras religiones, explorar otras filosofías y descubrir que existen múltiples maneras de habitar el mundo. 

Si la tecnología consigue ayudarnos en ese camino, bienvenida sea. Al fin y al cabo, también es una creación humana, otra expresión del inagotable sueño de entendernos. Tal vez esa sea, después de todo, la verdadera lección de Babel: no aspirar a que todos hablemos igual, sino aprender a escucharnos sin dejar de ser distintos.
 

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