Olfato humano: ¿Una nariz superlativa?

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“Érase un hombre a una nariz pegado/ érase una nariz superlativa” escribía en el siglo XVII Francisco de Quevedo buscando ridiculizar a su rival literario Luis de Góngora.
De entonces a la actualidad no muchos se han inspirado en narices para sus poemas, pero sí que se ha aprendió y descubierto mucho sobre el sentido del olfato en los humanos.
Investigaciones recientes, y otras no tan “de ayer”, revelan propiedades y características que eran desconocidas sobre el olfato humano, el cual, aseguran, no es inferior al de otros mamíferos.
La doctora en Ciencias Biológicas y especialista en Neurociencias, Laura López-Mascaraque, toda una autoridad española en la materia, asegura, por ejemplo, que tenemos una capacidad de detección olfativa similar a la de los perros, lo que varía es la interpretación que le damos a lo que olemos.
Mientras el perro rastrea el suelo, el humano decodifica matices químicos complejos en el aire y en los alimentos, habilidad que ha sido fundamental para la supervivencia de la especie.

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Se trata de una especialización funcional dictada por milenios de adaptación. Mientras que el perro ha evolucionado para perseguir rastros -su anatomía lo condiciona a capturar moléculas pesadas a ras de suelo y seguir trayectorias espaciales-, la evolución humana tomó el rumbo de la decodificación cualitativa.
Es así porque la postura bípeda alejó la nariz de la tierra, refinando la detección de señales volátiles en el aire y, de manera crítica, en los alimentos que se llevan a la boca. Esta transición no fue una pérdida con respecto a otras especies, sino una sofisticación de la nariz como laboratorio químico de alta precisión.

Mehmet Özyürek, un hombre de nacionalidad turca, es la persona viva con la nariz más grande del planeta, y ha ostentado el Récord Guinness por 20 años. Según recogió el sitio oficial de los récord, Mehmet se midió por primera vez la nariz el 31 de enero de 2001.
El cerebro, el gran intérprete
Más allá de la cantidad de receptores olfativo, el sistema nervioso humano dedica una cantidad asombrosa de recursos a interpretar la información llegada desde el bulbo olfativo.
A diferencia de otros animales que reaccionan de forma casi instintiva ante un olor (estímulo-respuesta), la arquitectura cerebral de nuestra especie permite integrar esos aromas con la memoria y el contexto cultural.

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Este sentido del olfato es el único que posee una línea directa con el sistema límbico, la región del cerebro donde se procesan las emociones y la memoria a largo plazo. A diferencia de la vista o el oído, que deben pasar por el filtro del tálamo antes de ser interpretados, el aroma viaja sin escalas hacia la amígdala y el hipocampo.

Infografía generada por IA para CubaSí
Esta arquitectura neuronal explica por qué el olor a tierra mojada o el perfume de una persona ausente pueden desencadenar una cascada de recuerdos con una intensidad que ninguna imagen puede igualar.
Una conexión tan íntima convierte al olfato en un guardián silencioso de la salud mental y física, capaz de alertar sobre peligros invisibles o evocar añejos paraísos de bienestar en una fracción de segundo, según refiere en una reciente entrevista a National Geographic la doctora López-Mascaraque .
Uno de los descubrimientos más fascinantes sobre el olfato es la capacidad regenerativa de las neuronas receptoras olfativas.
Estas constituyen la gran excepción biológica en el organismo humano por ser las únicas neuronas del cuerpo que tienen una parte de su estructura -las dendritas y sus cilios- situada fuera de la protección de los tejidos internos, bañadas apenas por una fina capa de moco en el techo de la cavidad nasal.
Tal ubicación las convierte en verdaderas "avanzadillas" del cerebro, en terminales sensoriales que literalmente “tocan” el mundo exterior para capturar las moléculas químicas que flotan en el ambiente.

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Como estas células están expuestas al exterior, enfrentándose a virus, bacterias y contaminantes, el organismo ha desarrollado un sistema de renovación que se activa cada 30 o 60 días, refiere la destacada bióloga ya citada.
Dicho hallazgo no solo es una curiosidad biológica, sino una vía de investigación prometedora para entender cómo regenerar otras partes del sistema nervioso central. La plasticidad del bulbo olfativo es tal que, incluso tras una pérdida total del sentido, existe la posibilidad de reentrenar al cerebro para que vuelva a interpretar las señales químicas.
Narices sofisticadas
La sofisticación de la nariz humana alcanza cotas asombrosas cuando se analiza la cantidad de aromas que puede distinguir.

Dentro de nuestra amplia paleta de aromas se encuentran todas las familias olfativas establecidas por la industria y la ciencia. Imagen: tomada de Facebook
Aunque durante mucho tiempo se repitió la cifra de diez mil olores, estudios más actuales sugieren que el espectro podría alcanzar el billón de matices diferentes. Tal paleta olfativa se debe a la combinación de unos 400 tipos de receptores distintos, una diversidad genética que supera con creces a la de la visión.
No fue sino hasta 2023 cuando un equipo de la Universidad de California en San Francisco logró, mediante criomicroscopía electrónica, obtener la primera imagen de alta resolución de un receptor olfativo humano (el OR51E2) interactuando con una molécula de olor.

Primera imagen de un receptor olfativo humano. Imagen: tomada de rcsb.org
Este hito, publicado en la revista Nature, permite entender por qué una pequeña variación en una molécula hace que algo pase de oler a queso a oler a pies sudados. Ya sea que nos invite a evocar rosas o gasolina, cada aroma comienza con moléculas de olor que flotan de manera libre y se adhieren a los receptores de la nariz. Una multitud de uniones de este tipo produce la percepción de los olores que toleramos, amamos u odiamos.
Además, cada individuo posee una firma olfativa única, conocida como "olfatotipo". De hecho, se ha observado que la elección de pareja podría estar influenciada, de forma inconsciente, por estas señales químicas que buscan la complementariedad genética para asegurar una descendencia con un sistema inmunológico más robusto.
Oler después de la pandemia
La anosmia o pérdida del olfato, que cobró un protagonismo inesperado durante la pandemia de coronavirus, ha puesto de manifiesto la importancia de este sentido en la calidad de vida.
No se trata solo de dejar de percibir fragancias; el olfato es responsable del 80% de lo que se percibe como sabor. Sin él, la comida se vuelve una textura insípida y el mundo pierde su relieve emocional.

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Investigaciones contenidas en sitios especializados indican que el olfato también actúa como un biomarcador temprano de enfermedades neurodegenerativas.
La pérdida de capacidad olfativa suele preceder en varios años a los síntomas motores del Parkinson o al deterioro cognitivo del Alzheimer, lo que convierte a la nariz también en una herramienta de diagnóstico precoz de incalculable valor.
Curiosamente, el olfato no es una facultad exclusiva de la nariz. Se ha descubierto que existen receptores olfativos en tejidos tan dispares como la piel, el corazón, los pulmones y el intestino.
Estos receptores no "huelen" en el sentido tradicional, sino actúan como sensores químicos que ayudan a las células a responder a su entorno.
Por ejemplo, comprobaron que ciertos receptores en la piel, al ser expuestos a moléculas de sándalo, aceleran la cicatrización de las heridas Es así que el mundo del olfato, entendido como un sistema de comunicación interna, todavía huele a novedades por descubrir.
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