Lacrónica: Un pez fuera del agua

Era un año difícil. La vida en el país se había tambaleado luego de una zafra inmensa, que llevó consigo mucho esfuerzo. En las calles de la ciudad se sentía ese peso, esa dejadez y, sobre todo, la escasez económica. Manolo había aprendido durante su juventud que en esas épocas en las cuales hay muy poco o nada había que —como decían los viejos— apechugar. Por eso, hizo el curso de electricidad por correspondencia y casi sin saber leer ni escribir, con la ayuda de su esposa, respondió todos los ejercicios y obtuvo su diploma. Él era un muchacho humilde, que tenía una sensibilidad natural. No entendía la música clásica, pero se quedaba embelesado con las piezas de Federico Chopin. Las oía en la radio e intentaba grabarlas en su memoria, para recordarlas luego, cuando estaba trabajando. Manolo vivió gran parte de su existencia en Caibarién, un pueblo de pescadores en el cual había abundancia de comercios, de negocios, y muchos marineros norteamericanos; pero siempre le tocó bailar con la más fea, o sea, que por sus orígenes no podía disfrutar las bondades de esa sociedad fuertemente estratificada. Lo mismo le pasó cuando, ya de adulto y casado, compró una pequeña propiedad en la vecina villa de Remedios, de donde era la familia de su esposa. Allí tendría dos hijas, fundaría un taller de electricidad y de carpintería; allí pasó lo que le quedaba en la faz de la Tierra.
Volviendo al año en cuestión, Manolo estaba empleado haciendo un encargo de cajas de cartón para cerveza. Debía hacer varias y dárselas a la fábrica. Cada pieza traía unas subdivisiones internas, como pequeñas cajuelas, en las cuales iban las botellas.
La zafra dejó escasez de materiales y de mano de obra. Sus hijas, ambas ya adolescentes, demandaban mayores niveles de recursos. Además, Manolo cada año hacía otras piezas para las parrandas: mecanismos giratorios, sostenes de madera, bambalinas, diseños de faroles con luces. Cada cuestión artesanal que había en la villa contaba con su mano maestra, con su dedicación. A él le gustaba siempre que su trabajo quedara casi perfecto. Sucedió que, debido a la falta de cartón, Manolo recibió los habituales encargos para las parrandas, pero se le otorgaron menos recursos. Apenas unos recortes de listones de una fábrica que había cerrado. Con esos restos no se podían hacer amplias piezas, ni torneadas estructuras. Todo debía ser pequeño, sencillo, de poco vuelo creativo. Eso le molestaba.
En su casa, situada en una de las salidas de la villa, se reunían varios parranderos de la época, todos por entonces muy jóvenes. Hasta allí iba Esteban Granda, quien ese año estaba haciendo la carroza del barrio opuesto, dedicada a la historia de Remedios. Cada día, el hombre con su voz de locutor engolada recitaba la leyenda que leería durante la salida de su obra. Manolo lo oía, dejaba que el desfile de palabras siguiera su curso, luego tomaba sus instrumentos de trabajo y seguía en su faena. Una vez, con la mente puesta en sus elucubraciones y mientras Esteban parloteaba, Manolo se dio un golpe accidentalmente con el martillo sobre un dedo. Enrojecido del dolor, todos pensaron que iba a decir una palabrota. Caminó hasta el refrigerador, llenó un vaso de agua y lo bebió lentamente. Todo en silencio. Desde ese día, pidió que no fueran a entretenerlo, porque debía estar concentrado; de lo contrario, pasaban esas cosas. Esteban se marchó con su leyenda para otra casa donde sí lo escucharan.
Aquella estructura estaba compuesta por unos paneles largos, sin diseño, que trajeron prefabricados de alguna parte de la provincia. Así iba a ser el trabajo de las parrandas para ese año. A Manolo le parecía horrible. Se le pedía que, con los listones y recortes, le diera alguna forma, pero eso era casi una quimera. No había metodología artística para inventarle una historia o una coherencia a aquello. Sin embargo, su familia dependía de ese pago de diciembre y, además, si fallaba, podían despedirlo y perdería esa entrada. Con los paneles que le dieron para el trabajo de plaza no había mucho que inventar. Entonces, en la logia donde solía hacer alianzas y relaciones laborales, un amigo le recordó algo que vieron una vez cuando iban de pesquería de adolescentes. El movimiento de un pez en el agua combinado con una incidencia oblicua del sol daba la impresión de que se trataba de una manada de peces. Era un efecto raro, una especie de ilusión óptica. Más de una persona se dejó embaucar y lanzó el anzuelo con la esperanza de sacar un montón de comida de las aguas.
Cuando volvió de la logia, cogió una cajuela, la colocó con luces, la movió en la oscuridad de su habitación y sintió que estaba descubriendo algo. Las figuras se transparentaban a lo largo de las puertas y las ventanas cerradas. La oscuridad tomaba la forma de peces, animales, aves. De pronto hubo cientos de maneras de proyectar y de modificar el ambiente. Corrió a la carpintería y trajo unos cristales de colores, entonces todo se tornó azul, rojo, amarillo, tonalidades del naranja…
Manolo lo vio fascinado. Este invento podía combinarse con las cajuelas y a partir de ahí generar pequeñas escenas. Era un instante crucial en la evolución del arte popular, algo que pocos imaginaron y que surgió del azar, de la necesidad de lo nuevo.
Las hijas de Manolo habían participado en la lucha contra Batista. Ambas estuvieron amenazadas de muerte y dejaron de ir a la escuela por meses. Fue la única vez que la familia no acudió a las parrandas. Antes de eso, la esposa y las dos niñas iban a ver los trabajos de plaza y las carrozas del artista. Este último, contradictoriamente, se quedaba el día de las parrandas en su casa. Le temía al fracaso, a la crítica, a no ser efectivo. Y aunque siempre ganaba, la inseguridad era una bestia negra que anidaba en su cabeza. Este nuevo invento lo puso aún más nervioso, así se lo dijo varias veces a sus ayudantes en la carpintería. En el dedo del martillazo, Manolo se amarró una cinta roja para la buena suerte e iba por todos lados con gesto ansioso, coordinando los detalles de esa apuesta por la luz y el movimiento.
Eran tiempos en los cuales se guardaba el secreto de las parrandas. Nadie podía contar las ideas de Manolo. Eso sería un pecado imperdonable, digno de la excomunión total. De alguna manera, no obstante, el efecto misterioso se fue filtrando. No del todo, claro. Se hablaba de figuras en el aire llenas de luces. Se murmuró acerca de rayos que destellan en medio de la noche y que trazarían caminos para ángeles. Alguien dijo que la brujería estaba detrás de todo eso y que sería peligroso acudir al encendido de las piezas. Manolo —enterado de las divagaciones de la gente— prefirió dejar que todos los chismes siguieran. Con un gesto cuidadoso, con el pañuelo rojo en su dedo dañado, el hombre iba pieza a pieza, trazando la maravilla que se habría de ver y que llenaría el contenido de tantas y tantas charlas.
Cuando comenzaron a armar los enormes paneles en el parque, lo primero que el pueblo vio fueron unos pilares que sostenían un recipiente de agua. Ahí dentro, vertieron peces reales y colocaron unos chorros potentes que por ambos lados surtían la fuente desde las conexiones con el acueducto. El mecanismo se probó en el silencio de la madrugada. Aun así, hubo personas que a hurtadillas no durmieron y miraron detrás de los postigos o asomadas en las esquinas. Poco a poco, todos vieron que se trataba de una pecera gigante. Podías acercarte, echarte agua en la cabeza y tocar los peces. Eran carpas de un color rojo intenso con irisaciones doradas. Una mujer entrada en edad, de carnes grasas, traía un paquete de comida todas las tardes y se la lanzaba a las carpas, que hacían una bulla como eléctrica en la superficie. Los muchachos miraban ese instante como una premonición. Nunca antes se vio algo como eso, era la novedad.

Alguien habló de que quizás en la próxima parranda se usaran delfines reales en un recipiente mayor y, claro, con agua de mar. Sin embargo, la pecera era algo fea en su factura, tosca, como un tazón del desayuno. No había una belleza decorativa como tal. Los bordes estaban revestidos por unas planchas con bombillas. Allí, detrás de unos enormes lienzos, las cajuelas guardaban el secreto del movimiento.
Manolo había estado en esa semana un poco enfermo. Probando el agua de la pecera, adquirió un resfriado que le causó fiebre relativamente alta. Mientras el pueblo se preparaba para ver la obra maestra, el artista prefirió su casa, el descanso y ocultarse de las probables visiones críticas. En Remedios, cuando se realizaban fiestas, la lluvia había sido siempre una constante. Esa no fue la excepción. Aluviones de agua cayeron sobre las piezas del trabajo de plaza en el parque, creando entre las carpas mucha más agitación. Uno de los peces llegó a saltar hacia la calle y lo devolvieron antes de que muriera. El centro de atención estaba situado en ese novedoso proyecto, cuya hechura por parte de Manolo le añadía mayor misterio. Solo él sabía qué efecto se iba a lograr, ni siquiera los artesanos, ayudantes, estaban claros.
Entretanto, Manolo, cuando cerraba los ojos antes de dormir, recreaba en su mente el encendido de las piezas, las figuras, la bulla. No necesitaba estar el 24 de diciembre por la noche en el parque. La obra estaba dentro de él. Por ello, dio la orden de poner las cajuelas, las entregó con las medidas exactas, con las bombillas dentro. También instruyó a su ayudante de electricidad sobre la manera en que debía encender mediante el juego de luces y combinaciones cada panel. Todo estaba listo. Él, en estado de agotamiento, dejó claro que tampoco iría ese año a ver su obra. Sus hijas y esposa se vistieron en la tarde y, al salir, dejaron a Manolo solo en su habitación oyendo piezas de Chopin. Ellas sí iban a estar presentes en el momento cumbre.
Manolo soñó esa noche con la última vez que él y su padre fueron de pesca. Las aguas en el muelle estaban tranquilas y nada hacía pensar que una tormenta estaba cerca. Tomaron el bote hasta cayo Las Brujas, donde vivía una tía materna, allí, en el canalizo, fueron capturando algunas piezas de mediano tamaño. Peces que pesaban bastante y que servían para vender y el consumo de la propia familia. Al regreso, la lluvia arreció, la línea del mar se tornaba borrosa. Las nubes oscuras se acercaron como para beberse esa porción de realidad que le permite al pescador una navegación segura. Se hallaban en medio de un torrente de miedo, viento y violencia. Los peces cayeron al mar, retornaban así a su guarida producto del movimiento del bote. Ellos apenas se agarraban de los lados para no correr igual suerte. En el sueño, una última imagen se quedó flotando, la de un pez que se moría fuera del agua, saltando sobre los tablones de la cubierta. A veces, cuando se duerme, se reciben los mensajes más perfectos mediante las ilusiones más imperfectas.
El silencio de la noche lo trajo de vuelta a la habitación. Nada se escuchaba, ni siquiera los fuegos artificiales, ni los tambores que a esa hora sonarían en el parque, ni las expresiones de sorpresa y asombro de la gente viendo su obra. Tomó un vaso de agua fría, se ajustó la cinta roja del dedo dañado y volvió a dormir.
A la mañana siguiente, las personas iban a su casa y le llevaban regalos. Una mujer desconocida le trajo un jarrón lleno de flores de girasol. Los carros pasaban por la esquina pitando en señal de saludo. El alcalde llegó a las tres de la tarde con la banda municipal para tocarle una retreta. Su esposa e hijas estaban aún para el pueblo, pues se habían quedado a dormir en la casa de unos familiares. Manolo, en la soledad de su sorpresa ante el éxito del trabajo, solo quería saber cómo había estado todo. Curiosamente, cada persona vio una figura diferente a la hora del encendido en el parque. Unos decían, en efecto, que eran peces. Otros hablaban de nubes, estrellas, planetas. Hubo unos que refirieron sueños y aspiraciones. Vieron rostros y formas conocidas como parientes fallecidos o amigos que ya no están. Poderosos focos de luces proyectaban las figuras de las cajuelas en el agua y en los paneles generando una doble ilusión de movimiento. Tanto en la pecera como en las fachadas de los edificios aledaños aparecían esas escenas extrañas y luminosas.
Manolo no lo podía creer. Él había hecho un trabajo de plaza novedoso, no algo que se conectara con las almas hasta ese nivel de misticismo. Los comentarios le siguieron llegando a lo largo de la tarde. Un conocido santero del pueblo pasó sobre las cuatro y le dijo que no se preocupara, que esas cosas podían suceder, que los peces son un vehículo para otras dimensiones. Tuvieron esa conversación en la tranquilidad de la carpintería entre sierras y virutas de madera. Al salir, el santero le pidió que no se quitara la cinta roja del dedo, que eso era un signo de su fe.
Esa noche encenderían de nuevo los trabajos y las carrozas en el parque. Era tradición que se mantuvieran en exhibición hasta una semana después de las parrandas.
Fue la única vez que Manolo sintió el impulso de vestirse, ir a ver, oír las interpretaciones de la gente, incluso sus críticas. Solo caminó hasta la esquina, casi llegando al parque y ahí se detuvo. Grupos de personas pasaban de regreso e iban comentando. Unos vieron un ave enorme levantar el vuelo mediante un juego de luces. Para otros, se trataba de un tiburón que se comía a los peces pequeños. Un señor pasó hablando de que claramente era un bote con dos pescadores en medio de la tormenta. Manolo no tuvo valor de seguir avanzando, cada historia que escuchaba sobre su propia obra le pareció fascinante. Retrocedió, hizo el camino de retorno a casa y volvió a la cama.
La pecera pasó a la historia como una de las obras mayores en las parrandas. Se hicieron reproducciones a escala de maqueta para exhibirlas en museos y en debates culturales, se escribieron reseñas en la prensa. En el imaginario popular se le recuerda de diversas maneras, todas brillantes, llenas de interpretaciones fabulosas.

Años después, un anciano Manolo les explicó a sus hijas por qué esa noche tampoco tuvo el valor de acudir al parque para ver sus obras. «Es que el sueño era más perfecto que lo que yo hice», dijo. La frase se perdió en otras tantas conversaciones familiares y debates. Esteban Granda fue muchas veces más al taller para recitar leyendas. Todo envejeció, se hizo inoperante. Las fotos de la pecera se volvieron borrosas, les aparecieron unas manchas de hongo. Algunas de estas imágenes fueron comidas por las polillas. Una de las hijas de Manolo, una mujer de casi 90 años, sigue viva y a veces cuenta estas cosas. Dice, además, que cuando se detiene delante del taller de su papá, aún puede recordar el día en que se dio un golpe en el dedo, se amarró una cinta roja y creyó en sí mismo, simplemente creyó, hasta realizar una obra que cada uno interpretaba a su manera. La música de Chopin a veces suena con suavidad en la casa, que ya no tiene olor a parrandas, ni el bullicio de antaño.
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