Geopolítica: La paz inexistente

La paz en el Medio Oriente se ha convertido en una narrativa. Ha dejado de ser una posibilidad real para pasar al plano de lo ficticio, de lo verosímil.
Imagen
El vicepresidente Vance asegura que Teherán no ha aceptado las “líneas rojas” de la Casa Blanca

El vicepresidente Vance asegura que Teherán no ha aceptado las “líneas rojas” de la Casa Blanca

Fuente:
CubaSí

¿Cuántas veces Trump ha anunciado que ganó la guerra?, ¿cuántas dijo que el Estrecho de Ormuz estaba abierto? Nada de eso, no obstante, ha tenido un basamento tangible más allá de los comunicados, de la conmoción en los titulares y del movimiento generado por la prensa que factura con cada mensaje en redes. La paz, en estos momentos, es un ejercicio retórico imposible de alcanzar debido a que la agresión a Irán ha trastocado el equilibrio frágil que existía y las partes se ven de forma excluyente. Tanto Tel Aviv como Teherán saben que son enemigos existenciales y que cualquier gesto desencadenaría, en caso de un momentáneo alto en las hostilidades, un nuevo choque.

Lo que nunca se debió haber hecho ya está delante de nuestros ojos: la agresión norteamericana e israelí. Eso no tiene retorno. La segunda parte de esta cadena geopolítica —la que pudiera llevarnos al abismo— es la intervención de grandes potencias. Es esa la secuencia y no la que Estados Unidos nos ha hecho ver a través del manejo de la narrativa. No estamos en tiempos de la invasión a Irak del 2002, Occidente no se halla en la cúspide de su proyecto globalista, sino en el declive. Y eso se ve incluso en el hecho de que pareciera que Israel ha arrastrado a Estados Unidos a la confrontación y que, a pesar de la oposición interna, la élite de poder norteamericana funciona como un núcleo secuestrado por visiones fundamentalistas, absurdas e irracionales de la política en Tel Aviv. El uso de Irán como ese gran otro a derribar pudiera ser un polvorín mayor, uno que conduzca a la entrada de Rusia en cualquier otro escenario. Solo hay que ver si, en el próximo atrevimiento occidental, queda en entredicho la seguridad de Moscú. De ser así, la vida, la existencia de la especie, estarán francamente comprometidas.

Quizás lo que se necesitaba para que el mundo esté en este punto era un jefe de Estado como Trump. Los demócratas, si bien llevaron la confrontación con Rusia muy lejos, habían evitado guerras proxys en las cuales se viera implicado su país de forma directa. Hasta ese momento la táctica era: guerra simbólica y cognitiva, presión internacional y aislamiento, revueltas de colores, uso de terceros países como escenarios así como de actores armados indirectos. En ese medio, la guerra de cuarta generación buscaba el desgaste del enemigo y eventualmente negociaciones que lo debilitaran. No su desaparición. Y es que Estados Unidos está consciente de que la era de su poder militar incontestable terminó y ello se evidencia en Irán. No es que no posea poder, sino que la doctrina que le daba superioridad ha sido superada por otras doctrinas. Esa estructura en la cual el ejército estaba en cada uno de los océanos del planeta con una flota de portaaviones y otros barcos que permitían poder aéreo y de desembarco inmediato ha sido cuestionada por la tenencia de misiles hipersónicos capaces de transformar todo eso en chatarra o al menos sacarlo de combate. Y hay que tener en cuenta un factor esencial: el costo de la guerra. Mientras que para Irán basar su contraofensiva en cohetes es relativamente barato, para Estados Unidos la ofensiva será siempre más cara en términos de economía y líneas de abastecimiento. Es el esquema de la guerra llevado a las condiciones asimétricas e híbridas de hoy.

Todo ello transforma la paz, como ya se dijo, en una retórica vacía. Ni Irán va a ceder su arma geoestratégica del Estrecho de Ormuz, ni Estados Unidos pareciera dispuesto a abandonar el proyecto del Gran Israel que sostiene la élite de Tel Aviv y que es una quimera salida de las ideas fundamentalistas más rancias. El choque es mutuamente excluyente y no solo es peligroso para la región, sino para la existencia de la humanidad. Hay otro elemento que quizás esté jugando un papel decisivo en esto: las elecciones de noviembre en los Estados Unidos. No es que Washington vaya a dejar de apoyar a Tel Aviv si los demócratas ganan las cámaras, sino que en la reevaluación de la política del presidente, muchas movidas externas quedarán en stand by pues el poder ejecutivo pasará a lo que en política norteamericana se suele llamar “un pato cojo” o sea un presidente que carece de la posibilidad de legislar. Israel sabe esto y por ende necesita actuar rápido, comprometer, empantanar a Occidente, detener toda posibilidad de negociación y por ahí va en buena medida la imposibilidad de que la paz llegue. Todo fin de las hostilidades no solo es una quimera, sino que cualquier victoria tanto de un lado como de otro resulta cuestionable en términos finales.

Irán, en tanto, ha obtenido una victoria táctica, no definitiva, pero al menos si demostrativa: para Estados Unidos es virtualmente imposible entrar con tropas terrestres sin que eso sea un desastre de proporciones existenciales. No ver esto sería estar ciego, no evaluarlo como parte de una realidad nos coloca en el plano de las narrativas y de la ficción. Teherán no tuvo nunca una ambición externa a la región, sino actuar como un sujeto de poder que equilibrara a Israel. Y eso se ha logrado, con costos, pero en definitiva está ahí de manera tangible. ¿Cayó Estados Unidos en una trampa de las grandes potencias al agredir a Irán? La hipótesis gana fuerza si analizamos que Rusia logró un objetivo trascendente: el levantamiento de las sanciones a su petróleo. No es Trump quien sale con una imagen de fuerza en todo esto, al contrario. Y eso lo saben los demócratas quienes están capitalizando los errores en política internacional como pivote para las elecciones. Siempre para evaluar el resultado de una guerra hay que ir a quienes quedan como actores de fuerza y quienes no. Con independencia del número de bajas, de los activos militares desactivados o de los objetivos tácticos alcanzados. Aquí, claramente, la potencia anglosajona fracasó de manera multidimensional. No solo no desactivó a Irán, sino que perdió el Estrecho de Ormuz y debió levantar sanciones a adversarios globales. Para no hablar de que la alianza de naciones occidentales, que es el núcleo del orden internacional salido de la segunda guerra mundial, quedó dañada por la actuación de Estados Unidos. Ninguna de las potencias europeas con capacidad bélica decidió meterse en un conflicto en el cual el costo era alto y el beneficio nulo. Apenas apoyo logístico, de inteligencia y la prestación de bases para reposteo aéreo.

La historia decidirá si Irán fue la gran guerra proxy que el mundo en ascenso de Rusia y China hizo valer contra Estados Unidos. Es especulación pura, pero a juzgar por los resultados, la operación no pareciera descabellada. No es que Moscú y Beijing apoyen ninguna confrontación, sino que la saben inevitable como parte de la lógica de un imperio en descenso como lo es Estados Unidos. Y siempre, en la historia, las grandes guerras vienen precedidas por choques regionales de mediana intensidad. ¿Es Irán la antesala de una guerra global? Este criterio confrontacional de Occidente no va a terminar con la salida de Trump del poder. Si los analistas sostienen esto no están haciendo un razonable examen de la estructura de poder del mundo. El pacto social de las Naciones Unidas está roto, porque las potencias vencedoras de la segunda guerra mundial sienten que ya no responde a sus intereses. Occidente cree que ya no es suficiente y que la fuerza deberá volver como criterio de la verdad. Rusia y China están conscientes de que los avances en lo económico no serán tolerados por Estados Unidos como pivote para su reemplazo como primera potencia.

Así empezó todo hace ya tiempo, con una Sociedad de Naciones que resultó inoperante para impedir la invasión italiana a Abisinia, la anexión de los sudetes checos, la remilitarización de la Renania y, por último, la agresión a Polonia en 1939. Dicha Sociedad debió ser disuelta y dar paso a un nuevo pacto. 
 

Añadir nuevo comentario

Texto sin formato

  • No se permiten etiquetas HTML.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de correos electrónicos y páginas web se convierten en enlaces automáticamente.