EE.UU: Egoísmo al por mayor

Y es que el culto al egoísmo está matando a un Estados Unidos donde Donald Trump ha hecho que la derecha que representa hace del comportamiento irresponsable un principio clave.
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Personas viviendo en las calles de EEUU

La desigualdad en EE. UU. registra su nivel más alto desde 1976. Foto Al Mayadeen Español

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CubaSí

Quizás usted acaba de ver en su celular, entre tantas historias que se cuentan, la de la joven cubanita que prefirió abandonar el ponderado Estado del Sol floridano y regresar a la oscurecida y amenazada Patria, porque le era imposible soportar tanto egoísmo en una sociedad que así se ahoga.

Pero no sólo es en la soleada Florida, sino en toda una nación en la que sus despiadados gobernantes tratan de imponerse al resto del mundo.

Y es que el culto al egoísmo está matando a un Estados Unidos donde Donald Trump ha hecho que la derecha que representa hace del comportamiento irresponsable un principio clave.

A pesar de las condenas legales y éticas que lo rodean, Trump se desempeña en un contexto que valora la notoriedad sobre la ética y el beneficio económico sobre el bienestar común.

No sólo es un presidente controvertido, sino también un símbolo de la manipulación de masas. A lo largo de su carrera, ha difundido insultos, bulos, odio, y divisiones, incluso orquestando un ataque al Capitolio, en lo que fue, en esencia, una pataleta política que resultó en una de las violaciones más flagrantes de la denominada democracia representativa moderna. Las declaraciones del presidente sobre temas como la migración, donde incluso llegó a afirmar que los migrantes “se comían a sus propias mascotas” ejemplifican cómo el miedo y los prejuicios se utilizan para avivar las emociones del público, alejándose del respeto y la empatía.

La actual política agresiva de Trump, sin respetar los derechos de naciones más pequeñas que están siendo masacradas; su comportamiento tremendamente autodestructivo y el de sus aliados, que también le temen, tiene una explicación más profunda: todos le rinden culto al egoísmo de Estados Unidos.

Y es que la derecha moderna estadounidense está comprometida con la propuesta de que la avaricia es buena, de que todos estamos mejor cuando los individuos se comprometen en la búsqueda irrestricta del interés propio. En su opinión, la maximización sin restricciones de las ganancias por las empresas y la elección no regulada de los consumidores es la receta para una buena sociedad.

Desde hace tiempo llama la atención la intensidad de la ira de la derecha contra regulaciones relativamente triviales, como las prohibiciones de fosfatos en detergentes y otras normas de eficiencia, porque le molesta cualquier sugerencia de que sus acciones deben tener en cuenta el bienestar de los demás.

Este enojo se hace pasar por amor a la libertad. Sin embargo, a esos que insisten en el derecho a contaminar parece no molestarles en particular, por ejemplo, que los agentes federales arrojen gases lacrimógenos a manifestantes pacíficos. Lo que llaman “libertad” en realidad es ausencia de responsabilidad.

Llevaría tomos explicar el culto a las armas y las ganancias que esa libertad de adquirirlas y utilizarlas sacuden al propio Estados Unidos -como el asesinato este domingo de ocho niños en Luisiana-; por qué más de millón y medio de norteamericanos perecieron por la intencionadamente descuidada por Trump en su primer mandato  de la epidemia de COVID-19.

Sin mencionar las agresiones genocidas, el enojo ante cualquier sugerencia de responsabilidad social también ayuda a explicar la inminente catástrofe fiscal. Es sorprendente cuánto se opone esa derecha trumpista al aumento provisional de las prestaciones por desempleo; algunos han declarado que sería sobre sus cadáveres, sin explicar el por qué de tanto odio.

No es porque las prestaciones estén haciendo a los trabajadores menos dispuestos a aceptar trabajos. No hay evidencia de que esto esté sucediendo, es solo algo que los reaccionarios  quieren creer. Y, en cualquier caso, los argumentos económicos no pueden explicar la ira.

De nuevo, es el principio. Ayudar a los desempleados, incluso si su desempleo no es culpa suya, es una admisión tácita de que los estadounidenses afortunados deben ayudar a sus conciudadanos menos afortunados. Y esa es una admisión que la derecha no quiere hacer.

En fin, con Trump se ha sacralizado el egoísmo, dañando sus propias perspectivas políticas con la insistencia en el derecho a actuar de manera egoísta incluso cuando es en detrimento de los demás.

Para el Estados Unidos de Trump, como también se puede aplicar en otras etapas capitalistas, así como en los regímenes que ahora siguen ciegamente al multimillonario presidente, la inteligencia, la ética y la moral desaparecieron de la escena política y empresarial. Los individuos que ocupan los cargos de poder no representan ideales de liderazgo, sino una cultura que glorifica la riqueza y la fama a expensas de la humanidad y la decencia.

Se olvida que la grandeza de una nación no se rinde por el poder o la fortuna de sus líderes, sino por su capacidad de promover el bienestar común. Solo mediante un liderazgo comprometido con la justicia, la equidad y el respeto a todos los ciudadanos se podrá construir una sociedad verdaderamente digna y justa.