VIVIR: La necesidad del descanso

El sueño de la razón produce monstruos (1799, fragmento). Aguafuerte del pintor español Francisco de Goya, perteneciente a la serie de Los caprichos.
La sucesión de peripecias diarias termina por alcanzar el sueño. Lo marca. Lo tensa. Lo fragmenta. Es como si la jornada no acabara nunca y se instalara, espesa y persistente, en la almohada. Hay que aprender a descansar.
El exceso de trabajo y la presión sostenida no suelen evaporarse cuando apagamos la luz. El cuerpo se acuesta, pero la mente continúa procesando pendientes, conflictos y preocupaciones.
En esas circunstancias, el descanso se vuelve más superficial y la fase en que soñamos puede intensificarse y fragmentarse. De ahí la proliferación de sueños vívidos, tensos, a veces abiertamente angustiosos: el sistema nervioso intenta gestionar lo que no tuvo espacio para resolverse durante el día.
Frente a ese panorama conviene introducir pequeñas modificaciones en la rutina. Bajar el ritmo antes de dormir, establecer horarios estables y evitar llevar asuntos laborales a la cama —aunque sea en forma de pensamientos reiterados— pueden marcar una diferencia notable.
Es útil escribir lo que preocupa para sacarlo de la cabeza, practicar respiraciones lentas o dedicar unos minutos a una lectura serena. Son señales claras para el cuerpo: la jornada ha terminado.
Preservar espacios de descanso no es un lujo, es una necesidad. Sin ellos, se resiente el trabajo y se agrieta la vida interior. Aprender a cerrar el día es también aprender a cuidar la salud mental.
Hay un gesto sencillo y decisivo: apartar el celular antes de dormir, para que la noche vuelva a ser reposo y no la prolongación luminosa del ruido cotidiano.
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