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Lacrónica: El sueño de Tony La Mosca

El tornado dio media vuelta, pasando por delante de la Iglesia Mayor y empujando la estructura desde todos sus ángulos. Una sombra bajó y tocó el suelo de la calle, haciendo que varias beatas católicas que estaban detenidas en el atrio se santiguaran.
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Tornado
Fuente:
CubaSí

Tony dibujaba en los recreos de la escuela, sus fantasías eran inmensas moles con luces y formas extrañas, abstractas. Él los llamaba trabajos de plaza, los demás les decían musarañas. A veces una estrella era la protagonista, pero de cada una de sus puntas los rayos de colores formaban un entramado de pequeños arabescos que parecían avecillas a punto de levantar el vuelo. Un reloj se iba deformando hasta tomar la apariencia de un gigante que después se tornaba otra cosa sin nombre con forma de garabato. Las luces caían a lo largo de la hoja de papel, eran una lluvia de colores. Trazaba las bombillas con tanta precisión que parecían enjambres de insectos, por eso le pusieron un apodo, uno que resonaba contra las paredes de aquel colegio con olor a antiguo en la ciudad de Remedios, donde una vez al año todo se detenía para celebrar una extraña fiesta llena de bulla, pólvora y locura. Le comenzaron a decir Tony La Mosca.

En realidad eso no le importó mucho. Una vez incluso el profesor de matemáticas, al leer la nota del curso, lo llamó por el apodo. Su verdadero nombre se fue diluyendo aún más cuando presentó los primeros diseños de sus trabajos de plaza a los directivos de los dos barrios que llevaban adelante aquellas fiestas locas. Resulta que se competía en carrozas, trabajos y fuegos artificiales. Ganaba el más osado, el que más ruido hiciera, el que colocara la pieza más alta en el centro de la plaza. Los trabajos eran moles de cartón, tela, cables, madera que buscaban la originalidad a toda costa. Su doble función de rompecabezas y de maravilla de la ingeniería les otorgaban el protagonismo. Además, contaban con piezas giratorias y descubrimientos: a una hora determinada, un mecanismo movía algo dentro de la mole y aparecía una sorpresa. Los diseños de Tony eran los más hermosos, parecían postales, pero eran irrealizables. Él simplemente soñaba. ¿Cómo se iban a sostener esas piezas? Una estrella quedaba suspendida de la nada a 50 pies de altura y enviaba rayos a toda la plaza, un obelisco comenzaba a ascender entre dos pirámides, pero no estaba sujeto a nada que lo sostuviera, la figura de un hombre se movía por dentro de uno de los trabajos que poseía unas escaleras flotantes a las cuales Tony les dibujó nubes de gas helio. Cada fantasía era más bella, disparatada y poco coherente. Uno tras otro, sus proyectos fueron descartados por los carpinteros, quienes eran los que decidían en función del realismo y no de los sueños. “Este trabajo no tiene pensado el sistema de cargas”, le decían y echaban a un lado los papeles como si fueran desechos.

Luego de esos fracasos, Tony La Mosca dejó de dibujar por un tiempo, estudió una carrera no relacionada con el arte, tuvo empleos en un taller de refrigeración, en un centro de reparación de televisores y radios, practicó la meditación y la pesca como pasatiempos y, solo de vez en cuando, visitaba a su amigo Roberto quien era uno de los realizadores más exitosos en las parrandas. Las horas en casa de su amigo se iban raudas, entre anécdotas de cómo eran las carrozas antes, cuando todo se hacía toscamente. En las paredes de la vivienda de Roberto había colecciones de fotos de parrandas de antaño, también allí se contaba con una de las mejores bibliotecas de arte jamás vistas en esa porción alejada del centro del país. Uno de esos volúmenes traía unos grabados antiguos que recreaban los Jardines Colgantes de Babilonia, una joya de la desaparecida civilización. Los balcones eran inmensas macetas llenas de plantas ornamentales, de una pirámide en lo más alto se desprendían juegos de flores que se iban mezclando con cascadas y construcciones menores. El resultado final de aquello era un mundo de ensueño, irreal, disparatado, irrealizable.

Aquella noche, en medio de un largo apagón y alumbrado con una vela, Tony comenzó a dibujar su trabajo de plaza. Las flores estaban puestas con la misma ilógica que en el grabado, las columnas de los palacios babilónicos parecían estar flotando entre las aguas de las cascadas, las luces surgían de forma sorpresiva y hasta incoherente. Sin embargo, todo se veía hermoso, surreal, lleno de una atmósfera imaginativa. “Es imposible, esto tampoco se sostiene, ¿por dónde bajan las cargas en este diseño?”, dijo una vez más el carpintero en la sala de presentación del barrio El Carmen. Sin embargo, un silencio se adueñó de los demás. Todos estaban extasiados con la belleza del dibujo. No hubo mensajes negativos, ni de desaprobación, ni burla como otras veces. La hermosura de los trazos sobre el papel había tenido un efecto narcotizante. Cortina, el presidente, se detuvo delante de Tony, le puso una mano en el hombro y soltó una sentencia que dejó perplejos a los demás: “No sé si esto pueda realizarse, pero si lo hacemos, el triunfo será indiscutible. Este barrio siempre ha asumido retos”. Luego, mirando hacia el carpintero, le extendió el proyecto y le impuso el reto de hacer un trabajo de plaza en el cual no estaba claro por dónde bajaban las cargas de los inmensos balconajes, las flores gigantescas y los mecanismos giratorios.

Al inicio era solo un enemigo rumor, luego fue creciendo. El ruido se adueñó de las calles y de los patios, cayó con contundencia encima de los tejados y fue rodando de boca en boca hasta crear todo un universo de chismes. Se decía que Tony estaba embarcando al barrio en una aventura que no iba a resultar, que era un proyecto loco, sin ninguna posibilidad ni asidero con la razón. El carpintero, sin embargo, se mantuvo callado, a pesar de que muchos lo llamaban para que se sumara a los debates en las esquinas de la villa. “Estás loco, ¿cómo aceptaste hacer eso?, ¿y si hay un accidente?” le dijeron tantas veces. Pero aquello tocaba su orgullo: era el carpintero estrella de las parrandas, el hombre que lo había hecho todo o casi todo. Su fama se extendía por valles y montañas de la región central y además era uno de tantos en una larga cadena familiar de hombres que se dedicaron a ese oficio. Ahora no pondría eso en peligro, la larga dinastía de los Marrero no iba a irse a pique.

En la nave de trabajo, las polémicas eran habituales. Tony decidió pintar las piezas con colores diferentes, de manera que no solo la estructura resultase original, sino el nivel de cromatismo. Un telón malva partía desde el centro del trabajo de plaza y bajaba hasta la bambalina de la porción inferior con muchas flores. La cascada, mezcla de bombillas y de agua que salía de unas mangueras, poseía unos finos arreglos en hojalata. Poderosos focos de luces azules y blancas fuero colocados en la base de la estructura para que alumbraran hacia el cielo, generando una atmósfera de mito, sublime. Una mañana, comenzaron a armar aquella mole. Las flores que estaban prácticamente en el aire se sostenían con precarios extensores de madera que fueron colocados por el carpintero y eran casi invisibles. Las personas se congregaban en torno a aquello como si fuera una maravilla, porque de hecho nunca se vio una estructura tan original. El milagro iba ascendiendo poco a poco y el murmullo de contrariedad de los meses anteriores mutó hacia el orgullo y la gloria. Tony recibía visitas en su casa solo para felicitarlo. El carpintero fue ovacionado cuando se colocó la cúpula del trabajo de plaza, una margarita de doce pies de alto. En la plaza no se hablaba de otra cosa. Los amigos brindaban en los bares por la nueva proeza. Entonces, a lo lejos, pudo verse una nube negra, más negra de lo habitual y una gitana de las tantas que pasaban por Remedios en tiempos de fiestas dijo que quizás a la naturaleza no le agradaba que desafiaran sus leyes con estructuras tan atrevidas. Ese dicho se transformó en rumor y el rumor en mito y el mito se fue diluyendo hasta que las personas se burlaron de la gitana y de todo el que creyera en ella.  

Tony, en tanto, fue invitado a la televisión que ese año hizo una de sus primeras trasmisiones en vivo desde las parrandas. Enfrente del trabajo de plaza y con una llovizna que por momentos arreciaba, el artista le dio al camarógrafo sus impresiones sobre la obra que había hecho ese año. Recordó la impronta de Roberto, hizo alusión a la genialidad del carpintero y volvió a alabar a la directiva del barrio que confió en él para realizar su sueño. “¿Y qué cree usted de la naturaleza?”, le preguntó el periodista señalando hacia las nubes en el cielo. “Bueno, ya vencimos a la fuerza de gravedad, ¿qué más da una lluvia cualquiera?”, dijo Tony en tono burlón.

Cuando los barrios de Remedios comienzan a construir sus obras en la plaza, todo se detiene en la ciudad. Es como si el mundo aguantara la respiración. Tony había dejado de ser La Mosca, ahora lo llamaban maestro. En el último instante, cuando la cúpula del trabajo de plaza fue colocada, casi la totalidad de los habitantes de la villa sintió una profunda felicidad interna. Podían faltar la comida, el agua, incluso, haber apagones y situaciones fuertes desde muchos puntos de vista, pero si había parrandas y arte popular la gente celebraba y de esa manera las penas se iban aminorando. Las personas pasaban silbando y dando vivas en bicicletas por delante de la mole de madera que simulaba un jardín majestuoso. Los niños en las escuelas no atendían a clase pues solo tenían en sus mentes la expectativa de ver alumbrado el trabajo de plaza. Las carretas que llevaban las piezas de las carrozas y otros implementos de los barrios desde las naves hasta el centro del pueblo iban sonando las sirenas y en ese instante amas de casa, estudiantes, hombres que estaban trabajando soltaban todo y salían a las calles para sumarse a las partidas de músicos que tocaban bandurrias, tambores y cencerros.
 

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Tornado 2


Las nubes que estaban en la curva del central Reforma se fueron moviendo con lentitud y sumieron a la ciudad en una atmósfera húmeda y gris hacia las cuatro de la tarde del 24 de diciembre. Una figura de una mujer con varias mantas y llena de collares pasó por delante del trabajo de plaza de Tony y desapareció en el atrio de la Iglesia Mayor como si fuera una maldición o espectro. Pocos la vieron y quienes la vieron se convencieron a sí mismos de que había sido una autosugestión y lo olvidaron. Era demasiada la felicidad, era muy grande el orgullo de Remedios y sus habitantes porque se había hecho un trabajo de plaza con piezas “en el aire”.
 

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Tornado 3


El agua comenzó a caer sobre la Puerta de Hierro que se sitúa en las afueras de la ciudad. Oleadas de tormenta formaron capas con vientos huracanados que volteaban las tejas y las lanzaron más allá de las tapias de los patios. Un empujón surgió de los platanales de Tello en ejido del sur y tomó fuerza a través de la calle Nazareno, era una fuerza sobrehumana como de millones de brazos que con crueldad derribaban paredes y árboles. El cielo se tonó negro cuando ese empujón golpeó la espalda del trabajo de plaza y lo hizo tambalear. Tony, parado debajo de uno de los portales, vio cómo la primera de las grandes margaritas de la cúpula se desprendió y cayó al suelo haciéndose pedazos. Acto seguido, todos oyeron cómo los tendones de la obra, hechos con madera clavada con meticulosidad, se partían y las grandes piezas que parecían en el aire se deshicieron en escombros creando un gran estruendo. El tornado dio media vuelta, pasando por delante de la Iglesia Mayor y empujando la estructura desde todos sus ángulos. Una sombra bajó y tocó el suelo de la calle, haciendo que varias beatas católicas que estaban detenidas en el atrio se santiguaran. Era el cuerpo del fenómeno meteorológico que estaba bien definido como un cono de mediano tamaño lleno de viento oscuro, trozos de viviendas, pedazos de palo, yerbas…El Carmen había colocado la bandera del barrio en la cima del trabajo de plaza en señal de victoria, pero el tornado se la llevó más allá de los techos y la lanzó a las zanjas que rodean la villa. El sueño se desvaneció en segundos, la ciudad había observado cómo algo que parecía un milagro desapareció tornándose una pesadilla de miedo y confusión.

Los días siguientes los restos del trabajo de plaza siguieron allí tirados. El silencio en torno a lo que sucedió era elocuente. La leyenda de la gitana que maldice fue reflotada por los más crédulos. Al fin y al cabo, siempre que la ciudad estaba de fiesta aparecía la lluvia, pero no de esta manera. El carpintero recogió algunos listones de madera que aún podían servir y se los llevó en silencio. Tony, entretanto, había perdido el habla. Por mucho que su familia le hablaba, solo se sentó durante largas jornadas en el portal de su casa para mirar hacia el horizonte con los ojos perdidos. Cuentan que, al cabo, volvió a hablar y a hacer comentarios sobre parrandas, pero evitaba tocar el tema de aquel trabajo de plaza. Se hizo muy estudioso de las leyes de la naturaleza y se le oía hablar con respeto de ello. Al cabo de los años, retornó con diseños e ideas, pero lo primero era siempre medir las cargas de las piezas y tener en cuenta la opinión del carpintero. Los otros trabajos de plaza que realizó eran más comunes, convencionales, no marcaron tanto la inventiva y la imaginación del pueblo, pero funcionaron. 
Cuentan que a veces, en la noche, Tony despertaba y corría a hasta la ventana de su casa asustado. 

Entonces miraba hacia la plaza, reviviendo aquel episodio. El carpintero, mientras, siguió trabajando en las naves, pero se obsesionó con los partes meteorológicos y siempre que había amenaza de lluvia se le notaba nervioso. La gente fue olvidando el incidente, otras gitanas pasaron por la villa y dieron predicciones. Algunas se cumplieron y tras no, pero nadie se atrevió jamás a desafiarlas.

 

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