Contracrítica: Consideraciones sobre el tiempo

Hace muchos años pasé el curso de técnicas narrativas que ofrece en La Habana el Centro Onelio Jorge Cardoso. El aprendizaje de las categorías de la ficción es uno de los capítulos más apasionantes de ese proceso, en especial cuando vemos cómo ello se aplica a los clásicos que antes habíamos leído sin ese conocimiento. Es como un renacer hacia el mundo de la literatura. En aquella ocasión, recuerdo cómo el tiempo narrativo es, también, un material del cual se saca sustancia para escribir. La suspensión de esa categoría o su aceleración nos coloca ante la posibilidad de un género o de otro. Existe un tiempo físico, semejante al real, que transcurre en el plano narrado, pero también uno que se moldea, que sufre y que posee las iridiscencias de la fantasía.
En la obra de Jorge Luis Borges, el tiempo se detiene, se reacomoda y camina por recovecos alejados de la visión normalizada. Ello ocurre para que el arte acontezca con mayor misterio y fuerza. Allí el tiempo no es una categoría más, sino la sustancia de la cual está hecho el universo, de manera tal que somos una inmensa biblioteca reescrita infinitamente en la cual lo importante es el efecto estético. Para Borges el tiempo genera belleza o es en sí mismo la base de esa belleza. No se concibe que un personaje borgeano no experimente con el tiempo o a través del tiempo. El propio uso de elementos como los espejos, los relojes de arena, los péndulos, los dobles, las dimensiones; nos trae a la mente la posibilidad de que ese tiempo en Borges es sencillamente otro mundo. Habitar el universo de un genio nos propone la posibilidad de una suspensión maravillosa: de la ficción. El lector lo acepta todo si existe un pacto, una especie de mentira piadosa que se cuenta y que las personas digieren porque así lo desean.
La experimentación con el tiempo en la narrativa es parte del cambio de perspectiva que se da en el siglo XX y que sale de los deseos del ser de la modernidad de expresarse de una manera diferente. La critica a la realidad nos trae hacia una realidad literaria dispar. En ese sentido la creación de eras imaginarias iba mucho más allá de la simple fantasía, se trata de una apelación a la rebeldía del escritor. Hacemos un mundo paralelo para sustituir el que nos tocó y que ofrece poco en materia de belleza, ética o de coherencia. El ser humano necesita cerrar ciclos narrativos, vivir dentro de relatos, ya que el mundo real se le presenta como un caos que se mueve hacia ninguna parte. Así lo entendió Borges, para quien América Latina y la Argentina estaban desprovistas de las visiones cosificadas y simples de tendencias anteriores. Asimismo, su propia idea del arte, inicialmente impactada por el ultraísmo europeo; fue mutando hacia la posibilidad de un universo original en el cual constantemente se apelaba a la suspensión temporal, la aceleración y la marginación de cualquier tipo de linealidad. Su experimento, totalmente rompedor, consistía en colocar al ser en situaciones límites del tiempo y ver cómo sufría, se realizaba o evolucionaba hacia otra cosa. Sin dudas, la experiencia de Borges con el tiempo dio paso a la posición de una literatura latinoamericana original, con voz propia, capaz de arrasar con los lugares comunes que anteriormente sufría.
Pero esta intermitencia del tiempo tuvo otros exponentes en el terreno de la creación. Hay que hablar de Juan Rulfo como un autor híbrido, que no respetaba fronteras. En sus obras (El llano en llamas y Pedro Páramo) persiste una apuesta por los entornos tradicionales: el campo, los resultados caóticos de la guerra y de la falta de estructura social, el autoritarismo y las injusticias. Sin embargo, Rulfo no dice que, por debajo de ese mundo chato, de personas que viven en una cotidianidad, un presente aburrido; pervive el tiempo. Esa categoría se rebela contra las normas de la narración normal y poco a poco, por contaminación, transforma la sustancia de los personajes y los lleva hacia una postura divergente de la lógica, una epifanía.
El personaje que sirve de punto de vista para contar la novela busca a su padre. A partir de aquí se nace en lo chato. Esa es la virtud del arco dramático de Pedro Páramo. Sin embargo, de manera gradual nos damos cuenta de que no se habita en el mundo de los vivos y que Comala está situada en un terreno más allá de lo permisible para la lógica. La aldea en realidad no existe o existe en una dimensión en la cual nada es tangible, pero sí muy revelador del drama de ese entramado narrativo. Rulfo no solo suspende el tiempo, sino que abre la puerta hacia otra realidad. Esa es la gran ganancia del trabajo categorial con la narración y que no hubiera sido posible sin el giro del siglo XX. Ese cambio ha sido copernicano y ha impactado en el cine, la televisión y hasta en la conformación de las matrices de los medios en este siglo XXI. Ya vivimos en el relato, no en la realidad informativa. Y esa preferencia por narraciones que cierran y nos dan sentido ha hecho que los públicos no compren la verdad, sino aquellas verdades que se avienen con sus sesgos cognitivos y prejuicios. De esa manera se conecta la filosofía política del momento con los avances en materia estética de una porción de los creadores.
Tanto Borges como Rulfo, ambos del Boom de la literatura latinoamericana, lograron conformar una manera de pensar, una cosmovisión del arte. Esto no solo quiere decir que nos trajeron la posibilidad de ver el tiempo de forma diferente, sino que lo usaron para modificar la realidad literaria. Si la linealidad era lo común en siglos anteriores, el cambio narrativo vino a trastocarlo. Esto claro está tiene que ver con los experimentos de Joyce, por ejemplo, quien en lengua inglesa alargó la posibilidad de un día entero y le otorgó potencia suficiente para transformarlo en ficción atractiva. Otros como Faulkner nos dijeron que además el tiempo se modifica de un personaje a otro, porque cada voz lo vive a su manera. Las novelas del norteamericano son carreras de relevo en las cuales la realidad se va cambiando hasta tornarse toda en sí un relato. Esta ficcionalización del tiempo lo es en verdad de la vida, de la materia y de la sustancia humana.
El tiempo nos trae de vuelta hacia un estado de gracia en el cual los sentidos se vuelven a abrir y podemos contemplar con claridad lo que somos. Es como descorrer el velo de la cotidianidad y habitarnos en plenitud. Pero esta experiencia del tiempo que vemos en los autores de la generación del cambio narrativo ha traído hacia el presente muchos más cambios. No solo miramos hacia la vida con escepticismo, sino que le damos a nuestro punto de vista el beneficio de la duda, de la falibilidad. Vernos como pasajeros, como históricos en el sentido más llano es una manera de pensar la inmortalidad. Y ahí hay que volver a Borges, para quien la trascendencia era estética, nunca factual. Su agnosticismo lo llevaba a no dudar ni afirmar la existencia del cielo, pero le atrajo siempre la idea que sobre ello dejaron grandes autores como Milton y Dante.
El tiempo literario es el que usó Shakespeare para contarnos que algo podrido pasaba en Dinamarca, ese mismo tiempo en el cual se produce el teatro dentro del teatro o la metaficción. Sin la cualidad moldeable, líquida, del tiempo, no pudiéramos mensurarlo, darle la importancia que merece. La linealidad de la historia en nuestra vida es una de las limitaciones que nos lleva a escribir. Creamos una realidad literaria para reconstruir la memoria que quisiéramos tener de nosotros mismos. La rebelión ficcional no termina en el papel, ya que cada lector deconstruye el tiempo como le parece o como lo siente. La propensión a arquetipos por parte de los autores del Boom nos conecta con esa vertiente mítica en la cual el tiempo forma parte del ritual. No se trata de usar la historia conocida, la que se da en las universidades, sino de trastocarla a partir de la fe en un nuevo pacto de credibilidad. Así, mientras que para Borges el tiempo funciona en la medida en que es un acompañante en la apertura de mundos paralelos, en el caso de Rulfo el tiempo es un accidente insignificante que se puede traspasar para vivir en la región de los muertos. Compartir el color de los fallecidos, confundirse con ellos, todo eso es una sustancia de la cual vale la pena conocer, en la medida en que nos adentramos en esas obras. El universo de lo mítico nos aparta de todo escepticismo y la suspensión conduce a un pactismo diferente, a una sustancia otra de lo que somos.
El tiempo no es solo una categoría que aprender en el mundo de las técnicas narrativas, es la sustancia del nuevo mundo creado. No se concibe que un escritor no lo sepa y no lo use de forma eficiente en la deconstrucción que exige la ficcionalización de la vida. Quizás hayan transcurrido años tras mi paso por el Centro Onelio, pero la visión sobre el tiempo escuchada de profesores como Eduardo Heras León nunca será en vano. Conocer nos libera de los barrotes y da la posibilidad de dinamitar nuestros propios juicios, los de la sociedad y las categorías que se imponen desde lo chato y lo consabido.
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