
Hay artistas que dejan huellas efímeras, o ninguna, y hay otros -los verdaderos- que se quedan habitando la sensibilidad de un país. Víctor Manuel García, de cuyo deceso se cumplen este 2 de febrero 57 años, pertenece, sin discusión, a estos últimos.
Hablar de este habanero nacido el 31 de octubre de 1897, discípulo de Romañach en la Escuela San Alejandro -y cuyo nombre legal era Manuel García Valdés, "Víctor Manuel" fue el nombre artístico que adoptó en París-, es hablar de un hito en la pintura cubana.
En una época en que el academicismo todavía imponía sus reglas, Víctor Manuel se atrevió a torcer el rumbo. Lo hizo sin manifiestos ruidosos, pero con una obra que fue una declaración de independencia estética. Sus lienzos no buscaban agradar, buscaban decir.

Gitana Tropical (1929) Imagen: tomada de bellasartes.cult.cu
Ahí está la Gitana Tropical, convertida con los años en una suerte de espejo nacional. Ese rostro a la vez bello e inquietante no es solo el de una mujer, sino el de una isla que empezaba a reconocerse mestiza, áspera, sensual y profundamente moderna.
Víctor Manuel entendió, antes que muchos, que el arte cubano no tenía que gritar su cubanía con símbolos obvios. Supo traer de Europa las lecciones del postimpresionismo y del expresionismo, pero las filtró por el tamiz del trópico, del barrio, del rostro cotidiano. El resultado fue una pintura honesta, intensa, profundamente nuestra.
Años después de su muerte, ocurrida un 2 de febrero, su obra sigue dialogando con nuevas generaciones de artistas y espectadores. No envejece porque no se apoyó en modas; se sostuvo en una verdad interior que aún hoy resulta necesaria.
Víctor Manuel no pintó para complacer, pintó para revelar y su pincel fue de los que impulsó a la pintura cubana al salto decisivo hacia la modernidad sin desdibujar el alma nacional.