
Ahora que se acercan los días finales del año y empieza otro queremos hacer el resumen de este último periodo y también de nuestras vidas mientras pretendemos acelerar todo lo pendiente de esa lista enorme de objetivos que nos trazamos con esperanza y demasiada exigencia hace más de 360 días con sus noches.
Es lo que hacemos cuando se cumple un ciclo: analizar, evaluar, proyectar. Sin embargo, este ejercicio debería ser un incentivo y no una revisión minuciosa y alocada que nos revuelque y reclame de más porque seguramente, como personas soñadoras e ilusas que somos, nos impusimos algún propósito desmedido que, o bien es inalcanzable de ahora para ahorita porque depende de mayor esfuerzo y terceros, o porque antes hay que cumplir otras metas más objetivas, u otros tantos motivos.
Ese es el error y no incumplir con lo que deseamos, y no debería ser causa de estrés, frustración ni depresión. La repentina oleada de reflexión no está mal, es necesaria, lo cuestionable es que seamos muy críticos, nos sintamos culpables y nos falte objetividad para la revisión de tareas que hubiéramos querido completar en ese lapso.
Se trata de un fenómeno más común de lo que imaginamos y que deberíamos asumir sin tanta dureza, ser más nobles con nosotros mismos porque ya la vida nos pone demasiados tropiezos y hace que cualquier plan sea torcido. Por eso, está bien mirar hacia atrás con nostalgia, examinar lo vivido, recordar los mejores momentos, aprender de los errores para saber cómo asumir el futuro. Está bien cerrar el capítulo con empatía, reconocer las deficiencias, pero no mortificarnos.
Conviene ser aterrizado, plantearse anhelos realistas y no lunáticos para luego no despertar tristeza o inseguridad. Esta meditación se relaciona con la manera que tenemos de procesar las emociones para no derrumbarnos, nos permite comprender nuestro camino y prepararnos para lo próximo.
Es natural que todo esto nos suceda los últimos días de año. Se suele sentir una carga pesada, pero todo estará bien, es solo una casilla en el calendario. Esto nos sucede casi por imposición porque los esquemas sociales y culturales están diseñados para ello, para que nos detengamos y repensemos. Y es así en todos los niveles, no solo en el personal.
Pensemos en las fiestas, las reuniones, pero también a nivel macro. Los medios, por ejemplo, hacen referencia a lo que ocurrió en el año en todas las áreas, hacen previsiones y catarsis. Lógicamente esta tendencia la llevamos al plano individual porque también queremos medir cuán eficiente fuimos, saber si logramos hasta el último punto olvidado de la lista así haya sido tan loco y general como “tener casa propia”, cuando para tal fin se debe diseñar una estrategia que piense primero en el cómo y dar pasos hacia ello, pero siempre teniendo en cuenta la realidad financiera y muchísimos otros factores.
Esa atmósfera colectiva nos anima a mirar hacia atrás, y no está mal si nos ayuda a crecer y no a atormentarnos. Siempre podremos volver a plantearnos resoluciones de año nuevo más ajustadas y realizables. Seamos menos severos y más compasivos con nosotros mismos. Hagamos nuestra lista de deseos, pero recordemos que el primer punto es vivir.