
Sigue aferrado al cordón umbilical que lo enlazaba a la placenta materna como si fuera ese el cordón de la vida. Y no le falta razón, pero ese es solo el primero y más tangible. Ya se enterará con los años de que hay muchos otros cordones que igual lo atarán a la vida, algunos apretándolo hasta casi asfixiarlo; otros, envolviéndolo como abrazo salvador.