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¿Trump se va a la guerra?

El mundo observa con creciente preocupación la posibilidad de una intervención militar estadounidense en Irán, mientras el presidente Donald Trump ofrece un plazo de dos semanas para que fructifiquen negociaciones. La amenaza de un ataque recuerda inevitablemente la invasión de Iraq en 2003, cuando se esgrimieron argumentos que el tiempo desmintió dolorosamente. Entonces, se afirmaba que el régimen de Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva que nunca aparecieron. Hoy, la comunidad de inteligencia estadounidense ha declarado que Irán no está desarrollando activamente un arma nuclear, pero el presidente ha decidido ignorar ese dictamen.

Este contexto revive el fantasma de decisiones apresuradas que condujeron a largas guerras, incontables muertes y profundas heridas geopolíticas. La administración Bush confió en una victoria rápida en Iraq, y la historia mostró una realidad muy distinta: más de cuatro mil soldados estadounidenses y más de cien mil iraquíes muertos, además de un país devastado y una región aún marcada por esa intervención. La lección de entonces parece aún no haber sido plenamente aprendida, si se valora la retórica belicista que emerge desde la Casa Blanca.

Las similitudes entre ambos escenarios son inquietantes. En ambos casos, se minimiza el peso de los informes de inteligencia y se privilegia la presión de sectores que ven la fuerza como única vía para la resolución de conflictos. El argumento de lanzar bombas antibúnker sobre instalaciones iraníes como una demostración de poder que redefina el equilibrio regional es tan peligroso como ingenuo. Medio Oriente es un terreno minado de tensiones históricas y una acción de tal magnitud podría escalar en un conflicto de imprevisibles consecuencias.

El presidente Trump ha declarado abiertamente que no le importa lo que digan sus propios expertos. Tal desdén por la evidencia resulta alarmante. La política exterior de una potencia mundial no puede estar sujeta a impulsos personales o a la necesidad de enviar señales de fuerza a aliados como Israel. Más aún cuando los ataques israelíes no han contado con una declaración formal de guerra, lo que agrava la ilegalidad de una posible escalada militar.

La decisión aplazada ofrece una ventana de tiempo que debe aprovecharse con responsabilidad. Las guerras, una vez iniciadas, rara vez siguen el guion previsto por sus estrategas. En lugar de ceder a presiones internas o externas, el liderazgo estadounidense debería aferrarse a la diplomacia, evitando comprometer una vez más la vida de miles de personas y la estabilidad global por supuestos que podrían no sostenerse.

El propio Trump hizo campaña criticando las llamadas “guerras eternas”. Optar ahora por una intervención podría significar una dolorosa contradicción, no solo para sus votantes, sino para la historia. Que este momento sirva no para repetir errores del pasado, sino para recordar el costo humano y político de las decisiones mal fundadas. Porque el precio de otra guerra innecesaria sería, una vez más, incalculable.

Con información de Prensa Latina