
Se cumplen 150 años de la muerte en combate del iniciador indiscutible de las Guerras por la Independencia, del primer Presidente de la República en Armas, del hombre que sacrificó bienestar y afectos por la causa mayor de la libertad plena de su pueblo: Carlos Manuel de Céspedes.
El epíteto de Padre de la Patria, consenso de la nación, resume su extraordinario aporte a la historia.
Céspedes fue un fundador. En la consolidación misma de la identidad nacional está Céspedes, como símbolo de una generación de hombres y mujeres que asumieron la cubanía como emblema de una condición cierta: las ansias de independencia no obedecían solo a imperativos económicos (como han sugerido algunos desde posiciones en exceso pragmáticas).
La Revolución de Céspedes y sus compañeros fue también una revolución cultural.
La dialéctica es motor de los grandes procesos: son comprensibles las contradicciones entre los que hicieron la primera guerra en cuanto a su organización y concepciones.
Injustificables resultan las ingratitudes, pero de eso también se trata la historia, que termina por reconocer los méritos y las implicaciones ciertas de sus principales figuras, con sus luces y sombras.
Mucho se puede escribir y reflexionar todavía sobre Céspedes y sus relaciones con todos los actores de la contienda. Pero su ejemplo es prístino. La Revolución cubana es única, y la inició Carlos Manuel de Céspedes en octubre de 1868, con su llamado al levantamiento contra la opresión. Es el espíritu de toda la gesta.