Cuba Si
Publicado en Cuba Si (http://cubasi.cu)


El acto de soltar

Nuestro paso por este mundo es tan corto, lleno de sacrificios, dificultades y retos que nos tocan por carambola, y encima de eso, a veces nos sentimos apegados a personas, pensamientos, situaciones, a tantos aspectos, a veces incorpóreos, otros, materiales, que nos condicionan y nos disminuyen. Es cierto, es muy difícil ser despegados, dejar ir, aprender a soltar.

La dependencia no suele ser sana, y a veces los propios giros de la vida nos hacen desprendernos a la fuerza y nos imponen vacíos que duelen, por eso lo mejor sería ser un poco más objetivos y despojados, no arrastrar con ciertas ataduras que pueden dañarnos, porque así seríamos un poco más libres, pudiéramos ser más felices.

El primer paso es saber qué nos produce ese sentimiento de apego en exceso, al punto de creer que no podremos existir de otro modo, con la ausencia. Se trata de una zona de confort de doble filo porque por un lado nos complace, pero no siempre será la mejor opción cuando se convierte en tortura, o una carga demasiado pesada.

En segundo lugar, conviene poder identificar cuándo es el momento de avanzar, que seguramente sería mejor hacerlo antes de estar hastiados, porque aferrarnos solo postergará los malos ratos. Ejemplo de ello es una relación que ya no funciona, o un empleo muy absorbente que nos genera más martirio que beneficios.

Un punto que nos hace flaquear es el miedo a la pérdida, la incertidumbre de creer que no podremos estar mejor después. Y, claro, al principio, el cambio puede descolocarnos, pero con el tiempo, conseguiremos estar en calma con nosotros mismos, y esto solo será posible con nuevas experiencias, o con resignación, como es en el caso de la pérdida de un ser querido, cuando lamentablemente no podemos reparar la añoranza y debemos continuar con nuestros proyectos.

Desligarse de los apegos puede resultar una tarea compleja que a veces requiere acompañamiento psicológico. Los expertos parten de la idea del bienestar que nos procurará librarnos de lo que nos asfixia; que en ocasiones requiere valor, es verdad, pero puede ser que no quede mejor camino que la aceptación para mejorar nuestra calidad de vida. El cambio nos puede hacer renacer.

El problema de esas ataduras enfermizas es que ofrecen, de algún modo, seguridad. Sin embargo, es bastante probable que esa conformidad enmascarada sea la clave de todo malestar. Y lo bueno de la terapia especializada es que fortalece lo positivo que tenemos en cada uno de nosotros, nuestra autoestima, y nos ayuda a gestionar nuestra estabilidad emocional, a admitir que parte del proceso no será placentero, que duele, nos hará sufrir, pero a mediano o largo plazo será enriquecedor.

Algunos consejos generales de psicólogos son, en primer lugar, ser sinceros con nosotros mismos y expresar todo dolor e incomodidad, porque el engaño solo retrasará la prosperidad y resulta imprescindible el desahogo cuando nos sentimos quebrados. Hablarlo o escribirlo estará bien, llorar en el hombro de un confidente o a solas, aliviará. Lo importante es no quedarnos contenidos, tampoco buscar un responsable ni tolerar compañías que resten, sino que nos hagan sentir en armonía.

No obstante, en el caso de una ruptura de amistad o pareja, una actitud pesimista que no ayuda, sino demora la sanación, es estar pendiente del otro cuando aún es reciente. En este caso, la distancia puede colaborar, y quizás en el futuro se pueda mantener una relación sana, distinta, pero de paz; en otros casos, solo el distanciamiento total es lo que nos favorecerá.

Según sea el caso, quizás no inmediatamente porque cada uno sufre su proceso de duelo distinto, pero es bueno no negarnos a experimentar. Esto puede aportar a canalizar energías, a mantener nuestras mentes ocupadas, y a aprobar la realidad tal y como es.

Tengamos en cuenta que sentirnos estancados, en un círculo vicioso, o que permanecemos angustiados por una situación que nos sobrepasa y podemos superar es la manera más triste de vivir; por tanto, aprender a soltar no solo es un acto de amor propio, sino necesario para mantenernos emocionalmente saludables.