
Salí con una amiga buscando panetelitas para endulzar cierta reunión. En la panadería-dulcería aguardaban la llegada de una visita del municipio y tenían detenida la salida de los dichosos dulces en espera del arribo.
Un trabajador de la entidad barría cuidadosamente, como nunca, los alrededores, limpiaba cristales y vidrieras habitualmente empañados. Todo un montaje.
Lo más indignante era la demora de los dulces, ¡y después hablarían a los visitantes de la satisfacción al cliente, del rápido servicio!
Le dije a mi amiga que iría a ver al administrador: la cola crecía en personas e impaciencia, y todos comentaban entre burlas sobre los preparativos. Mi interlocutora se alarmó, se molestó: «Vinimos aquí a buscar unas panetelas mi’ja, no a hacer revolución».
Sin gota de merengue o almíbar, su frase quedó estampada en medio de la soleada mañana de sábado.
¿Será que hay momentos preestablecidos para hacer revolución? ¿La conciencia sale de pase los fines de semana?