EN GALERÍAS: Joel Jover y sus obras para detrás del sofá

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EN GALERÍAS: Joel Jover y sus obras para detrás del sofá
Fecha de publicación: 
30 Septiembre 2020
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Figura imprescindible dentro del variopinto cosmos de la plástica cubana de entre milenos, puede afirmarse que la obra de Joel Jover Llenderroso (Puerto Tarafa, Nuevitas, 21 de septiembre de 1953),  comenzó a trascender en los años 80 del pasado siglo durante el boom del arte insular, éxito debido, entre otras muchas razones, a su negativa a encasillarse dentro de las corrientes estéticas y los ismos cuya mayor explosión de produjo en la siguiente década. Su creación, libre, soberana y auténticamente crítica ha interesado a galeristas y coleccionistas —institucionales y privados— de todo el mundo, en tanto la ciudad de Camagüey, donde vive desde hace muchos años, lo sitúa entre sus más sobresalientes y prolíficos artífices.

Recientemente, en ocasión del aniversario 67de su natalicio, el Fondo Cubano de Bienes Culturales organizó en aquella urbe Puerta del Oriente Cubano una exposición con ocho de sus más recientes cuadros (óleo sobre tela y técnica mixta sobre lino), los cuales fueron instalados en la céntrica galería Amalia, de la mencionada institución cultural, donde igualmente, y a tono con el título de la exhibición: Cuadros para colgar detrás del sofá, se exponen muebles realizados por prestigiosos  artesanos artistas camagüeyanos.

La exposición, curada por el propio maestro  —siempre se encarga de estos menesteres en sus proyectos—  igualmente fue concebida en homenaje a su medio siglo de vida artística y, a juzgar por la resonancia que ha tenido en los medios locales y en la prensa nacional, así como en la opinión de especialistas y críticos, devino gran acontecimiento que, en tiempos de la Covid-19, convocó a numerosos espectadores que concurrieron a su apertura sin descuidar las medidas orientadas por las autoridades sanitarias para evitar la propagación del virus.

Desde los tiempos del Paleolítico Superior —entre los 35.000 años y el 10.000 a. C—, cuando las Venus eran representadas en pequeñas estatuas de marfil, piedra o terracota, las mujeres han sido una de las mayores fuentes de inspiración para infinidad de creadores. La historia del arte universal registra emblemáticos e innumerables ejemplos que trascienden a la contemporaneidad insular. Joel siguió, con su peculiar estilo, ese camino.

En cada una de sus nuevas propuestas Jover nos sorprende con novedosos discursos en relación con sus anteriores creaciones, aunque siempre se observen rasgos distintivos que prevalecen en todos sus cuadros, esta vez centralizados en desfetichizar la figura femenina, sacándola de los patrones de “belleza” que a través de la pintura y la escultura ha sido resaltada durante siglos. 

En tal sentido, este creador ha dicho que sus propuestas iconográficas van “más allá de la belleza por la belleza, pues necesito decir un poco más; busco que el cuadro cuente una historia, lo cual de seguro se relaciona con mi afición a escribir cuentos y poemas”.

Sobre esa intención que siempre ha caracterizado su quehacer, vale recordar que en sus inicios como pintor recreaba un “arte feo”, porque como él mismo expresó, quiso “ir contra el buen dibujo, contra las cosas bien hechas”. Con el tránsito de su exitosa carrera, se interesó más por las gentes, “tal vez porque uno ya no contempla la vida con tanta severidad, y dices que en realidad no es tan mala, y te reconcilias con la gente, brindándole obras más agradables a la vista”
Sin embargo, ha afirmado que aún  no se ha podido curar del hecho de que cuando concibe algo demasiado complaciente “me veo impulsado a introducir un elemento disociador, que de algún modo “afee” el cuadro, para que no me quede tan lindo, porque se apodera de mí la incertidumbre de si es auténtico. Si no se parece a mí, tengo que ponerle mi sello...”.

Sus composiciones, que nada tienen que ver con la fealdad, surgen en su vetusto y amplio estudio ubicado en la histórica Plaza de San Juan de Dios, especie de taller experimental, en el centro de la antigua ciudad. Allí disfruta  del acto de pintar a través de iconografías que hurgan en lo cotidiano, sin dejar de reflejar la tradición, la costumbre o el interés por introducirse en complejos discursos que emanan de la memoria social. De tal modo, sus trabajos dejan de ser simples objetos “para ver”, y se convierten en ideas “para pensar”. En cada pieza interactúan tres factores: artista, obra y espectador, que en su conjunto constituyen un solo evento: el de la creación, sin prejuicios ni contaminaciones de ismos o tendencias sobresalientes dentro del generalmente comprometido mundillo de las artes visuales de nuestro tiempo.

En Cuadros para colgar detrás del sofá, Joel encontró otra manera de llegar a los espectadores, esta vez —como ya lo ha hecho en otros proyectos—, mediante el tratamiento de la figura de la mujer, a través de discursos en los que, indistintamente, cambia la forma, el plano, el tiempo y el lugar, este último a veces enigmático y provocador  como las obras que en sus fondos aparecen cafeteras asiáticas en extraños paisajes que poco tienen que ver con el Caribe insular, y elementos que asimismo pueden funcionar como místicos símbolos: serpientes, veleros, rombos…  algunos de ellos evocadores, tal vez, de extraños naipes surgidos de la profusa imaginería del artista. La figura femenina se inserta como protagonista de un discurso enigmático en el que también convergen  elementos y situaciones que complementan las a veces extrañas ideas del artista.

La exposición contiene varios desnudos, los cuales no están concebidos para llamar la atención de los observadores —interés que, de este modo, el artífice rehúye—, sino para reafirmar que la mujer, siempre será fuerte inspiración en el arte. “…Joel Jover asume a la fémina como pretexto para articular sus composiciones, o como continente portador de un estilo personal que juega con los estilos y códigos visuales de diferentes momentos de la Historia del Arte”, afirma el prestigioso curador y crítico de arte, Pavel Alejandro Barrios.

Hombre culto, enteramente dedicado a la pintura y a la escritura, este camagüeyano sencillo y extraordinariamente modesto, juega con las expectativas de los admiradores de su obra pictórica, cuya escala de valores constantemente cambia, evidentemente imbuido por los sucesos que caracterizan la época en que vive y porque asimismo se alimenta del resto de las artes que proliferan en la ciudad cuna de Nicolás Guillén. 

Desinteresados en cuestiones que otros aprovechan para “enganchar” al público, como los temas relacionados con el folklor, la política  y los anecdotarios sociales o costumbristas, estos cuadros tampoco pueden calificarse de feministas, porque no tienen la intención de  convocarnos a reflexionar sobre banales discursos relacionados con los “derechos sociales de las mujeres”. Su arte es mucho más filosófico, enjundioso y turbulento. Utiliza a la figura de la mujer —recurrente protagonista en sus pinturas— en correspondencia con sus intereses estéticos que, en última instancia, echan anclas sobre asuntos que tienen que ver con la convulsa vida en estos tiempos.

En tal sentido ha dicho que “la obra de arte va más allá de lo cotidiano que hace el artista, simplemente sale: el quid está en que el cuadro logre una especie de halo, que cuando sea observado emocione, conmueva, sacuda. Pero ese poder no lo alcanzas, por lo general, en la obra cotidiana, con la cual algunas veces llenas una parte del vacío espiritual de alguien, y otras un vacío en la pared. De cualquier manera, tengo en mi estudio una frase de Picasso que me recuerda que la inspiración existe, pero que te debe encontrar trabajando”.

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