Diago Querol en la memoria de la cultura cubana

Diago Querol en la memoria de la cultura cubana
Fecha de publicación: 
13 Agosto 2020
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Hace cien años vino al mundo un célebre artífice que trascendió al mundo por sus fotografías, grabados (xilografía) , pinturas y dibujos., Me refiero a Juan Roberto Diago Querol (La Habana, 13 de agosto de 1920-Madrid, España, 20 de febrero de 1955), hijo del reconocido violinista Virgilio Diago Leonard (Tampa, Cayo Hueso, 1897-La Habana, 1941), y Carmen Querol, amorosa esposa y madre, quien respaldó el ambiente de instrucción promovido por su pareja en medio de las corrientes modernistas que se movían en esa época.

En 1949 Diago Querol se casó con Josefina Urfé, hija del también célebre músico José Urfé González, clarinetista, profesor y director de orquesta y banda, y compositor, entre otros, del conocido danzón El bombín de Barreto.

A los 14 años de edad materializó uno de sus mayores anhelos cuando inicio sus primeros estudios de artes plásticas, los  cuales concluyó ocho años después al obtener el diploma de Profesor de Dibujo y Pintura de la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro, en La Habana, título que le posibilitó, en septiembre de 1945, fundar en Matanzas la Escuela Provincial de Bellas Artes, junto con otros acreditados creadores cubanos.

El entusiasmo por la labor pedagógica y el creciente prestigio de la academia matancera, motivaron que ese mismo año el joven  educador  se trasladara a vivir a aquella floreciente urbe, en tanto continuaba realizando y promoviendo su obra en la capital, al punto de convertirse en uno de los más renombrados artistas cubanos modernos de las décadas de los años 40 y 50 del pasado siglo.

De Nueva York a Venecia

Hacia finales de la primera mitad del Siglo XX (años 1940-1950) en la carrera artística de este maestro se producen otros significativos hechos: su primera exposición personal en el Glorier Club, de Nueva York,  y  su muestra realizada en 1944 en La Habana bajo el título de Diago: Dibujos y gouaches en el Lyceum;  además de integrar las  colectivas  La pintura y la escultura contemporánea en Cuba —muestra de arte moderno y clásico, 1941—, efectuada en el Palacio Municipal de La Habana; Modern Cuban Painters (1944), en el Museo de Arte Moderno de Nueva York; donde en 1947 integró la exhibición Paintings and Drawings of Latin America, en Knoedler Galleries; hasta que en 1952 representó a Cuba en la prestigiosa Bienal de Venecia, Italia, en su 26 edición.

Sonada fue, además, su Mención de Honor (1942) en el XXIV Salón de Bellas Artes, en el Círculo de Bellas Artes de La Habana.  Entonces trabajaba en un taller de creación artística situado en La Habana Vieja, junto con  los escultores Eugenio Rodríguez, Rolando Gutiérrez y Nuñez Booth, amigable equipo que se caracterizaba por la solidaridad y la crítica artística entre todos, con el objetivo esencial de hallar una manera de hacer arte auténticamente nacional.

Diago Querol igualmente incursionó con éxito en el diseño escenográfico, labor que comenzó a partir del año 1943 al realizar proyectos de ambientaciones escénicas para diferentes espectáculos que se producían en el Teatro principal de la comedia y en el Teatro Auditorium de La Habana, donde se presentaba el ya reconocido Ballet Nacional de Cuba.

Asimismo se destacó en la ilustración de libros de escritores de la talla de Cintio Vitier, Eliseo Diego y Carilda Oliver, en tanto emocionó al bardo español,  Premio Nobel de Literatura 1956, Juan Ramón Jiménez Mantecón  con las viñetas que realizó para la más célebre de sus obras: Platero y yo, poesía lírica cuya primera edición se hizo en el año 1914.

Dentro de su producción iconográfica sobresalen sus grabados en madera en los que —como en muchas de sus pinturas y dibujos—se centra en temas relacionados con los aborígenes cubanos y sus sucesores, como clase explotada, los negros.

Febril estudioso de legado africano en Cuba, al que rindió culto a través de sus creaciones, Juan Roberto Diago Querol —también negro— está considerado como uno de los primeros artistas en incorporar elementos y situaciones extraídos del universo social que conformaron en estas tierras los negros esclavos que, entre los años  1820 y 1860, arribaron aquí, trayendo consigo su creencia Yoruba.

Vale destacar que la Academia de Artes San Alejandro coadyuvó al desarrollo del arte cubano, sobre todo a inicios del pasado siglo. Además de José Martí, en el siglo XIX, en la prestigiosa institución posteriormente estudiaron grandes figuras de la plástica insular, propulsoras del significativo renacer de las artes plásticas insulares.

Ambiente de reformas y confrontaciones entre la academia y la figuración academicista dentro del cual Diago comenzó a ocupar un destacado lugar dentro del profuso panorama del arte de vanguardia, para luego emprender un paulatino tránsito  en cuyos cuadros se hacían evidentes las  influencias abstraccionistas de Pablo Picasso.  Su recurrente participación en los salones anuales del Círculo de Bellas Artes de La Habana, le propiciaron varios premios.

De esa fructífera etapa de los años 40 del pasado siglo se destacan sus cuadros titulados La silla (1944), Naturaleza muerta (1946), Tinta (1948) y Figura (1948).

En el año 1947 Diago realizó una gira por Estados Unidos (Washington, Nueva York, Boston) y Canadá, para concluir en  Haití, donde estudió durante varios meses y quedó impresionado por el arte naif que identifica a esa nación. Allí conoció a Alfred H. Barr Jr., primer director del Museo de Arte Moderno de Nueva York, quien se interesó por su arte y le adquirió una tinta de su serie Cabezas para la Colección Latinoamericana de esa reconocida institución.

Al siguiente año, en 1948, visitó México donde adquirió conocimientos sobre diversos movimientos artísticos, tales como la Escuela Mexicana de Pintura, la geométrica-constructivista, el informalismo y el expresionismo abstracto. Luego de aprehender de todas esas corrientes y estilos, Diago consolidó aún más su producción iconográfica, gracias a su experimentación constante,  hasta que el año 1950 marcó su inclinación hacia el neo-surrealismo, en tanto se apuntalaba su interés por la  abstracción.

Poco tiempo después, en 1953, en la Pan American Union, de Washington D.C.,  realizó una notable exposición que tituló  Roberto Diago, la cual estuvo conformada por óleos, dibujos, collages y proyectos para cerámica, ampliamente elogiada por el público y la crítica.   También  expuso en Argentina, Suecia, Guatemala, Francia y en la antigua Unión Soviética, en tanto realizó viajes, con igual fin, a varios lugares de Estados Unidos, Haití, México y España, en los que llevó consigo sus trabajos.

De antes y después de su muerte, de Diago se ha realizado una docena de exposiciones personales, entre las que se destacan, además de las ya mencionadas, Cuarenta Dibujos de Diago (1956),  Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana; Selecciones de la Colección Permanente, en el Museo de Arte Moderno de América Latina, en Washington (1974);  Roberto Diago: Tercera Bienal de La Habana, Fondo Cubano de Bienes Culturales (1986); El negro y el puro, galería Espacio Abierto, Revista Revolución y Cultura, La Habana (2001); y Pinturas del silencio, galería La Acacia (1997);
además de unas diez colectivas en importantes galerías de distintos países.

En la primera mitad de la década de los años 50 del siglo precedente Diago Querol se trasladó a Madrid, España —donde ya era reconocido por la crítica especializada— , con el fin de promover su obra en Europa y realizar estudios que le permitieran fortalecer su ya sólido prestigio internacional. 

Con innumerables proyectos, tanto artísticos como de vida, en plena efervescencia de su creación plástica y con solo 35 años de edad, el 20 de febrero de 1955, la muerte lo sorprende de un modo trágico y nunca bien esclarecido, para pasar a la historia de la cultura cubana como uno de sus más grandiosos  exponentes. Valdría la pena escudriñar y reflejar mejor su obra a partir de este año en que celebramos el centenario de su nacimiento.

 

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