ANÁLISIS: ¿El libro se muere?
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Imagen tomada de https://www.guiainfantil.com
Todavía nos queda la inercia de febrero, mes también de la lectura en Cuba. Y decimos esto, por supuesto, por la Feria Internacional del Libro que hace tantísimos años se hace en la fortaleza San Carlos de la Cabaña y arrastra a un mar de gente.
Este puede ser el fenómeno cultural de mayor participación popular en nuestro país, más que el festival de cine ¡y mira que son enormes las colas fuera del Yara, por ejemplo! La feria del libro no solo es concurrida porque tiene varios espacios en La Habana y recorre todo el país; es, en gran medida, porque su sede principal en La Cabaña, es una zona muy atractiva, icónico, que se presta para el disfrute.
Es una fiesta que implica más que literatura, es también diversión, mucha gastronomía, y la ventaja de estar en un sitio amplio e ideal para el libre retoce, el esparcimiento lejos de la algarabía de la ciudad.
Sin embargo, por muy asistido que nos reflejen las estadísticas del evento, no es representativo. Desde hace años la lectura pierde terreno. A veces he creído que es por la falta de opciones literarias, o que forma parte de la evolución de la sociedad, de los medios ¿será? ¿Será que de verdad el libro está condenado a morir? Ojalá no.
Es innegable que cada vez se lee menos. De las bibliotecas no se habla, y las librerías casi son lugares olvidados, de viejitas apasionadas con necesidad de hablar, que reciben a los mismos vecinos que les dan vueltas para ver si encuentran alguna reliquia o si le bajan el precio al libro de segunda mano que llevan meses persiguiendo. Pero esos son los menos. Las personas que leen siempre encontrarán alternativa, siempre tendrán varios libros en cola.
La verdad es que a los niños ya no les gusta leer. Es así desde hace tiempo, por eso a los jóvenes que leen los podemos contar con lupa. Es muy raro ya. Y es un hecho, no es común la pasión por la lectura en la adultez si no se tuvo interés durante la infancia y juventud. Puede suceder el milagro, pero no es usual.
El abandono de la lectura es un asunto mundial, aunque siento que aquí es más marcado por la falta de propuestas internacionales, por el encasillamiento de temas, por la precaria promoción. Las librerías en el mundo tampoco tienen una fila de personas esperando entrar fuera de fechas señaladas, de presentaciones de libros muy demandados.
Los épocas cambian. La competencia de entretenimiento es muy marcada. La tecnología ensimisma porque brinda de todo, libros también, pero de igual manera son menos quienes emplean sus tabletas y teléfonos para leer. Son los mismos que tienen una pila de libros en la mesita de noche, que persiguen novedades en la Fayad Jamís, que conocen los sucesos literarios sin que sean anunciados, que están al tanto de los textos que se editan fuera de fronteras y prefieren encargarlo aunque eso implique comer básico.
Es por eso que ante la inminente muerte las librerías se reinventan —en otros destinos— y ya no son locales apagados solo de libros, ofrecen atractivo extra. Desde café y golosinas, espacio para los niños jugar, música incidental y en vivo, asientos cómodos para leer, área de eventos, venta de otros artículos, un ambiente íntimo y cálido como de hogar, más decoración para atrapar y que te sientas ameno, y, de paso, si algún libro interesa, ya es el objetivo cumplido. Esto, más un intenso trabajo de promoción literaria desde todos los medios porque libro que no se publicita, no se conoce.
¿Por qué? Sucede hace rato y la esfera literaria se esfuerza por crear mecanismos para acercar la lectura, por incentivar el gusto a partir de una realidad: la lectura promete un sinfín de posibilidades, un universo al que podemos escapar y refugiarnos.
Imagen tomada de https://arantxatarrero.com
Leer no es solo un placer intelectual. Está demostrado que favorece el desarrollo cognitivo porque estimula el cerebro, incrementa la concentración, la memoria y la capacidad de análisis; así como amplía el vocabulario, mejora la ortografía, la gramática, la imaginación y la creatividad. Además, es fuente inagotable de conocimiento y aprendizaje de todo tipo de materia, y por tanto permite crecer personal y emocionalmente.
La lectura no tiene ni una sola contraindicación, es todo ganancia. Mientras cultiva, entretiene, enajena. Tiene capacidad para relajar, desestresar al tiempo que conecta con el pasado cultural y con universos oníricos, también con información especializada y de investigación. Es perfecta, ¡hay para todos los gustos! Y es inagotable porque hay demasiados libros para escoger, escritores de todos los estilos y tendencias.
En Cuba empezamos bien. Primero se acercó la lectura al pueblo con alfabetización y el establecimiento de editoriales, bibliotecas y librerías, hasta en los barrios. Se diversificó cultura, se ofrecieron herramientas para salir de la ignorancia y encontrar otras delicias, contenidas también en el mundo de las letras. La impresión de muchísimos libros avivó el deseo de leer, y existió un exquisito movimiento literario, una pasión compartida, un fervor por los distintos géneros y campos del saber, y una cercanía por textos que representaban nuestra cubanía gracias a los escritores del patio.
Entonces era normal ver personas leyendo en lugares públicos. Y a veces las aceras eran los sitios ideales y había que tener cuidado de no perder la guagua o de no tropezar con un poste. Cuidabas los libros como tesoros, y era fácil polemizar sobre el de moda porque si no lo podías comprar, alguien te lo prestaba o lo encontrabas en la biblioteca.
Ahora todo es distinto y tenebroso. Si ven a alguien leyendo lo miran con lástima, como si estuviera agonizando. Lo creen una persona aburrida, sin sal. Le ponen muchísimas etiquetas, y es solo porque ya no es una actividad que veamos con frecuencia, prueba real de que la lectura es lo que languidece, y somos cuatro gatos intentando que no suceda porque encontramos en los libros infinidad de bondades a las que no renunciaremos.
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