ARCHIVOS PARLANCHINES: ¿Cañonazo o trompetilla?

ARCHIVOS PARLANCHINES: ¿Cañonazo o trompetilla?
Fecha de publicación: 
23 Junio 2017
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Durante años pensé que el Cañonazo de las Nueve, pieza clave del costumbrismo criollo, que empezó a ser disparado por el alto mando militar español del siglo XVI, había resistido con heroicidad todos los fenómenos naturales y otros entuertos para no faltar jamás a su cita de honor.

Sin embargo, con el tiempo me han llegado indicios de que este sambombazo ha tenido sus peligrosas ausencias e impuntualidades. Se cuenta, incluso, que en los últimos tiempos de la colonia, una noche, el retraso o la distracción en el cuerpo de guardia motivó que este se hiciera a las diez menos cuarto. ¡Y la que se armó! Durante los cuarenta y cinco minutos intermedios los vecinos se preguntaban alarmadísimos «¿qué habrá sucedido?». Y no llegó el sosiego y la tranquilidad a los ánimos hasta que retumbó, como un remedo de la puntualidad caribeña, el esperado flechazo.

En la República, nacida en 1902, el cañonazo nocturno capitalino no se libra tampoco de algunas decepciones, a pesar de exhibir un flamante un cronómetro eléctrico de la Cuban Telephone Company.

Al interventor militar norteamericano míster Magoon, por ejemplo, no le basta con cambiar la hora del fogonazo de las ocho a las nueve, como algunos imaginan, sino que autoriza con frecuencia su receso y hasta pide que el cañón lleve poca pólvora para evitar un ruido excesivo. Aunque esto no es lo peor: luego del arribo de la radio al pueblo pinareño de San Cristóbal, un empresario decide transmitir el cañonazo en vivo desde La Cabaña y, como la detonación no se oye por un desperfecto técnico,  el pobre hombre, víctima del desespero, suena un «buuummm» con la boca a las 9:10 p.m que por poco matar de risa a los sorprendidos oyentes.

Algo similar podemos decir del músico Luis Casas Romero, director de la Banda del Estado Mayor del ejército cubano hasta su muerte en 1950, quien siempre soñó con un cañonazo que se oyera más allá de los barrios de la vieja Habana fronterizos con el Malecón. Por esta razón, cuando funda la pequeña emisora 2LC, el 22 de agosto de 1922, inicia su programa diario con la transmisión del bombazo y, no satisfecho aún, amarra una estrafalaria bocina en un barrote de la ventana de su domicilio en la calle Ánimas número 99 para aumentar la cobertura del sonido y lograr, con muy poco éxito, que el estornudo de las nueve llegue a todos sus vecinos.

A finales de 1941 Cuba entra en la Segunda Guerra Mundial, junto a los Estados Unidos, y el 20 de junio del año siguiente el jefe del Ejército, general Manuel López Migoya, se aparece con una declaración que altera la paz de los cementerios:

¡Cero estampido de las nueve! -ordena. ¡Hay que ahorrar pólvora, señores, estamos en tiempo de guerra!

El gobierno de Fulgencio Batista argumenta, ante el estupor general, que si  continúan los cañonazos los submarinos hitlerianos podrían detectar con facilidad la posición geográfica de la capital cubana y hundir los barcos que entraran o salieran de su ancha bahía. Una semana después de propalada la risible noticia, el semanario Zig-Zag del 30 de junio de 1942 comenta:

«¡Ahora sí hay conciencia de guerra!, dicen que afirmó el presidente Batista una vez dictada dicha resolución (.). El cañonazo, por lo tanto, tenía que perecer. Y pereció. Pero no pereció sólo por eso. Su supresión obedece [.] a otras razones. Parece ser que los submarinos alemanes que navegan por los mares antillanos ponían en hora sus relojes guiándose por él. La supresión del mismo desconcertará en lo adelante a sus tripulaciones. Faltos de hora exacta, los capitanes de los submarinos creerán, a las doce del día, que son las nueve de la mañana y no ordenarán servir el almuerzo. De repente, a las cinco de la tarde, creerán que son las doce del día. Esto originará un trastorno en las comidas que dará lugar a que los tripulantes de los sumergibles se enfermen del estómago y sufran de diarrea. Surgirán las quejas y las indisciplinas y acabarán por declararse en huelga».

La misma tarde en que Migoya da a conocer la muerte súbita del ahora cuestionado estruendo, el ministro de Comunicaciones, Marino López Blanco, promete entrevistarse con el administrador de la Compañía Cubana de Electricidad para pedirle que use la sirena de la planta eléctrica de Tallapiedra en reemplazo del familiar cañonazo. Ello suscita, lógicamente, más de una bromita pesada. En la referida edición de Zig-Zag se advierte:

«.lo que nos parece un poco raro es que se pretenda sustituir el Cañonazo de las Nueve con el ruido ligero de un silbato. Este es, por así decirlo, un personaje de nuestra historia, una institución respetable, una imagen sonora de nuestra tradición [.]. Santo y bueno que para ahorrar gomas y gasolina se suprima. Pero no puede ser sustituido por un silbato. Ese ruido es peligroso. Se empieza por el silbato y se acaba por la trompetilla».

Los narradores callejeros, por su lado, siempre prestos a sacarles chispas a los embrollos cotidiana, lamentan el fallecimiento de Enrico Caruso, huésped en La Habana en 1920, porque, argumentan, Batista podría haber invitado a La Cabaña al Rey de los Tenores para que simulara el cañonazo con un do de pecho capaz de poner pequeñitos a los cañones de los Borbones.

Ante tamaña calamidad, el periodista E. Fernández Arrondo insiste en el Diario de la Marina del 22 de septiembre, 1944:

«¡Lo que puede, en efecto, la tradición! Lo que sí importaba era la ausencia del trueno habitual, era aquel cotidiano detenerse unos momentos ante el retumbo conocido y consultar el reloj, fijarlo en las nueve, darle cuerda, advertir si se adelanta o atrasa. Se trataba de un incidente bélico que nos habría de orientar de inmediato hacia la cita concertada, hacia el teatro, hacia el empleo o hacia el descanso».

Por fortuna, el nuevo presidente, Ramón Grau San Martín, oyendo reclamos celestiales, dispone la reanudación de la folclórica descarga a partir del 1ro. de diciembre de 1945 y llena de júbilo a la ciudadanía, pues, como murmuraba el tío Largio: «La Habana sin El Morro y sin el cañonazo, no era ni podía ser La Habana». Frase lapidaria y justa que ni los más  amargados se atreven a negar. ¡No faltaba más!

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