Pequeñas cosas

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Pequeñas cosas
Fecha de publicación: 
28 Mayo 2017
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Iba caminando despacio, casi solemne. El uniforme de primaria no lo llevaba demasiado sucio para después de un día entero de escuela.

Aunque no debía estar más allá de tercer grado, nadie lo había ido a recoger. De seguro vivía cerca y los padres confiaban en su responsabilidad después de atiborrarlo de consejos sobre mirar bien antes de cruzar la calle, no hablar con ningún extraño e ir derechito, derechito para la casa.

Y estaba cumpliendo al pie de la letra. Mientras los otros muchachos andaban revoloteando por las aceras, metiéndose con el de más alante, tratando de tumbar un mango… él iba solo y concentrado.

Pero no era eso lo que le distinguía. En su breve mano llevaba, cual si fuera un ramo de flores, un haz de lápices de colores.

Todos con la punta recién sacada, evidentemente cuidados, se le desgranaban sobre el puño cerrado formando un conjunto multicolor y brillante que, a las cinco y tanto de la tarde calurosa y polvorienta, delimitaba una isleta a salvo del bullicio y otras espinas.

Parecía un novio presto a entregar su ramo, porque hasta llevaba el brazo un tanto extendido.

Pero era para distanciarlo y disfrutar del conjunto. Mientras un paso seguía al otro de modo automático, sus ojos andaban del rojo al violeta, del verde al amarillo, del naranja al azul, entretejiendo trazos coloreados en el aire.

De seguro iba anticipando el dibujo que haría y lo mucho que iba a disfrutar con ese sol inmenso que pintaría: amarillo y más amarillo, naranjas, rojos, girando y girando en una esfera que él sentirá tibia y de luz, como debe ser todo buen sol.

El niño de los colores como ramo de flores pintará cielos, peces, animales innombrables… y junto con ellos volará o andará con pisadas rotundas de gigante; rugirá entre selvas o braceará entre fondos azul añil con olor a limón o mandarina, él escogerá.

Me gusta imaginar que ese niño será feliz con sus lápices y yo he sido feliz contemplándolo.

En realidad, a veces es fácil ser feliz; el asunto está en comprobar que la Felicidad no es una estación de llegada, sino una manera de viajar, como algunos aseguran.

Los daneses emplean una palabra que no tiene exacta traducción a ningún otro idioma y define lo que es «bueno para el alma»: el hygge, se pronuncia juga. Dicen que tal vocablo derivó de un término noruego semejante que equivale a bienestar.

Los residentes en Dinamarca declaran que hygge es algo así como una actitud existencial que le resta importancia a los intereses materiales y privilegia el sentirse bien con uno mismo y con los demás; disfrutar de las cosas pequeñas y cotidianas, como un niño que lleva sus lápices de colores cual ramo de flores.

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