DE CUBA, SU GENTE: La felicidad tiene un límite, la locura

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DE CUBA, SU GENTE: La felicidad tiene un límite, la locura
Fecha de publicación: 
6 Enero 2017
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La di porque hay una época en nuestra vida en que la felicidad está en una caja de bombones, y es solo cuestión de abrirla. Anoche me sentía en esa época.

Invité a muchos de mis conocidos. Quizás demasiados. (Lo malo de la fraternidad es que eleva al infinito el número de nuestros hermanos).

Media hora después de que comenzara la fiesta tenía la casa tan llena de gente, que mis invitados tenían que apretarse para bailar. Entonces sucedió. Dio la casualidad que pasó justo delante de mis ojos. Fue entre mi vecina de 17 años y mi profesor de francés.

Él empezó, con su obvia vocación de maestro, a tratar de enseñarle a bailar break dance. Y ella comenzó entonces a perderse en sus ojitos verdes. Él a hablar —por encima de la música pop, a todo lo alto— del futuro, del fútbol, del folclor y de las fiestas. Y ella perdiéndose en sus ojitos verdes.

Cuando él se dio cuenta de su disposición a priori, le pidió hablar con franqueza. Le iba a contar, lo sé, de su novia y su bebé de diez meses, de cómo vivía agregado en un cuartico en Alamar y no sabía hacer más nada en la vida que dar francés. Pero mi vecina de 17 años lo interrumpió.

—Seamos francos —lo detuvo—: a nadie le gusta la franqueza.

Lo besó. Un beso expedicionario, vivaracho, saltarín, incansable, perspicaz, avanzado. Un beso de alguien de 17 años… Y el piercing de su labio se enredó con el piercing de la lengua de él. Acabáramos.

Me los llevé para mi cuarto, territorio hasta ese momento libre de invitados, y coloqué una lámpara sobre sus caras para poder zafarlos. Pero aquello estaba difícil. Y yo había bebido tres mojitos: en vez de dos piercing, veía cuatro. La única persona sobria en aquella fiesta era la novia de mi profesor de francés, que acababa de llegar.

Desde el cuarto sentimos la voz de ella, llamándolo. Apagué la lámpara, cerré el cuarto y salí al encuentro de la muchacha. Lo primero que hice fue darle un trago de ron Havana Club 7 años, que solo dejo para los momentos de gran apuro, como cuando leo textos de Carlos Drummond o lidio con trámites burocráticos en las oficinas de Vivienda.

Ella se tomó los tragos que le ofrecí de un tirón. Ahí empecé a hablarle. De las máscaras, del matrimonio, las masturbaciones. De Marcel Proust y de María Magdalena.

—Marcel Proust hizo del arte una solución para el asma —le dije, y esperé escuchar alguna risa.

Pero ella fue directo al punto:

—¿Sabes dónde está mi novio? —preguntó.

Seamos francos: a nadie le gusta la franqueza. No le dije. Me encogí de hombros y no hablé.

Pero ella sabía. Era su novio, después de todo. Fue directo al cuarto a buscarlo.

—No es la primera vez que pasa —me dijo antes de entrar y cerrar la puerta tras de sí.

La fiesta siguió. Sabina diría que como siguen las cosas que no tienen mucho sentido. Todo el mundo comiendo y bailando y el profesor de francés, su novia y mi vecina de 17 años encerrados en mi cuarto. Haciendo qué, me preguntaba.

En la fiesta hicieron un campeonato de dominó, de karaoke, par de juegos que no sé cómo clasificar, como ese de la escoba y el de las sillas que se van agotando… pero ellos no salían del cuarto.

De hecho… ya ha amanecido y aún no se han dignado a aparecer. Sé que tanto tiempo allá dentro solo implica que las cosas hayan ido demasiado bien o demasiado mal. Cualquiera de los dos extremos.

Supongo, por supuesto, que en algún momento, al menos uno de ellos abrirá la puerta de mi cuarto (he tenido que dormir en el sofá). Supongo que pudiera esperar hasta entonces para escribirles qué ha pasado. Pero, verán: mi editora está esperando por estas líneas.

Además… decía Carlos Drummond que las novelas y piezas teatrales sin conclusión son las más verídicas.

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