MIRAR(NOS): Y que gane el amor, todas las veces

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MIRAR(NOS): Y que gane el amor, todas las veces
Fecha de publicación: 
16 Diciembre 2016
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Bob Marley tenía mucha razón cuando dijo: «Puedes no ser su primero, su último o su único. Ella amó antes y puede amar de nuevo. Pero si ella te ama ahora, ¿qué otra cosa importa?… si ella puede hacerte reír al menos una vez, te hace pensar dos veces, si admite ser humana y cometer errores, no la dejes ir y dale lo mejor de ti».

 

Una breve encuesta entre algunos de mis allegados masculinos me ha permitido corroborar cuánta importancia reviste para los hombres este asunto de ser el primero. Y es lindo pensarlo desde una perspectiva romántica, pero hay mucha utopía implícita, demasiada, diría yo. Nadie ignore que el siglo XXI ha dilapidado conceptos, culpémoslo a él, mejor a él, antes de cargar con ese peso nosotros.

 

La única forma, me dijo mi primo, de encontrar una «señorita» es criarla como si fuera un puerquito. Empezar a «noviar» desde muy temprano y tomar el asunto como cosa seria, si resulta que eres de los buenos. Si dado el caso, tú también eres inexperto, la primera vez será un verdadero fracaso.

 

¿Cuál puede ser el parámetro para medir que una primera vez (para los dos) ha resultado un fracaso? Si su compañero(a) de cama tiene alguna experiencia previa, fácilmente se percatará del fiasco, pero en caso de paridad, ¿entonces cómo?

 

Corren tiempos difíciles, la matemática se enseñorea de nuestras vidas desde el momento en punto cuando la gente (para ambos sexos) saca cuentas incoherentes que catapulten a la chica a planos de dudosa moral y en el caso de ellos, funcione como un acumulado de pedigrí.

 

Este no es un manual feminista, ni una defensa a ultranza en contra de nadie. Bob Marley tuvo más de quince hijos. Sin hurgar mucho en su biografía personal, salta a la vista que fue de una sola mujer. Si bien en todas dejó semilla, estaba claro, al terminar las relaciones, que no pretendía ser su único.

 

Acá tenemos un ejemplo también de farándula cuya prole pasa ya de los 20. No me toca juzgar a nadie por repoblar el planeta y, en el caso más cercano, por combatir el envejecimiento poblacional.

 

Una cosa dejo por escrito: nadie puede pretender que, al terminar una relación, la otra persona se quiebre para siempre. Lo que sigue después de una ruptura más o menos funciona como un duelo interno, una contención por el tiempo que defina el doliente. Sin embargo, no la entienda como eterna. No se sienta lastimado cuando la otra persona decida rehacer su vida. No hay derecho a creerse tan importante. Todos tienen derecho a intentarlo sin lastimar ni propiciar pesadillas.

 

Eso, aunque el miedo al fracaso haga temblar rodillas y demore decisiones. Eso, aunque los recuerdos no se borren nunca, por mucho esfuerzo destinado a enterrarlos para siempre.

 

¿Qué decir de la perfección? Si alguien te ama, diría por allá arriba el genio del reggae… y parafraseo: ¿no es eso suficiente?

El amor trae consigo a la ternura en cada acto, a la tolerancia y a su prima hermana la paciencia. Que el siglo XXI no tenga la culpa de más nada, si de algo, en todo caso, de los errores que no repetiremos y que únicamente subsistan en el recuerdo de un pasado irrepetible, indigno de ser traído al presente.

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