DE CUBA, SU GENTE: El amor de Ricardito

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DE CUBA, SU GENTE: El amor de Ricardito
Fecha de publicación: 
30 Agosto 2016
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Hubo un tiempo en que trabajé como guía para la agencia cubana Cubanacán. Recibía a grupos de turistas, casi siempre londinenses, y los llevaba a recorridos por lugares históricos y recreativos de La Habana y otras provincias. Me pagaban 50 CUC diarios. Conocí Baracoa, Viñales… y cuanto sitio turístico tiene Cuba.

Yo sabía que no iba a estar ahí de por vida ni mucho menos. (No puedo estar mucho tiempo sin escribir a tiempo completo). Pero me hubiera gustado completar el año que siempre me propongo —como mínimo— en todos mis trabajos. Solo que no pude: Ricardito me lo impidió.

Ricardito tenía dieciséis años y era el nieto de mi jefa en la agencia. Dieciséis años de piel blanquísima, impecable e impoluta, y lunares salteados y atrevidos, que le afloraban en el cuello y la barbilla.

Un día se ofreció a ayudarme con unas tanquetas de yogurt que yo había comprado. Le dije no, gracias. Insistió; que por favor, que cómo iba a dejarme cargar todas esas tanquetas yo sola. Y yo que no, que solo iba hasta la avenida a coger una máquina, que no era para tanto.

Finalmente, me cogió una tanqueta de yogurt de la mano. Dijo que eso era lo que hacían los caballeros. A mitad de camino, dejó la tanqueta en el suelo —sin explicación previa o preámbulo alguno— y saltó con agilidad una verja. Entró a un jardín privado y cogió una rosa roja que apenas comenzaba a florecer. Con la misma ligereza y vivacidad de vuelta, regresó con el pimpollo entre los dientes y me lo regaló. Una flor para una flor, me dijo. Le agradecí. Recuerdo haber pensado que no era justo para los que habían cultivado el rosal, ver ahora cómo alguien les había usurpado un retoño de su jardín. Pensé que no era correcto. Pero le agradecí de todas maneras. Me pidió entonces ir al cine; le justifiqué que no tenía tiempo.

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Y eso fue todo. Ni más ni menos que eso.

Al otro día me lo encontré fumando en la escalera de la agencia. Le pedí, con ternura, que no fumara a sus dieciséis años. Me sonrió y me reclamó que fuera esa noche a su casa, que su mamá me invitaba a comer. Pero… atiné a decir. Mi mamá quiere conocerte, quiere ver a la mujer que ama su hijo, me dijo.

Ricardito era muy intenso. Le expliqué que no era amor lo que sentía, sino cuando más un flechazo, un gusto por alguien que no conocía, que cuando más intuía. Pero no se dejó convencer. Proclamó con fervor que él me amaba, que quería casarse conmigo y criar juntos los muchos hijos que tuviéramos…

Para que vean qué puede pasar cuando un adolescente blanquísimo como la espuma y plagado de lunares te lleva una tanqueta de yogurt por dos cuadras.

Después de eso, vino la hecatombe. Te amo, Diana, escrito con letras gigantescas, un Arial 1 700 al menos, en la calle frente a la agencia; el tatuaje de mi nombre en su mano; las muchas serenatas diurnas —hubo una a las 6 y 45 de la mañana, en un día en que ni siquiera había tomado café—. Su supuesto amor se convirtió, de tan insistente, en acoso. Y con el tiempo y mis negativas, terminó haciendo escenas frecuentes, que a menudo incluían llantos desconsolados en la escalera de la agencia. Ojalá hubiera sido solo ahí… También en el aeropuerto, mientras los guías esperábamos a los turistas, y en el restaurante de la sucursal, y en la oficina de su abuela, que era mi jefa.

Así que pasó: un día vino su abuela a verme. Que cuáles eran mis intenciones con su nieto, preguntó. Que si eran serias. Que qué tan seria era yo.

Le respondí que no tenía intenciones con su nieto. Que una vez había dejado que me ayudara con unas tanquetas de yogurt. Que su nieto era un adolescente, más nada que eso.

—Pero una vez —insistió la abuela— ¡le aceptaste una rosa!

No respondí en ese entonces. No supe. Quizás no hubiera podido decir nada que hiciera la diferencia entonces. O sí. No sé. Quizás nunca sepa.

Después de eso vi muy poco a Ricardito. Imagino que la abuela le habrá exigido distancia. Poco tiempo después, ella convocó una reunión en la que me anunció que se veía obligada a prescindir de mis servicios, que estábamos en temporada baja de turismo y que me llamaría en seis meses.

De eso hace hoy seis años.

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