Geopolítica: El plan de paz para Ucrania y sus implicaciones

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Geopolítica: El plan de paz para Ucrania y sus implicaciones
Fecha de publicación: 
27 Noviembre 2025
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El plan de paz que en apariencia se está fraguando entre Trump y Putin en torno a Ucrania podría incluir la cesión de territorios ocupados a Moscú y una desmilitarización parcial de Kiev, así como su no entrada en la OTAN. Justo las medidas de seguridad que piden los rusos frente a la expansión de la alianza militar occidental en las últimas décadas. Teniendo en cuenta que las dos repúblicas rusófilas ocupadas tienen filiaciones por Moscú y que Zelensky no ha dado muestras de ser realista en sus negociaciones; ese escenario pareciera plausible. Ucrania ha perdido virtualmente la guerra, aunque aún mantenga soberanía sobre el resto de su país y en apariencia sigan los combates. El enfrentamiento ha llegado a un punto muerto. 

En esto hay que tener en cuenta lo que se ha filtrado en torno al desespero de las élites globalistas por frenar a Rusia e imponer su agenda cultural de dominio colonial a una superpotencia histórica que ha renacido. Intentos de magnicidio, de terrorismo, falsos positivos, montajes y campañas de difamación. Todo ello con tal de llevar a la opinión pública a que avalen los refuerzos europeos a Ucrania. Una política que está desangrando a la Unión de Bruselas y que amenaza con colocar a varias de las economías del bloque al borde de la recesión por el aumento de los costos de producción en sus esferas industriales. La guerra es ya un asunto ideológico que en el terreno bélico llegó adónde iba a llegar, sin que se pueda revertir la situación. Queda lo mediático donde —ahí sí— los globalistas siguen lanzando matrices que están dirigidas a sus votantes en las democracias occidentales, a quienes deben insuflar la mayor cantidad de miedo y de polarización posibles de manera que vayan hacia donde lo deseen esas élites. 

Los globalistas no pueden ya controlar incluso naciones que están bajo su égida y en la Hungría de Orban por ejemplo se dan acercamientos muy fuertes hacia Rusia por temas de geopolítica realista y de dependencia energética. La economía se impone con su peso enorme sobre las metas culturales de una élite decadente, cuyo poder real se basa en el financiamiento y el control de activos, así como en el manejo de aparatos de inteligencia y de seguridad. Si la Unión Europea tiene un enemigo real ese es la OTAN que opera como un espía y un lastre sobre sus decisiones, con una línea larga que llega hasta Washington. He ahí el hándicap de la soberanía europea. Las élites solo apuntan hacia tratados ventajosos que los beneficien a ellas como familias, aunque las naciones queden debilitadas en su tejido social y sean las poblaciones las que paguen el cheque de las guerras. Nada nuevo bajo el sol, a fin de cuentas. 

Precisamente, la llegada de Trump evidencia que son esos poderes y no lo visible lo que lleva el peso fundamental en las metas geopolíticas occidentales. Mientras que el fin de la guerra en Ucrania fue una de las promesas de campaña del republicano, ahora vemos cómo la oposición de las élites se lo impide. Pareciera haber un gobierno en el mismo gobierno, del cual Trump es apenas un iceberg patético. No ha logrado su promesa, como no logrará otras tantas. Y, a fin de cuentas, palabras son palabras. Las élites trabajan para sí mismas y en la medida en que Trump les sea orgánico ahí estará. Quien pensó otra cosa estaba diametralmente errado. 

¿Qué queda por ahora para analizar? El escenario de Ucrania, al no ser favorable en términos de propaganda para Trump —no se lograron los objetivos ventajosos para Occidente— ha sido relegado para hablar en primera instancia de Venezuela. Hacia lo interno, la caída de la popularidad de Trump y la fractura del movimiento MAGA nos hablan de que el Partido Republicano se las verá mal para reeditar una victoria bicameral en las elecciones intermedias. En poco tiempo, la propuesta de Trump tanto en lo doméstico como en política exterior ha hecho aguas. Y el tema de los aranceles —previsiblemente— es un bumerán en la población norteamericana que lo votó y que ahora paga el cheque de la inflación inducida por su presidente. Más deuda, un gobierno que tuvo que cerrar y quedar inoperante, escándalos de abuso sexual —el tema de Epstein más fuerte que nunca— y un horizonte en el cual se prevé un Donald Trump más envejecido, aislado y sin capacidad de dejar a un encargado que gane las elecciones subsiguientes a favor de su movimiento. No hay que ser demasiado optimistas, la salida de los extremistas de derecha no implica que habrá una solución ni para el pueblo ni para el resto de las naciones sobre los males que aquejan a la superpotencia. Los demócratas han jugado al contrapeso y el rebote en vistas a que conocían de antemano los resultados de la política caótica que implicaba Trump desde antes de salir electo.
 
Lo que nos viene quedando como saldo es el poder de las élites, capaces de usar la política visible a su favor, sin que les interesen las consecuencias negativas hacia el pueblo, el mundo o terceros. Tanto Trump y el maguismo como los demócratas woke son lo mismo; mecanismos de restauración de un imperio en crisis, que busca desesperadamente sostener una agenda de expoliación y superioridad. Y ahí está el núcleo del choque con Rusia y con otras civilizaciones que vuelven al podio mundial como protagonistas, díganse China o la India. Las élites opresoras solo quieren reeditar condiciones en las cuales ellas salgan ganadoras: obtener tierras con minerales raros, petróleo, acceso a mercados, contratos jugosos de reconstrucción de Ucrania, beneficios arancelarios, posibilidades de mover activos de manera opaca, etc. Ahí está la base de lo que sucede con la política exterior y quien se pregunte por qué ahora Venezuela, no hallará otras respuestas por más que la prensa globalista hable de los conceptos abstractos de la libertad y los derechos humanos que fueron enarbolados en otros escenarios. Podrá haber quien les crea, pero los resultados de invasiones en el tercer mundo dejaron evidencias de cuáles intereses perseguían esas naciones occidentales. El costo —no obstante— de invadir es alto y la sociedad norteamericana no está lista para otro Irak. Ahí también Trump está jugando con fuego y sus asesores quizás no están viendo con claridad. Ni la tecnología moderna, ni los elementos no tripulados, ganan una guerra que implique ocupación. Por ende, habría que pagar el precio de caer en Caracas. 

Tapar lo de Epstein con Venezuela y hacer de la vista gorda mientras se acepta a regañadientes que Rusia ganó en Ucrania, esas parecieran ser las aristas de una política exterior trumpista que no ofrece resultados y que se le voltea en su contra. De hecho, pareciera que las élites usan lo del abuso sexual como una especie de punta de lanza para empujar al presidente hacia donde desean, haciendo que este les haga concesiones todo el tiempo. La presencia en manos de los demócratas de los archivos secretos, así como las constantes filtraciones hacia la gran prensa nos hablan de una estrategia de comunicación en la cual el chantaje posee un peso. Con independencia de lo que suceda, lo de Epstein ha sido utilizado como un elemento de trueque político para debilitar y hacer moldeable la agenda de Trump no hacia el pueblo, sino a las élites. Y es que —sin que tenga que transformarse en un asunto judicial— la imagen del presidente se ha tornado vulnerable ante este tema, al punto en que impacta su decisión en torno a política interna y externa y lo mueve a zonas que él no pensó ir. 

En cuanto a cómo se ha de llegar a un acuerdo entre Ucrania y Rusia, obviamente, el peso en las decisiones lo llevará la superpotencia vencedora, a la cual no le interesa ocupar la totalidad de Kiev. Al contrario, el saldo final de este choque es que los globalistas —que pensaron usar a los ucranianos como carne de cañón— queden fuera de circulación y no vuelvan a acometer el mismo plan. Pero las élites están intentando que al menos en materia política y de relaciones inter europeas la imagen de Rusia sea la peor, quizás con la idea de ganar tiempo y volver a usar el terreno abonado. Se impone no obstante el realismo del petróleo y del gas y el hecho de que la Unión Europea no podrá sostener su status de polo económico con una de las monedas de mayor poder adquisitivo si los costos de producción siguen subiendo y bajando la renta de las empresas. Europa tiene ante sí el reto de sacudirse a los globalistas y hacer una política exterior soberana, sin que medien los intereses de las élites occidentales, quienes están destruyendo lo que queda de valor hacia el interior de dichas naciones. 

La ventaja energética está en las materias primas rusas y en cuanto a tecnología en el mercado chino. Ese es el realismo que estará prevaleciendo, so pena de seguir la deriva terrible de aumento del costo de la vida, despoblación, subida del desempleo y caída de los seguros sociales y de las ayudas del Estado de Bienestar Europeo. La restauración de las viejas relaciones de la ruta de la seda habla de ventajas elementales, que ofrecen la posibilidad de volver sobre el crecimiento y reconfigurar un nuevo orden. Porque lo que se está jugando en Ucrania es precisamente eso, la funcionalidad o no del mundo salido de la Conferencia de Yalta. Un orden que, ante el ascenso de China, se tambalea en la medida en que el gigante asiático es el mayor socio comercial y en que los Estados Unidos se transforman en deudores de los chinos. Esa balanza comercial —que no va a girarse como dijo Trump caprichosamente— es el indicador de que el mundo ya es otro y que ninguna de las guerras proxys de los occidentales ha logrado frenar el cambio y el reajuste en los equilibrios. 

Una guerra de alto costo sería el puntillazo a los Estados Unidos —más aún si el elemento que la desencadena es como en Irak un falso positivo evidente— por ello hay que seguir muy de cerca el escenario del Caribe. ¿Una jugada de engaño para desviar la atención o la búsqueda real de petróleo para poderlo revender a altos costos a los europeos y seguir el negocio? Todo eso está sobre la mesa y es parte del mal que significa ahora mismo el globalismo como paradigma en crisis, pero aún en pie. 

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