Con sangre y bombas: Israel trata de ocultar sus miserias

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Con sangre y bombas: Israel trata de ocultar sus miserias
Fecha de publicación: 
8 Noviembre 2023
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Con más de 10 000 muertos palestinos (4 100 niños y 2 600 mujeres) en su más reciente agresión a la Franja de Gaza, esta continúa con la inminente amenaza de una invasión terrestre para destruir todo lo que encuentre a su paso, y el fanatismo que raya en la locura de un ministro que llama a utilizar la bomba atómica.

Así, Israel trata de afianzar su poder en el Medio Oriente, aupado por el imperialismo norteamericano y una Europa cómplice del genocidio.

Hay toda una parafernalia de odio alrededor de este crimen de lesa humanidad, con médicos israelíes que piden la muerte de todos los palestinos, autoridades que obligan a personal árabe que labora en Israel a regresar a la Franja y ser víctimas de los ataques, mientras los medios de comunicación occidentales tratan de presentar al victimario como la víctima, alegando que fue la organización Hamás la que inició las hostilidades.

Detrás de todo esto, de esa leyenda sobre el Estado erigido sobre la sangre palestina, se oculta la verdad de un régimen que se ha ido depauperando, sea quien sea el que esté en el poder, hoy con un Netanyahu embarrado por prácticas corruptas y la ira popular por medidas draconianas.

La propia propaganda imperial hace que en Occidente se suela ver a Israel como un país excepcional en el Cercano Oriente: en medio de regímenes árabes autoritarios y depauperados, aparece como un Estado próspero económicamente, avanzado en tecnología y democrático.

Pero el investigador Michael Roberts, con el sólido apoyo estadístico y analítico que le caracteriza, muestra que, a pesar del masivo apoyo económico y militar de EE.UU., tal imagen es cada vez más una caricatura.

Y es que Israel afronta un futuro muy problemático tanto por el endémico enfrentamiento con la población palestina e inmigrante, como por las rémoras insalvables de una economía neoliberal y militarizada basada en la desigualdad y el desmantelamiento del Estado.

Recordemos que, en marzo, se celebró su aniversario 75, por lo que la revista The Economist comentó que Israel «es enormemente rico, más seguro de lo que ha sido durante la mayor parte de su historia, y democrático: es decir, si se está dispuesto a excluir los territorios ocupados» (¡sic!). Ha superado guerras, sequías y pobreza con pocos recursos naturales, aparte del factor humano. Es un caso atípico en Oriente Próximo, un centro de innovación y un ganador de la globalización.

BROMA DE MAL GUSTO

Estas palabras parecen ahora una broma de mal gusto, si tomamos en cuenta los acontecimientos de las últimas semanas o, también, si nos fijamos en la verdadera historia del Estado israelí.

Esa historia es la de unos inmigrantes judíos que llegaron a Palestina con el gran objetivo de establecer un Estado refugio para los judíos en su patria junto a los habitantes árabes. Muchos de estos sionistas soñaban con que Israel se convirtiera en una sociedad socialista modelo, con una propiedad comunal y gestionada a través de comunas locales o kibutz, como alternativa democrática al gobierno de jeques y generales en los Estados árabes.  

La realidad fue que, en la práctica, los inmigrantes judíos que se instalaron en Palestina y establecían el nuevo Estado socialista solo podían hacerlo expulsando violentamente a cientos de miles de árabes de sus hogares y de sus tierras.

Ahora bien, gracias a la combinación de una inmigración masiva (que duplicó la población judía), de enormes inversiones extranjeras de las comunidades judías ricas y de capital estadounidense, así como la creación de una fuerza militar potente, la economía de Israel creció muy rápidamente a partir de 1948. Fue la edad de oro del capitalismo de posguerra, cuando las tasas de beneficio eran elevadas, y la inversión, fuerte.

El llamado Estado socialista democrático de Israel tenía que desaparecer, si los capitalistas israelíes querían prosperar. Y así, como en muchas otras economías capitalistas, los israelíes eligieron gobiernos que pretendían acabar con el socialismo y abrir la economía al capital sin restricciones, al tiempo que reducían el estado de bienestar de Israel y el apoyo a colectivos como el kibutz. Israel entró con fuerza en la era neoliberal, que, globalmente, duró las dos o tres décadas siguientes.

REAGAN-THATCHER, COMO MODELOS

Con una política calcada a la de Reagan en EE.UU. y a la de Thatcher en el Reino Unido, entre 1986 y 2000 se vendieron 83 empresas estatales por un total de 8 700 millones de dólares estadounidenses. La aerolínea nacional ELAL, la red de telecomunicaciones Bese, todos los grandes bancos y otros cinco grandes conglomerados fueron vendidos a compradores seleccionados por el gobierno. Entre los compradores se encontraban muchos de los más ricos de Israel, junto con judíos estadounidenses adinerados y otros conglomerados extranjeros. Ninguna de estas empresas cotizaba en bolsa para su venta. Por ejemplo, el gobierno vendió Israel Chemical Ltd. a la familia Heisenberg a través de una licitación privada que se llevó a cabo entre 1993 y 1997.

Pero esto no ha durado. En el siglo XXI, como muchas otras economías emergentes, la economía capitalista de Israel encuentra cada vez más dificultades. Por supuesto, la gran diferencia es que, en su guerra perpetua con los Estados árabes vecinos, Israel ha contado con el respaldo total de Estados Unidos y del capital occidental. Así que, incluso enfrentándose al conflicto permanente con sus vecinos árabes y a los levantamientos de los palestinos desplazados, ha sido capaz de sobrevivir económicamente, y también de desarrollar una formidable fuerza militar.

Irónicamente, la inmigración masiva procedente de la antigua Unión Soviética, la importación de trabajadores extranjeros y el rápido crecimiento natural de la población árabe local, han hecho que Israel sea cada vez menos un Estado judío, en términos de población, y que siga siendo relativamente pequeño, con algo menos de 10 millones de habitantes.

AÚN MÁS REACCIONARIO

Pero el impacto de las políticas neoliberales y la desaceleración económica no han provocado un giro a la izquierda. Por el contrario, el miedo a los ataques árabes y el fracaso de cualquier oposición socialista alternativa eficaz han provocado el auge de los partidos políticos religiosos y étnicos. El capital israelí ha jugado las cartas de la raza y la religión para evitar cualquier confrontación en relación a sus fracasos económicos y sociales.

Las crisis económicas han continuado a intervalos regulares en el siglo XXI. En el 2003, Netanyahu recortó las prestaciones sociales, privatizó más empresas estatales, redujo el tipo máximo del impuesto sobre la renta, recortó drásticamente los servicios del sector público e impuso leyes antisindicales.
 
Siguió la Gran Recesión del 2008-2009 y luego el desplome pandémico del 2020, cuando el PIB cayó un 7%. El declive económico relativo de la economía israelí se revela en la tasa de crecimiento real del PIB en la Edad de Oro, la crisis de rentabilidad de los años 70, el período neoliberal y, ahora, en la Larga Depresión de los años del 2010 en adelante.

En los últimos diez años, los kibutz colectivos han desaparecido rápidamente para ser sustituidos por viviendas suburbanas de alta gama. El valor de la tierra se ha disparado con la especulación inmobiliaria. Se ha producido una erosión continua de la financiación de la sanidad y de otros servicios públicos, lo que ha provocado un aumento del coste privado de la sanidad, que se añade a las crecientes diferencias en el acceso a los servicios entre quienes tienen dinero y quienes no.

El sueño socialista del primer Estado israelí ha dado paso ahora a la realidad capitalista. La brecha entre las rentas más bajas y las más altas en Israel es la segunda más alta del mundo industrializado, y el índice de pobreza infantil solo es superado por México, entre los países desarrollados. Por promedio, uno de cada tres niños israelíes vive en la pobreza, y una de cada cinco familias subsiste muy por debajo del umbral de la pobreza.

DESIGUALDAD

Israel es uno de los países de renta alta más desigual. El 50% más pobre de la población gana una media de 57 900 NIS (nueva séquela, equivalente a 0,25 euros, aproximadamente CSH), mientras que el 10% más rico gana 19 veces más. Así, los niveles de desigualdad son similares a los de EE.UU., con el 50% inferior de la población ganando el 13% de la renta nacional total, mientras que la parte del 10% se lleva el 49%.

Por supuesto, la pobreza y la brecha de desigualdad es mucho mayor para los ciudadanos árabes de Israel, que representan alrededor del 20% de su población. Pero el índice de pobreza también es elevado en las comunidades judías ortodoxas, que representan una décima parte de la población. En cuanto a Gaza y Cisjordania, los niveles de pobreza son horrendos.

En marcado contraste, la concentración de riqueza en Israel es la segunda más alta del mundo occidental. Entre los notorios feudos familiares figuran: Alison, Boro Vich, Dakar, Afer, Vino, Hamburgo, Diezman, Wertheimer, Zis Apel, Revive, Federmann, Saben, Fishman, Sachar, Kiss, Strauss, Seltzer y Suva. Estas familias controlan colectivamente una quinta parte de los ingresos generados por las principales empresas de Israel, y estas 500 empresas principales representan el 40% del sector empresarial y el 59% de los ingresos nacionales.

Esta última guerra, convertida en genocidio, no hará caer la economía israelí. El gobierno cuenta con el apoyo militar y financiero de Estados Unidos.

La guerra continua puede beneficiar a los fabricantes de armas y a los militares, pero a largo plazo reduce la rentabilidad y la inversión en los sectores productivos de la economía. Y para los trabajadores, aparte de la horrible pérdida de vidas, significa una camisa de fuerza para mejorar sus condiciones de vida y el desarrollo humano.

Los gobiernos capitalistas de Israel no tienen solución para el interminable conflicto con el pueblo árabe bajo su ocupación y en sus fronteras. Ahora, con el estallido de otra guerra a un nivel grotescamente intensificado de violencia y represalias, las dulces palabras de The Economist en el aniversario 75 de Israel saben muy agrias, tanto para la población palestina como para la israelí.

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