Un Premio Nacional Con Colores De Retablo

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Un Premio Nacional Con Colores De Retablo
Fecha de publicación: 
8 Julio 2020
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Tras un intenso fogueo de criterios, opiniones, debates, intercambios acalorados y otros más razonados, ya puede proclamarse el Premio Nacional de Teatro 2020. No uno, sino dos ganadores, son los que en esta ocasión aparecen en esta noticia: el diseñador Zenén Calero Medina y el director, actor, dramaturgo e investigador Rubén Darío Salazar. Ellos son el alma y el corazón de Teatro de Las Estaciones, la agrupación líder del arte de la figura animada en nuestro país.

Cuando fundaron esa agrupación, en el verano de 1994, se propusieron recombinar todo lo aprendido bajo la égida de sus maestros, y lo que habían compartido en Teatro Papalote, donde René Fernández los encaminó hacia la visión y las potencialidades del títere, de la interacción de su presencia con el actor, con las múltiples variables de libertad que este arte milenario posee como un tesoro. No se limitaron a eso: convirtieron a Teatro de Las Estaciones en un laboratorio permanente de trabajo sobre la escena y a favor de ella, retomando los lazos a veces casi perdidos de los gestores de esa expresión en nuestro país.

El empeño investigativo y de rescate acerca de los Hermanos Camejo y Pepe Carril, máximos nombres de dicha tradición en Cuba, no se entiende no solo como arqueología, sino como una proyección vital de lo que, desde el Teatro Nacional de Guiñol, aquel trío espléndido consiguió con montajes como El sueño de Pelusín, La caja de los juguetes o el Don Juan Tenorio e Ibeyi añá.

El repertorio de Teatro de Las Estaciones no es una lista formal de títulos, sino la muestra de una progresión que va acumulando el abordaje de técnicas, formatos, y avanzando hacia una línea, como poética, donde la fusión del trabajo de diseño con la puesta en escena y sus desafíos deviene ejemplar. Desde Lo que le pasó a Liborio hasta Los dos príncipes, desde El Guiñol de los Matamoros hasta La virgencita de bronce; desde La Caperucita Roja hasta Pelusín y los pájaros; desde La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón hasta Canción para estar contigo, Alicia en busca del Conejo Blanco, El irrepresentable paseo de Buster Keaton…, Teatro de Las Estaciones ha sido el taller de talentos que ha convocado a actores, actrices, bailarines, coreógrafos, realizadores audiovisuales, diseñadores de la gráfica y de la multimedia, compositores y arreglistas, cantantes de música popular e instrumentistas de diversas formaciones. Y ha unido a ello a veteranos y a noveles, y ha gestado exposiciones, conferencias, seminarios, eventos, donde la mano compartida de Rubén Darío Salazar y Zenén Calero deja una huella abierta a nuevas y siempre útiles provocaciones.

Durante estos meses de confinamiento, a raíz de la pandemia que ha limitado tantas acciones, el núcleo de Teatro de Las Estaciones ha seguido dando muestras de vida intensa, fiel a su espíritu, y al del mismo arte titiritero. En la apretada lista de lo mejor de la escena cubana, ya hace mucho que este colectivo se encuentra en lugar destacado. Reconocer a sus líderes es también saludar lo mejor de la escena titiritera de la Isla, que por tercera vez, en la historia del Premio Nacional de Teatro, consigue el lauro, entregado anteriormente a René Fernández y al ya fallecido Armando Morales: dos figuras sin las cuales, tampoco, podría entenderse qué significa hoy, en el acervo escénico de nuestro país, lo que representa ante tantos espectadores el Teatro de Las Estaciones, como orgullo de Matanzas, de Cuba y de nuestra cultura.

Son varias las generaciones de niñas y niños, y personas adultas que han aplaudido esos espectáculos que nacen siempre de una investigación orgánica a partir de las demandas internas del grupo y su diálogo con otros creadores tanto nacionales como extranjeros, y que siempre combaten las convenciones de lo que viene a la mente de muchos cuando se habla de la figura animada. Mediante eventos como el Taller Internacional de Títeres, o el laboreo desde la filial de UNIMA Cuba, Teatro de Las Estaciones ha conseguido estar al día en cuanto a tendencias, intereses, voluntades y preocupaciones que no se circunscriben a lo que aparece en las tablas, sino que va también en pos de conseguir que sus propuestas se articulen con lo que ven, viven, sienten, los integrantes de sus públicos. Eso es también parte de la energía que moviliza a la compañía, respetada en festivales de otras latitudes, y de referencia ineludible cuando del ámbito titiritero se habla en Hispanoamérica.

Felicidades, entonces, a Zenén Calero Medina, dueño de un talento esplendoroso, capaz de unir matices, texturas y búsqueda permanente en pos de una visualidad donde lo dramático siempre consigue protagonismo. Felicidades, entonces, a Rubén Darío Salazar, el matancero por adopción que llegó desde Santiago de Cuba y de las aulas del ISA de la mano de Freddy Artiles y Mayra Navarro para aprender y aprehender todo lo posible en pos de la dignidad del arte titiritero en nuestra Nación.

Imaginarlos juntos, como una pareja que se crece en lo creativo y en su existencia compartida, es también alentador cuando de creación y biografía se trata. No sabe ya uno dónde comienza la pregunta que Zenén responde a Rubén, y viceversa, cuando vemos el estreno más reciente de Teatro de Las Estaciones, y eso nos devuelve a la memoria de los primeros espectáculos que empezaron a imaginar juntos. Es un premio, este, para el arte de los retablos en Cuba. Para el arte de la escena nacional. Para la Isla, y que saludarán los que, en otros lugares y en otras capitales del mapa, han sido testigos del fervor, la intensidad, la agudeza y el compromiso con el cual los líderes de esta compañía, asentada tan cerca del río San Juan, han soñado un retablo cubano que se parece al mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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