Juan Padrón: El hasta luego a un «patriota sin igual»

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Juan Padrón: El hasta luego a un «patriota sin igual»
Fecha de publicación: 
24 Marzo 2020
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Día X cualquiera de mi infancia. Regresaba de mi escuela primaria, Celso Stakemann, en Santiago de las Vegas, y a las 6:30 de la tarde, antes de desatar mi gen de niño «mataperro», me sentaba religiosamente delante del televisor a devorar una hora de dibujos animados.

No era fácil entonces persuadir a mi abuela Sara para que me dejase bajar del quinto piso de nuestro apartamento de microbrigada para liberar mis energías. En cambio, las canalizaba con los dibujos animados, sin dejar de tener en cuenta que el lunes era día de Arcoíris musical, el miércoles tocaba el turno de Dando vueltas, y el viernes, sencillamente, me citaba con La hora de las brujas.

En medio de toda esa programación, siempre esperaba con ansias los muñes. Me descubrí en no pocas ocasiones blandiendo una espada plástica roja de vikingo con casco y escudo, al más puro estilo mambí, pretendiendo ser Elpidio Valdés, Oliverio, Pepe o cualquiera de sus compatriotas, que luego descubrí en cuarto grado que establecían un mundo paralelo con la Historia de Cuba y muchos hombres que lucharon contra el colonialismo español.

Estuve en la piel de inventos como el cañón de cuero, transportando sal, fabricando torpedos, desafiando al V Batallón de cazadores y mirando repulsivamente a Media cara, Cortico y sus rayadillos.

Incluso soñaba con ofrecer un discurso a los tabaqueros del exilio, enviar mensajes ocultos, montar ferrys con cargamentos de armas encubiertas y enfrentar ese combo imponente de dólar y cañón.

Todo con el único propósito de lograr los objetivos independentistas de Elpidio, ese súper héroe de niños cubanos; para mí, mucho más real y latente que cualquiera de los Avengers de la Marvel, entiéndase Iron Man, Hulk, Batman, el Capitán América, Thor, Wonder Woman y compañía.

Entre otras cuestiones, por una sencilla razón: su creador, un cubano de pura cepa, humilde hasta la médula, y con una capacidad increíble para hacer reír hasta al más pinto con la naturalidad de sus historias y personajes, de nombre Juan Padrón, caló la fibra sensible de muchos niños, adolescentes y cubanos de todas las edades, y transgredió incluso nuestras fronteras con sus creaciones.

Crecí con Elpidio Valdés, cabalgando sobre Palmiche y embistiendo batallones de soldados españoles o, sencillamente, de cualquier injusticia que enfrente se me colocara.

Y es que Juan también nos enseñó eso: además del profundo amor por esa etapa de nuestra historia, revalorizó a la sociedad cubana a través de sus personajes, colocó cada carga al machete del lado del bien, y sencillamente retrató el genoma del cubano en cada historieta.

Con ese profundo sentimiento de independentismo y solidaridad, clavado como una estaca frente a mi Panacolor de entonces, me sorprendió otra de sus obras maestras:

Vampiros en La Habana

Ya para entonces, en mi segundo contacto serio con la saga, descubrí en Pepe y sus músicos otros pasajes de nuestra historia. La canalización de inquietudes y el enfrentamiento clandestino al poder neocolonial y a la injerencia de Estados Unidos, música y pentagramas mediante.

Quise llenar mi sala de experimentos, me expuse al sol y a la luna encapuchado y encarné en más de una ocasión a Joseph.

Sí, porque Juan tuvo esa virtud. La de inocularnos, sin temor a equivocarme, a casi la totalidad de los cubanos que conozco, esa empatía con sus caracteres e historietas; a tal punto, en mi caso, de saberme los diálogos de memoria.

Me subí a la azotea a un duelo campal con Media cara, le pedí la fórmula en más de una ocasión a Joseph, y por si eso no bastara, me hice un hombre de bien tomando como paradigmas muchos de los conceptos y valores presentes en su obra.

Si algo me debo en vida, teniendo la oportunidad de haber coincidido con su hija Silvia (proveniente el nombre de María Silvia) en los años de la Lenin, es haberle hecho una entrevista, aunque fuera una de futuro periodista «imberbe», de un adolescente movido por disímiles inquietudes propias de la edad, por la huella apasionada de Elpidio Valdés y Vampiros en La Habana, sencillamente un diálogo matizado por la diafanidad propia del cubano más que por un cuestionario formal.

A ese; al Juan de mi niñez y adolescencia; al historietista que marcó, en buena medida, el hombre en que me he convertido, el patriota que siempre llevaré dentro. Al eterno mambí que batalló hasta la saciedad con la muerte, pero que no pudo salir airoso ante esta; sin embargo, emprendió un viaje a lo eterno. Gracias, mil veces gracias por tu obra; por dejarnos a Elpidio, Joseph y Pepito con su trompeta en el alma de cada cubano.

A ti, Juan Padrón, por siempre… ¡Viva Cuba Libre!

Para el amigo Juan Padrón,

Patriota sin igual,

Que caló en mi corazón

A puro machete y cabalgar.

Con Palmiche y Valdés,

Jinetes de causas justas,

Viajé feliz por mi niñez

Y de hombre de bien hallé la ruta.

Joseph me develó el secreto

De su fórmula bendita,

Pepe le puso melodía

Con su trompeta veraz,

Y hoy, presto a entregar

Mi vida de cara al sol,

Le confieso con el orgullo

Que en mi corazón hay:

Usted marche a lo eterno tranquilo.

¡Hasta la vista, compay!

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