José Martí vino a luchar… y se hizo estrella

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José Martí vino a luchar… y se hizo estrella
Fecha de publicación: 
19 Mayo 2020
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Raúl Martínez: 15 repeticiones de Martí, 1966. 198.5 x 225.5 cm. Colección del Museo Nacional de Bellas Artes.

 

Se habla mucho de los últimos días de José Martí.

Se polemiza.

Algunos dicen que Martí no tenía que haber venido a Cuba, que debía haberse quedado en los Estados Unidos, en labores de organización en la distancia, como guía intelectual.

Decir eso es no conocerlo. Es ignorar su estatura. No comprender su ética vital.

El hombre de letras y el hombre de acción eran un mismo hombre. Y la Patria, para él, era lo primero. La poesía suprema. El ara, no el pedestal.

Martí tenía que venir. Martí tenía que estar en el campo de batalla. Tenía que compartir la suerte de los hombres que él mismo arengó.

Hay quien dice que esa decisión fue prácticamente un suicidio, teniendo en cuenta el hecho de que Martí no era un militar de carrera.

Pero el que relea su célebre Diario de campaña no encuentra ahí la voz de un hombre que se despide, sino la de un luchador, un valiente, un soldado que se debate entre las contradicciones de una guerra necesaria y ardua, pero que pone por encima de todo su compromiso con esa guerra, que es el compromiso con la libertad de un pueblo.

Y al mismo tiempo, en esas páginas está el relato lírico y emocionado de un viaje, el deslumbramiento ante la belleza de un paisaje.

Martí es el político, el jefe militar… pero sigue siendo el poeta.

Con estilo diáfano, frases cortas que contrastan con las largas oraciones de tantos artículos y discursos, el héroe hace la crónica. Y en la crónica hay poesía:

«La luna asoma, roja, bajo una nube. Arribamos a una playa de piedras (La Playita al pie de Cajobabo). Me quedo en el bote el último vaciándolo. Salto. Dicha grande» —escribe el 11 de abril».

Dicha grande. Inmensa debe haber sido la emoción de pisar Cuba otra vez, en un paisaje que le era desconocido, pero que sentía propio, hondo.

El Diario de campaña es una hoja de ruta, pero sazonada aquí y allá con notas de color.

Apunta el 14 de abril:

«Día mambí.- Salimos a las 5. A la cintura cruzamos el río, y recruzamos por él: bagás altos a la orilla. Luego, a zapato nuevo, bien cargado, la altísima loma, de yaya de hoja fina, majagua de Cuba, y cupey de piña estrellada. Vemos, acurrucada en un lechero, la primera jutía».

Y aquí y allá deja testimonio de lo que siente, de lo que lo inspira:

«Y en todo el día, ¡qué luz, qué aire, qué lleno el pecho, qué ligero el cuerpo angustiado! Miro del rancho afuera, y veo, en lo alto de la cresta atrás, una paloma y una estrella».

Hay que leer el Diario. Es un documento muy útil (quizás el más útil) para reconstruir ese viaje final del Apóstol. Martí es prolijo en la narración de peripecias.

Escribe el 22 de abril:

«Día de espera impaciente. Baño en el río, de cascadas y hoyas, y grandes piedras, y golpes de cañas a la orilla. Me lavan mi ropa azul, mi chamarreta. A mediodía vienen los hermanos de Luis, orgullosos de la comida casera que nos traen: huevos fritos, puerco frito y una gran torta de pan de maíz. Comemos bajo el chubasco, y luego de un macheteo, izan una tienda, techada con las capas de goma».

Están los momentos de paz y también los rigores del combate. 25 de abril:

«Jornada de guerra.- A monte puro vamos acercándonos, ya en las garras de Guantánamo, hostil en la primera guerra, hacia Arroyo Hondo. Perdíamos el rumbo. Las espinas nos tajaban. Los bejucos nos ahorcaban y azotaban. Pasamos por un bosque de jigüeras, verdes, pegadas al tronco desnudo, o a tramo ralo. La gente va vaciando jigüeras, emparejándoles la boca. A las once, redondo tiroteo. Tiro graneado, que retumba; contra tiros velados y secos. Como a nuestros mismos pies es el combate: entran, pesadas, tres balas que dan en los troncos. "¡Qué bonito es un tiroteo de lejos!", dice el muchachón agraciado de San Antonio -un niño. "Más bonito es de cerca", dice el viejo».

Pero el interés mayor está, obviamente, en todo lo que revela sobre la relación entre los tres grandes de esta guerra: Gómez, Maceo, el propio Martí.

Martí vuela alto, está por encima de rencillas y resquemores íntimos. Reconoce la grandeza de la obra y se pone a las órdenes de esa obra grande.

28 de abril:

«Amanezco al trabajo. A las 9 forman, y Gómez, sincero y conciso arenga: Yo hablo, al sol. Y al trabajo. A que quede ligada esta fuerza en el espíritu unido: a fijar, y dejar ordenada, la guerra enérgica y magnánima: a abrir vías con el Norte, y servicio de parque: a reprimir cualquier intentona, de perturbar la guerra con promesas».

Con Antonio Maceo la relación es más compleja. Escribe el 5 de mayo:

«Vamos, con la fuerza toda. De pronto, unos jinetes. Maceo, con un caballo dorado, en traje de holanda gris: ya tiene plata la silla, airosa y con estrellas. Salió a buscarnos, porque tiene a su gente de marcha: al ingenio cercano, a Mejorana, va Maspón a que adelanten almuerzo para cien (…)

«No puedo desenredarle a Maceo la conversación: "¿pero Ud. se queda conmigo o se va con Gómez?" Y me habla, cortándome las palabras, como si fuese yo la continuación del gobierno leguleyo, y su representante».

Debió ser duro para José Martí tener que discutir con Maceo, con el héroe de tantas batallas, con el ídolo de miles, el hombre al que admiraba y respetaba, al que sabía imprescindible.

Defendían dos concepciones distintas de la guerra. En La Mejorana el debate fue duro. No se ponían de acuerdo. Y ambos líderes tenían sus razones.

La reunión entre Gómez, Maceo y Martí, en un momento determinado, se desarrolló sin testigos. Terreno para la especulación.

Martí cierra sus anotaciones del día:

«Y así como echados, y con ideas tristes, dormimos».

Las páginas del 6 de mayo fueron arrancadas. Los historiadores no se ponen de acuerdo. ¿Quién las arrancó? ¿Cuál fue su destino?

Algunos creen que pudo haber sido el propio Martí, en un ejercicio de contención. Dejar a un lado la ira antes de escribir. Pensar con la cabeza clara. Mirar con perspectiva.

Una guerra no es una correría fraternal. Hay pequeñas guerras dentro de una gran guerra.

Esa era la guerra de Martí. Pero también la de Gómez y Maceo. La de todos los cubanos dignos. A Martí le correspondía encontrarle cauce.

El día 15 de mayo escribe, es de nuevo el poeta:

«La lluvia de la noche, el fango, el baño en el Contramaestre: la caricia del agua que corre: la seda del agua».

Y el 17, dos días antes de su muerte, cierra el Diario. Lo cierra, sin saber que lo está cerrando:

«Y estos que vienen, me cuentan de Rosa Moreno, la campesina viuda que le mandó a Rabí su hijo único Melesio, de 16 años: "allá murió tu padre: ya yo no puedo ir: tú ve". Asan plátanos, y majan tasajo de vaca, con una piedra en el pilón, para los recienvenidos. Está muy turbia el agua crecida del Contramaestre,- y me trae Valentín un jarro hervido en dulce, con hojas de higo».

No. Martí no vino a Cuba a que lo mataran. Vino a luchar, a entregarse.

La muerte fue el accidente.

Y con la muerte, se hizo estrella.

Guía.

Luz.

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