Desplome y alza

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Desplome y alza
Fecha de publicación: 
5 Abril 2020
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Al pasar más tiempo con nosotros mismos, algo del reposo que siente el planeta se convierte en parte de nuestro día.

¿Y qué hacer con la belleza de esta hora?
Liuba María Hevia

Las cosas pueden cambiar súbitamente o a largo plazo. Pero cambian. Lo único seguro, fijo, es el cambio. No hay otra opción que acogerlo.

Al pasar más tiempo con nosotros mismos, algo del reposo que siente el planeta se convierte en parte de nuestro día. Los pájaros han vuelto a anidar sin temor. Hay calles que se han llenado de pavorreales. La capa de ozono parece reconstituirse. El organismo vivo que nos sirve de hogar respira de nuevo.

¿Nos servirá esta lección o pasará como otras? ¿Por qué la recurrencia de guerras y pandemias? ¿De dónde sale esa incapacidad de contemplar, disfrutar y cuidar tanta belleza que hay en nuestro planeta. ¿Es castigo divino, como aseguran ciertos fanáticos que venden a dios como una pasta de dientes? ¿O será la ignorancia de la búsqueda de la felicidad en la dirección equivocada? El “yo-lo mío” pasa la cuenta una y otra vez.

Pero la mayoría se vuelve creativa en el acto de cuidarse y cuidar. Agradecemos más que nunca a quienes están en el frente de batalla. Desde los especialistas a los camilleros, del personal de limpieza a las enfermeras/os. Todos enfrentan el peligro con esa savia especial de quienes han nacido para cuidar al mundo.

Entonces aparece la energía femenina por todas partes. Esas diosas que nos acompañan a costa de lo que sea. Complementan las indicaciones sanitarias con el amor que no pueden dejar de ofrecer. Son intuitivas y prácticas, además de amorosas. Inmersas en el presente que es donde está la vida que protegen, se movilizan, buscan telas, preguntan, cosen mascarillas. Dan consejos, o regañan, y exigen que se cumplan las reglas. Sonríen aunque tengan miedo como los demás, porque están convencidas de que la vida prosigue, imparable, de la manera que sea.

En los países ricos, quienes detentan más que otros, ven, de pronto, que a esa seguridad que creían permanente para ellos, sus familias y sus alrededores, les ha sucedido algo insólito, impensable. Algo que ni siquiera tiene vida hasta que hace contacto con un humano, ha pinchado la burbuja en la cual viven. Todo desplomado, incluso el banquete de caridad para recoger fondos para los desamparados y la fundación para niños enfermos.

La imagen completa, con sus aristas más conmovedoras y proyectables, se desploma a la par que la Bolsa de Valores. Valor es un verbo con varias connotaciones, y suena sacrílego cuando se sustituye por especulación, extorsión disfrazada, manipulación, exaltación y depresión. Porque hay mucho de esto último, a no dudar.

 Y no todos son así, claro. No hay nada en blanco y negro. Pero hasta los más sinceros al entregar el cheque para una “buena causa”, no vacilarían en repetir el dogma de que “hay que ver los malos momentos como una oportunidad”. Una vacuna para vender a medio mundo bien podría serlo, de má$ está decirlo.  

En tanto, quienes sí producen, desde las grandes industrias, las fábricas, el campo o los pequeños establecimientos en los barrios, vuelven a cargar con la peor parte. De nuevo.

Así funcionan las cosas... por ahora.

El cambio no ha dejado de ser lo único fijo, aunque unos pocos aún no se lo crean.

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