Colonialismo informativo: Añeja pandemia que recorre América Latina

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Colonialismo informativo: Añeja pandemia que recorre América Latina
Fecha de publicación: 
14 Mayo 2020
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La dañina polarización que fue azuzada por el papel protagónico que se le otorga a las denuncias y críticas de la selecta "prensa extranjera", es alarmante en América Latina..

Un virus que parece no tener antídoto anida hace mucho tiempo en los medios latinoamericanos. Es una pandemia que, según el caso, puede desatar indignación o admiración, que socava o fortalece la imagen de gobiernos, que desprecia los esfuerzos locales y prioriza el aval externo.

Se trata de la dependencia hacia la mirada de "la prensa extranjera", que ni siquiera abarca de verdad a la prensa extranjera, sino que se limita a recoger la visión de los medios más influyentes de los países occidentales. Basta que algún diario de renombre en Estados Unidos o Europa publique un reportaje o análisis para que esa información tenga amplia repercusión en el país latinoamericano aludido. Y, sobre todo, para que se valide esa posición, tenga o no sustento. Si lo dijo el medio importantísimo, es más que suficiente para provocar vergüenza u orgullo nacional. La autoestima al servicio del juicio ajeno.

Acaba de pasar en México. La semana pasada varios medios extranjeros publicaron textos con dudas sobre las cifras oficiales de contagios y muertes provocadas por el coronavirus. El que más escándalo hizo fue un artículo de The New York Times. La "noticia" afirmaba, de manera contundente, que el gobierno ocultaba cifras de víctimas en la Ciudad de México.

La oposición al presidente Andrés Manuel López Obrador la viralizó enseguida, con suma indignación. Qué vergüenza, ¿lo ven? El gobierno miente. Se acabó la farsa. Manipulador. Es un escándalo.

Pero parecía que los retuiteadores seriales no habían leído la nota, porque la "denuncia" no tenía sustento alguno. Eran especulaciones basadas en su mayoría en fuentes anónimas e incomprobables. Sin documentos, sin pruebas, sin rigor, ni responsabilidad.

Ah, pero lo dijo el New York Times. Alcanza para creerle. Además, otros diarios influyentes como The Wall Street Journal, The Washington Post y El País publicaron, con mayor o menor solidez, textos similares de manera casi simultánea. Es parte de ese conglomerado conocido en nuestra región como "la prensa extranjera". La que cuenta. La que se usa a modo, sólo si refuerza líneas editoriales, filias y fobias políticas. La que importa, aunque especule.

Un editor estadounidense incluso escribió que, tal y como lo decía su medio, era "casi seguro" que hubiese más muertes de las que reportaba el gobierno. Casi seguro. Una nueva fórmula del periodismo de investigación.

Las dudas sobre el conteo de víctimas existen y no sólo en México. Hay que investigarlas y denunciarlas. Periodistas mexicanos ya las habían reportado. Quinto Elemento, una organización periodística que trabaja de manera colaborativa, ha logrado documentar en varios trabajos la falta de transparencia en las cifras de la pandemia en el país y en el resto de América Latina.

Pero ninguna de sus investigaciones, en las que participan decenas de reporteros, ha tenido tanta repercusión como la del New York Times, la cual incluso obligó al gobierno a responder a través del vocero de la crisis sanitaria, el subsecretario de Salud Hugo López-Gatell.

La veneración mediática es sólo de ida. ¿O alguien se imagina a esos diarios publicando notas del tipo: "¿cómo nos ve la prensa latinoamericana?". Yo tampoco.

No se trata, por supuesto, de defenestrar en conjunto a los medios de otros países, mucho menos a los colegas, a partir de nacionalismos baratos. Pero sí de analizar el peso que ese colonialismo informativo tiene en la construcción de las narrativas locales, cómo refuerzan o construyen estereotipos, cómo se suman o son utilizados en debates políticos específicos en cada país.

La polémica en México, por ejemplo, no les sirvió sólo a los opositores. Los simpatizantes oficialistas entraron al ataque. La conspiracionitis quedó servida. Qué raro que tantos medios internacionales publiquen al mismo tiempo la misma denuncia. Obvio que es una campaña internacional contra López Obrador.

El griterío, la confusión, sólo sirvió para fortalecer certezas en los sectores más radicalizados: el gobierno miente vs. es una maniobra para desestabilizar al gobierno.

Ayudó, también, a replicar la estrategia de descalificación generalizada de la prensa que, de manera permanente, impulsa López Obrador y que provoca reacciones violentas contra cualquiera que se atreva a cuestionarlo, ya sea desde una página editorial o en una de sus conferencias mañaneras. Los insultos, las agresiones verbales y físicas que padecen periodistas profesionales son cotidianas y riesgosas para la libertad de expresión y el derecho al acceso a la información en un país que, de por sí, ya es el más peligroso para ejercer el periodismo en América Latina.

El presidente nunca condena los ataques de sus seguidores fanatizados contra los periodistas que no se suman a la adulación al gobierno. Él mismo los fomenta al estigmatizar a los periodistas que no lo apoyan. A todos. Sin distinción alguna, con su ya conocida intolerancia a la crítica, los aglutina entre sus "adversarios". Los llama "fifís", "conservadores", "hampa del periodismo", "neoliberales", "corruptos" que estuvieron "al servicio del poder" y que ahora ya no reciben "chayos" (sobornos). Hace poco, en una prueba más de su desconocimiento sobre la transformación que la prensa mexicana ha tenido en los últimos años, y que incluye la creación de múltiples medios alternativos que trabajan con seriedad, llegó al extremo de afirmar que en México no había periodismo independiente. Porque su cosmovisión, en todos los sentidos, se reduce a amigos o enemigos.

A los amigos, es bien sabido, se les perdona todo, como al locutor Javier Alatorre, quien, rayando en el delito de atentado a la salud pública, pidió en televisión desobedecer las recomendaciones del gobierno sobre el coronavirus. "Se equivocó, es una buena persona, cometió un error como cometemos todos", dijo el presidente con una indulgencia inusitada si se toma en cuenta la tensa relación que mantiene de manera permanente con la prensa. El trasfondo es su alianza con Ricardo Salinas Pliego, el dueño de la televisora en la que Alatorre llamó a la rebelión, uno de los empresarios consentidos del gobierno.  

La construcción de un enemigo estable a partir de dogmas le es funcional al gobernante mexicano. En ese paradigma, con sus publicaciones, The New York Times y otros diarios mutaron en sus adversarios, concepción que hubiera sido más difícil de propalar si el reportaje hubiera contado con evidencias inobjetables.

Así, perdió el periodismo, perdieron las y los ciudadanos que deben recibir información oficial transparente, y ganaron las operaciones partidistas y mediáticas a favor y en contra del gobierno. Todo, gracias a la dañina polarización que fue azuzada por el papel protagónico que se le otorga a las denuncias y críticas de la selecta "prensa extranjera". Ojalá algún día encontremos la vacuna para terminar con esa dependencia y autoflagelación.

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