Los retos de la televisión en la era digital

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Los retos de la televisión en la era digital
Fecha de publicación: 
28 Noviembre 2025
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La Televisión Cubana (TVC) se encuentra en un proceso de reinvención forzosa, un desafío que adquiere matices particulares en la era de los contenidos digitales.

El siglo XXI no exige su extinción, sino una evolución urgente que le permita conectar con audiencias fragmentadas, competir en un ecosistema multiplataforma y reafirmar su valor cultural como medio masivo de comunicación.

En el primer frente de batalla se ubica la reconquista de las audiencias jóvenes, nativas digitales que consumen contenido de forma no lineal y exigen participación activa. Para ellas, la parrilla de programación fija es un anacronismo. Su espacio natural son las redes sociales y las plataformas de streaming, donde deciden qué, cuándo y cómo consumir los contenidos. 

La televisión tradicional, por tanto, ya no compite solo con otros canales, sino con TikTok, YouTube y Netflix. Ignorar esta realidad significa firmar su acta de irrelevancia progresiva. 

Entonces, la solución no pasa por abandonar la pantalla abierta, sino por complementarla con una estrategia digital agresiva que lleve el contenido a donde está el público.

En este contexto, la creatividad en los formatos y narrativas se convierte en una moneda de cambio esencial. La rigidez de los programas tradicionales choca con los hábitos contemporáneos de consumo, donde un podcast de entrevistas de tres horas puede tener éxito porque el usuario lo escucha mientras realiza otras actividades. 

Los realizadores y decisores de la televisión tradicional deben aprender de esta flexibilidad, lo cual implica desarrollar contenios desglosables, que vivan más allá de su emisión lineal: clips virales para redes, podcasts derivados de entrevistas o programas completos, y segmentos de profundización disponibles en línea. 

Se trata de adoptar una lógica transmedia, donde una misma historia se expanda a través de múltiples soportes, enriqueciendo la experiencia del espectador y maximizando el rendimiento de cada producción.

Sin embargo, esta transición no es solo una cuestión técnica; es, sobre todo, un desafío de mentalidad y formación. 

En ese contexto, la alfabetización mediática e informacional de los propios realizadores, periodistas y directivos es un requisito previo. No se puede conectar con una audiencia digital si no se comprenden sus códigos, sus plataformas y sus métricas. Profesionalizar el uso de las redes sociales, no como un apéndice de promoción, sino como un espacio genuino de creación de contenido y diálogo, es una tarea impostergable. Paralelamente, en un entorno saturado de información —y desinformación—, el rol de la televisión pública como garante de credibilidad y rigor periodístico se vuelve más crucial que nunca. Su valor ya no reside solo en lo que emite, sino en la confianza que sea capaz de generar.

Para la TVC, con una rica herencia de 75 años en la narrativa audiovisual, esta transformación representa una oportunidad única. La tradición de las radionovelas, por ejemplo, encuentra un renacer natural en el auge global de los podcasts de ficción narrativa. 

La clave está en modernizar esos formatos clásicos con producciones de calidad y una distribución acorde a los tiempos que corren.

Además, su misión social la obliga a ser un espejo de la diversidad de la nación. Esto implica desarrollar un storytelling inclusivo que de voz a los municipios -sobre todo a los de la capital cubana-, a todos los actores sociales y a temas a menudo invisibilizados, como las tradiciones comunitarias, contados con un lenguaje fresco que conecte con las nuevas generaciones.

El camino a seguir, por tanto, no es la resistencia al cambio, sino una adaptación estratégica. Los retos son múltiples: desde la necesidad de una mayor agilidad para la producción de contenidos digitales, hasta la imperiosa modernización tecnológica y la creación de estrategias de medición de audiencias que vayan más allá del rating tradicional.

La televisión pública del siglo XXI debe ser, ante todo, una televisión conectada. Debe mantener su columna vertebral en la pantalla abierta, vital para sectores de la población con acceso limitado a internet, mientras construye robustos puentes hacia el universo digital. 

Su supervivencia y relevancia futura dependen de su capacidad para equilibrar su vocación de servicio público con la creatividad y la capacidad de diálogo que exigen los nuevos tiempos. 

La televisión tradicional no ha muerto, pero si sus hacedores se resisten a escuchar y hablar el lenguaje de su tiempo, este medio puede correr el peligro de extinción.

Por eso resonó con tanta fuerza en el foro TVMorfosis La Habana la sentencia del publicista colombiano Juan Pablo Astudillo: “Finalmente decimos, murió la televisión...pero el contenido está más vivo que nunca”. 

La afirmación anterior, aparentemente simple, encierra la encrucijada fundamental que enfrenta la televisión, no solo a nivel global, sino de manera particularmente aguda para un medio público como el cubano.

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