Transporte, playas e indisciplinas sociales: “Un todo incluido”

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Transporte, playas e indisciplinas sociales: “Un todo incluido”
Fecha de publicación: 
15 Agosto 2019
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Una saga de “cuentos de horror y misterio” pudieran hacer los realizadores de audiovisuales con unas pocas veces que viajen en las guaguas con destinos de playas.

No encuentro explicación alguna al por qué ese trayecto entre la playa y el hogar (u otro lugar cualquiera) no se realiza de la forma más digna posible, sin tener que soportar altos volúmenes de música (casi siempre de la peor factura), los playistas con las trusas mojadas, a poco vestir, y los niños brincando y haciendo de las suyas, como si el pasillo del ómnibus y los asientos fueran un parque de diversiones.

Hoy, en medio de este verano fatigoso, ello ocurre donde quiera que esté ubicada la zona de playa. Una señora decía el otro día “que la población ha perdido cordura en cuanto a comportamientos y modales”. Y no deja de tener razón, porque a decir verdad sobre todo en el área trasera del transporte público la gente, literalmente, hace lo que le viene en ganas.

Hace unos días, por la última de las puertas del P-10 montó un “pasajero” inusual llamado Tobi. Era un perrito a quien su dueño atropelló de alguna manera al obligarlo a viajar en esas condiciones. “¡El pobre, va apretujado entre las personas, él no merece eso!”, exclamó una pasajera evidentemente sensibilizada con el animalito.

Luego, al avanzar otro tanto, una muchacha subió comiendo mamoncillos, acompañada de un joven que llevaba una especie de cubo grande repleta de esas pequeñas frutas. Quienes estaban bien vestidos, trataban de alejarse de ellos pues el mamoncillo mancha la ropa. Sin embargo, a los susodichos esto no les preocupaba.

Las indisciplinas en el transporte urbano son cada vez más preocupantes. He sido testigo de niños encaramados en los espaldares de los asientos; adolescentes que una vez en las paradas saltan por las ventanillas; jóvenes y adultos que se sientan unos arribas de otros, y hombres que no tienen reparos a la hora de abrir las piernas, como si el espacio estuviera destinado solo para ellos.

El caso de los niños merece una observación especial, pues actúan indebidamente ante la vista y el consentimiento de los padres, quienes son los primeros en cometer muchas de las indisciplinas narradas con anterioridad.

Si un pequeño observa que el adulto toma el ómnibus en ropa de playa, mojada por demás, con los zapatos y las chancletas en las manos, tomando ron del pico de una botella o de un vaso plástico, gritando, y bailando delante de todos, como si aquello fuera un cabaret, entonces ¿qué educación formal y buenos modales se le puede exigir después?

En realidad resulta muy difícil abordar un transporte en esas condiciones. Muchos de los asientos ya tienen huecos, el mal olor se adueña de determinados espacios, sobre todo en el llamado “acordeón”, donde incluso no solo orinan los pasajeros, sino también los choferes y conductores; pues este personal (según he escuchado) no tiene dónde hacer sus necesidades cuando llegan a los puntos cabeceras. Aunque soy del criterio que tal acción No tiene justificación alguna, pues siempre puede encontrarse una alternativa.

En fin, el transporte público necesita cada vez más de un control constante, sistemático y, sobre todo, consciente. Ya la época de playa va en picada, pero en septiembre comienzan las clases, y las actuaciones entonces asumen otros matices.


Está claro que algunos no tienen conciencia de los esfuerzos que realiza el país por mejorar el transporte público.

Una amiga a quien le comenté el tema sugería que si seguimos así en lugar de comprar más guaguas  iban a tener que colocar cámaras en determinados lugares y espacios cerrados como estos, para que la gente se limite a la hora de cometer indisciplinas. Estamos conscientes de que en cada guagua no puede viajar un policía, ni el chofer puede estar vigilando lo que sucede atrás o a mediados del transporte que conduce. Otro cosa que se puede hacer es poner pegatinas en los ómnibus sobre la necesidad de cuidar la propiedad de todos y las sanciones por violar las normas establecidas.

Resulta imprescindible poner un coto a las indisciplinas sociales y aquellos que rompan los asientos y no cuiden la propiedad social deben pagar por ello.

Muchos de nuestros compatriotas que viajan por el mundo regresan a Cuba admirados por el cuidado de las calles y de los bienes puestos al servicio del pueblo (como el transporte, por ejemplo). Una vez allí no les queda más remedio que asumir los buenos modales y las conductas saludables de la convivencia humana. La gente no sube a la guagua sin pagar, ni con equipos portátiles para que toda una comunidad escuche lo que esa persona desea.

Cada país dispone sus propias normas, que los ciudadanos están en la obligación de cumplir. Por lo tanto, aquí se necesita un actuar más severo por parte de las autoridades correspondientes, porque todos no tenemos porqué convivir con este tipo de indisciplinas, que distan mucho de la manera de ser de la mayoría de los cubanos.

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