ARCHIVOS PARLANCHINES: Agua que cae del cielo…

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ARCHIVOS PARLANCHINES: Agua que cae del cielo…
Fecha de publicación: 
19 Julio 2019
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En Cuba no cae nieve o granizo, como quisieran los románticos y los tipos que tienen musarañas en sus cabezas, pero sí tenemos buenas lluvias, como las que han azotado este mes de julio a buena parte del país. Y a propósito: ¿conocen ustedes a algún cubano que no se haya bañado nunca en un aguacero? Probablemente no, pues eso de correr en medio de un aluvión siempre ha sido para los niños y adolescentes una aventura llena de riesgos y emociones, una suerte de grito de redención que los convierte en hombrecitos y le agrega adrenalina al tedio de la vida diaria.
 

A mí nunca me dejaron vivir dicho matrimonio con las hadas, aunque a veces lograba subir en secreto al tejado de mi casa en Guanabacoa para esperar la tormenta a pecho descubierto, dispuesto a vencer el catarrito bobo que, de seguro, me provocaría el chaparrón.
 

Paradójicamente, los baños callejeros pueden tener muchos atractivos. Los pequeños corren como locos por todas las cuadras de su vecindario, gritan con furia y se ríen de manera histérica para liberarse, un poco, del estrés de la escuela o de sus propias casas. Al mismo tiempo, aprovechan los charcos que hay en la calle y se tiran agua entre todos en un ambiente de bromas y atrevimiento.

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No faltan tampoco los que, acompañados por los mayores, juegan fútbol bajo el torrente y tratan de imitar a Ronaldo o a Messi sin importarles los rayos y los vientos de borrascas.
 

Pepe, el santero de la cuadra, me comentó cierto día que él obligaba a sus hijos a meterse en el temporal, pues este «les blanqueaba la piel», y Luisita, la vanidosa peluquera, me aseguró que la lluvia le dejaba el pelo muy suave y con olor a fruta fresca. Y ni hablar de los «choferes» de las chivichanas, quienes, en pareja, lanzan sus armatostes cuesta abajo por las calles más elevadas y empapan a los pobres transeúntes que van caminando ajenos a la catástrofe que se les viene encima.
 

De todas formas, es bueno aclarar que, entre las muchas precipitaciones del año, hay una muy particular en Cuba: el primer aguacero de mayo, el cual ha sido esperado durante decenios por nuestros abuelos y abuelas y aún hoy sigue teniendo imán, sobre todo en las zonas del interior de la Isla, donde chorrear un poco es visto como un golpe demoledor contra el «coco».
 

Los motivos son diversos y controvertidos; no obstante, la mayoría de nuestros hombres de campo, celosos de las mitologías de la palma y las parideras de los cerdos, indican que esta mojada puede augurarnos buena fortuna, limpiarnos de manera radical y darnos muchas energías y salud. Como si esto fuese poco, las aguas precursoras del quinto mes, al parecer, también están «benditas», por lo que nos salvan de algún bilongo o mal de ojo.
 

Es, asimismo, una creencia extendida que este líquido nos libra de unas descomposiciones estomacales terribles llamadas el «Bobo de Mayo», por lo que en muchos pueblos cubanos es recogido con celo en palanganas, cubos, tanques y otros recipientes. Según algunos, acelera igualmente el crecimiento de los niños, rejuvenece, elimina parásitos intestinales, bendice las cosechas y hasta… ¡fortalece el pelo!
 

Algunos científicos consideran que adjudicarle propiedades curativas al primer diluvio de mayo es «cosa de viejos»; sin embargo, en cuanto caen las primeras gotas, salen a la calle los niños y los adolescentes, eufóricos y esperanzados, con el fin de asistir a una fiesta que se vive en la tierra, pero viene desde las nubes. Y es que, contra el imaginario popular, los conceptos académicos resultan siempre fallidos.

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Muchos adultos añoran los días en que resbalaban por la acera e iban a dar con sus huesos al otro lado de la cuadra, para desde allí, con picardía, saludar a sus abuelas, quienes no dejaban de refunfuñar y maldecir. Estaban casi desnudos, descalzos y con poco en el estómago. Sin embargo, no necesitaban los juguetes caros ni las novedades tecnológicas de hoy. Les bastaba con moverse un poco al compás de Agua que cae del cielo, el recordado tema de Adalberto Álvarez, para sentirse los gobernadores del cosmos.

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