Habana 500: Magnolias y calcañares

Habana 500: Magnolias y calcañares
Fecha de publicación: 
25 Abril 2019
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Ni un poquito tienen que ver las magnolias y los calcañares, como, supuestamente, tampoco lo tienen los cascos de los motociclistas y los desechos sólidos, las basuras que, lamentablemente, inundan mi ciudad.

Sin embargo, un razonamiento no demasiado complejo pudiera enlazar unos y otras, cascos y basuras, para encontrar al menos una explicación a por qué detritus de la más diversa índole nos rodean, asedian y casi matan, como las penas del bolero compuesto por Sindo Garay.

Desde inicios de marzo circulan por La Habana los nuevos camiones colectores de desechos sólidos enviados por Japón.

Suman algo más de una veintena esos camiones marca Hino Motors llegados a la capital como parte de un proyecto de colaboración entre Cuba y la Agencia Internacional para la Cooperación del país asiático. Pero con ellos no todo está resuelto aquí en cuestiones de basura.

En esquinas, parques y aceras continúan acechando lo mismo escombros que restos de vidrieras, desde disecados ramos de flores hasta la vieja papelería de una oficina, cáscaras malolientes, cartas de amor y desamor, pañales desechables —y desechados— que llevan el recuerdo de las primeras digestiones del bebé...

Fuera de los contenedores donde deberían permanecer, puede encontrarse todo resto inimaginable del acontecer humano, que bien útil podría ser para reconstruir cómo se vive hoy en Cuba, tal como hacen los antropólogos con el contenido de las añejas letrinas de casas coloniales.

Es fácil constatar que todos los motociclistas y sus «copilotas» llevan bien protegida la cabeza con los correspondientes cascos, que, aunque caros y variopintos, nunca se olvidan.

Nadie se arriesga a «pelo suelto y carretera» porque sabe que apenas podría sortear unos pocos kilómetros sin que un policía le detenga para imponerle la consabida multa por no llevar casco.

Sin embargo, aunque abundan leyes, reglamentos, contravenciones y quién sabe cuántos otros soportes legales referidos a la higiene comunal, parecen permanecer en hibernación, acogidos al sueño eterno de una Bella Durmiente tropical y salsera.

No hablo ya de educación ciudadana o de un respeto al prójimo que debería estar latente. Como penosamente no sucede así y la persuasión no alcanza el éxito suficiente en este tema, debería exigirse el cumplimiento de la ley.

Si con el mismo rigor con que se demandó y educó a los conductores de motos a cumplir con lo establecido en cuanto al uso del casco, se le exigiera a la ciudadanía para atenerse a lo dictado en cuanto a los desechos sólidos y la higiene del entorno, tal vez la cosa sería diferente.

Por La Habana, lo más grande, y en este caso, también echar mano a los talonarios de multa en bien de todos.

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