DE LA VIDA COTIDIANA: «Cuando llego y todo se acaba»

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DE LA VIDA COTIDIANA: «Cuando llego y todo se acaba»
Fecha de publicación: 
20 Marzo 2019
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Una señora se quejaba el otro día de que en las afueras de la tienda de «La Palma» —así la nombran quienes residen por ese lugar del municipio capitalino de Arroyo Naranjo— se vende de todo, desde café importado hasta el muy codiciado aceite.

«Hay un comercio afuera y otro adentro», decía ella, en tanto la amiga le respondía (y eso lo deduje por las respuestas) que cuando la policía aparece, los revendedores se esfuman como por arte de magia, y luego reaparecen una y otra vez.  

El tema de los revendedores es recurrente y la extendida práctica de comprar y luego revender persistirá mientras haya caldo de cultivo para ello, es decir, carencias. Mas eso no significa que las autoridades pertinentes se mantengan impasibles. 

Las personas que realizan este «trabajo», por lo general inescrupulosas, que prefieren «saquear» el bolsillo de los demás antes de «sudar» un salario digno, se las ingenian a diario buscando por aquí y por allá los artículos y productos que más escasean para luego multiplicar sus dividendos. Tal es el caso del papel sanitario, y más recientemente, de las papas y el aceite, aunque la lista varía en dependencia de las escaseces.

En La Habana, por ejemplo, resulta frecuente escuchar a los revendedores por las calles con jabitas de papas que ofertan al precio de 1 CUC. Es decir, a todo se le «saca partido».

Sin embargo, muchas personas que laboran, sobre todo en condiciones de horario cerrado (como la mayoría), al llegar a sus hogares encuentran dos disyuntivas: «estamos cerrados» o «ya todo se acabó».

Esta situación favoreció que las llamadas «carretillas» tuvieran aceptación, a pesar de los altos precios, porque para muchos se convirtió en una opción, a sabiendas de que no es la mejor.

En el caso de las papas —para continuar con un tema de gran interés popular—, conozco varias trabajadoras que en esta época se han ausentado de sus centros de trabajo o han llegado tarde para poder comprarlas en el mercado. (Estoy consciente de que este producto tiene sus irregularidades en las provincias).

Lo ideal sería que tuviéramos los productos garantizados una vez terminada la jornada laboral, pero no es así.

La necesidad de construir una Cuba próspera y sostenible pasa por aumentar los niveles de productividad y de colocar al trabajo en un lugar de máxima prioridad. Sin embargo, situaciones de este tipo —vistas a gran escala, por supuesto— afectan de manera notable los ritmos productivos y de servicios.

Para poner un ejemplo: ¿qué ocurriría si los maestros de una escuela llegaran tarde para poder adquirir un artículo de primera necesidad?

La Cuba de hoy, la nuestra, necesita con urgencia resolver estas cuestiones de la vida cotidiana que, además de perjudicar el bolsillo de los ciudadanos, molestan sobremanera. No resulta viable vivir en una sociedad donde unos pocos se aprovechan del trabajo digno y honrado de millones.

La nueva Constitución, aprobada el pasado 24 de febrero, reconoce, en el Artículo 64, el derecho al trabajo. «La persona en condición de trabajar tiene derecho a obtener un empleo digno, en correspondencia con su elección, calificación, aptitud y exigencias de la economía y la sociedad».   

Claro que, para los llamados revendedores, esto es letra muerta. No obstante, la sociedad tiene que ir buscando los mecanismos para acabar con esta plaga y quizás otras alternativas —como pueden ser los horarios extendidos— que beneficien a aquellos que cada día cumplen con una jornada laboral y, al llegar a sus hogares, encuentran todo cerrado, lo cual hace que recurran a quienes tienen todo el tiempo del mundo para «hacer las compras». 

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