De la vida cotidiana: El «regalito» del Día del Maestro

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De la vida cotidiana: El «regalito» del Día del Maestro
Fecha de publicación: 
19 Diciembre 2018
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Un simple comentario de una amiga me ha llevado a escribir estas letras sobre un hecho que todos los años en diciembre «aprieta» el bolsillo de la familia cubana, un mes tan cargado de fechas y celebraciones, cuando, además, se conmemora el Día del Educador*.
 
Madre de dos niños que cursan la enseñanza primaria, por más que ella sacaba sus cuentas sobre la economía familiar hoy, comprendía que el asunto trasciende sus reales posibilidades.

Me contaba que todos los años dedica no menos de 20 CUC para los «regalitos» de los maestros, en tanto mi imaginación retrocedía en el tiempo —quizás 15 o 20 años atrás—, cuando yo, como madre, resolvía el asunto quizás con menos de 100 pesos, en moneda nacional, para ser más exactos. Claro que hoy es otra época, y lo que antes costaba diez pesos, hoy cuesta lo inimaginable.

El maestro, alma de la escuela

Cada 22 de diciembre las escuelas cubanas (también la Educación Superior) celebran con alegría, fiesta y jolgorio, el Día del Educador. En las comunidades resulta frecuente ver a la familia en función de las actividades que se organizan para festejar la ocasión.

De ahí que desde muy temprano veamos a niños y a padres con regalos en las manos y una gran variedad de productos comestibles: desde cakes y panetelas, hasta croquetas, ensaladas frías, panecillos y otros. Ahora bien, todo ello varía de acuerdo a las características y a la solvencia económica de los barrios.

A propósito de ello, recuerdo el caso de una mamá que residía en el municipio capitalino de Playa (ella no trabajaba porque cuidaba a su abuela y el esposo devengaba un bajo salario), y por esta fecha —así literalmente— se «halaba» los pelos porque su niña no podía obsequiar regalos costosos y, por mucho que se le explicaba, sufría, pues se comparaba con otros niños del aula que sí podían hacerlo.

Ahora bien, pongamos el punto sobre la i. Debo aclarar que los maestros merecen, ante todo, el mayor respeto. Son el alma de la escuela, como se ha repetido tantas veces, aunque es necesario reconocer que alguna que otra conducta empaña la de la gran mayoría.

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Reconocer y enaltecer el trabajo de los maestros es un deber social. Si son maravillosos, entonces tienen el mayor regalo: el amor de los niños.

Cuando los docentes se dedican en cuerpo y alma a la enseñanza de niños, adolescentes y jóvenes, y llevan a cabo una verdadera labor educativa, pues los padres se desprenden de todo cuanto les sea posible para halagarlos. Y no me opongo a ello.

Sacar del saco más de la cuenta

No obstante, hay temas que deben quedar claros. Una familia no puede gastar más de lo que gana y en un hogar hay asuntos perentorios, como la alimentación, que necesitan garantizarse, y para eso se requieren recursos.

Con eso quiero subrayar que lo primero es el bienestar de los hijos, y luego dígase todo lo demás. No se trata de «alimentar» el ego de los pequeños, de quién regala más y mejor. Educar a nuestros hijos en la sencillez y en la modestia también pasa por situaciones de este tipo.

Sé que el peso de la sociedad cae como la espada de Damocles, que los de la casa quieren ser y parecerse a los del barrio, a los de la escuela. Pero hay que frenar aquellas conductas que con los años se reforzarán para mal y, más temprano que tarde, harán infelices a nuestros hijos.

Soy consciente de que los niños sufren muchas veces las conductas erradas de los padres. El regalo del Día del Maestro no tiene por qué ser un vestido o un par de zapatos. Una persona sensata, si tiene esa posibilidad, lo haría de una manera callada, con el sentido solidario de ayudar a alguien que, quizás, necesita mejorar su presencia personal.
 
Debo aclarar que no estoy en contra de los regalos, pero sí cuando estos son una especie de «abre puertas o caminos» o para «que me traten mejor al niño». Un buen maestro, que se respete, no debe establecer comparaciones entre los educandos por cuestiones de este tipo. Eso es vergonzoso. Y no crean que vengo de otro mundo.

Un buen maestro trata al pobre, al de menos o más recursos, sin distingo alguno. Un buen maestro trabaja todos los días del año por el amor a la profesión, sin pensar en lo que alguien pudiera regalarle un día tan señalado.

Regalar es un acto bondadoso, generoso, enaltecedor, placentero, mas pierde todo su valor cuando esconde un propósito deshonesto.

Sobre esto también hay que educar a los hijos. Hay que enseñarles que las notas y los premios escolares no se compran y que la adquisición de conocimientos cuesta sacrificios y dedicación personal. Un maestro que no tenga esto claro no merece homenaje alguno, y mucho menos un regalo.

*Cada 22 de diciembre se celebra en Cuba el Día del Educador, fecha que rememora el momento histórico acontecido en el año 1961, cuando el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz declaró a Cuba Territorio Libre de Analfabetismo.

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