De la vida cotidiana: Cuidar el esplendor de la Ciudad Maravilla

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De la vida cotidiana: Cuidar el esplendor de la Ciudad Maravilla
Fecha de publicación: 
2 Octubre 2018
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Calles y avenidas limpias llaman poderosamente la atención de los capitalinos —que vale aclarar, no siempre son naturales de La Habana— cuando visitan otras provincias y pueblos, por muy apartados que estos sean.

Y es que la limpieza de esta ciudad se torna cada vez un problema complejo y multifactorial. Claro que el asunto atraviesa por la disponibilidad de recursos, pero no solo eso.

Empecemos por partes. Primero La Habana de hoy no es la misma de 20 años atrás. Las migraciones internas —de todas partes del país— también han influido en un asunto tan delicado como este.

El famoso estribillo de «La Habana no aguanta más» hoy supera el mero hecho de la cantidad de compatriotas que se asienta en la capital, pues también se acomoda muy bien al sinnúmero de indisciplinas sociales que trae aparejada esta migración.

«No se vive igual en el medio de un monte que en plena calle Monte, en Centro Habana», comentaba de manera jocosa una amiga, a propósito de estas líneas.

Es cierto. Y eso lo vemos a diario en nuestros barrios y comunidades, donde en la actualidad —se aprecia con mayor frecuencia en los municipios de la periferia de la ciudad— lo mismo se descuartiza un cerdo u otro animal en plena acera, que se cocina con leña en medio de la calle.

Todo eso ocurre y seguramente usted ha sido testigo de tales conductas.

A eso se le suman los disímiles problemas de los Servicios Comunales, que van desde la falta o insuficiente cantidad de equipos, hasta el mal trabajo que realizan muchas veces, pues, por el camino que vamos, dentro de muy pocos años no tendremos aceras, ni contenes.

El uso inadecuado de las llamadas «palitas» que se emplean para recoger la basura poco a poco ha venido destruyendo el entorno.

No obstante, es menester resaltar que no toda la culpa la tiene Comunales. Y vayamos al grano: hoy muy poco coopera la población con la limpieza de la ciudad.

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Al margen de los problemas reales que se afrontan con los llamados colectores de

basura, la población colabora poco con la higiene de la ciudad. Este carro tiene sus

cuatro ruedas, ¿qué hace en el piso?

Me consta que acabados de recoger los desechos sólidos en una esquina, en un abrir y cerrar de ojos, ha llegado algún vecino con otra carretilla de basura y, en el peor de los casos, hasta con escombros. ¿Eso es justo?

La labor de los trabajadores de Servicios Comunales es difícil. Trabajan a pleno sol, incluso «bajo las estrellas», y recoger la basura que generan los demás no debe ser muy atractivo.

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Trabajadores de Servicios Comunales en una faena que resulta interminable.

En realidad, es un quehacer poco considerado por la población, y ahí es a donde pretendo llegar.

«Colocarse en la piel del otro» podría ser un buen ejercicio para comenzar. Si en el hogar no es de buen gusto andar por el piso recién acabado de limpiar o echar basura en el suelo una vez que alguien ha pasado la escoba, pues entonces, mirando el suceso a gran escala, tampoco es correcto hacer lo mismo en el barrio.

Mucha responsabilidad tenemos los ciudadanos en la limpieza de los espacios que nos rodean. Si bien las entidades productivas —lo cual está normado— deben velar por eso, los vecinos también están llamados a cumplir su parte en el asunto.

En noviembre venidero la Villa de San Cristóbal de La Habana cumplirá 500 años, pero sin limpieza, ¡amigos míos!, ¿de qué estamos hablando? Lo primero es tomar conciencia de lo que le toca a cada cual en el pedacito donde reside, y luego, actuar en la gran ciudad como si estuviéramos haciéndolo en el propio hogar.

Tirar desechos sólidos en el suelo (no importa que no haya cestos, se pueden guardar en algún medio personal hasta llegar a casa), fumar y echar las colillas de cigarros por doquier o restos de comida, orinar en lugares públicos, constituyen conductas pésimas que atentan contra el cuidado de la ciudad, ¡y no vamos a hablar de belleza, pues la limpieza es lo primero!

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Una «fea» costumbre que ha ganado terreno en los últimos tiempos. Nada

justifica una conducta como esta.

De nada valen los esfuerzos gubernamentales, la labor cotidiana de quienes trabajan en los Servicios Comunales, y todo el dinero del mundo que pueda invertirse en recursos, si nosotros, usted, yo, o el otro, no acabamos de entender por una vez y por todas que la higiene resulta imprescindible para hablar de una Ciudad Maravilla, que sí lo es por muchísimas razones.   

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